Crónica de la celebración del Gauchito Gil en Rosario
Un payé contra la entropía
El ícono correntino de devoción popular pintó de rojo el lunes pasado a una multitud en el Barrio de la Carne que se reunió en procesión y chamameceada para rendirle homenaje y renovar la fe y las promesas en el comienzo del año porvenir.
El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país.El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país.El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país.El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país.El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país.
El Gauchito Gil es un motivo de adoración que empezó en Corrientes, donde se celebra la fiesta central, y se extendió a todo el país. 
Imagen: Télam

El 8 de enero mataron a Antonio Gil. El 8 de enero de 1878 lo mataron.

Las versiones son distintas y están disponibles para todo el mundo. Creo que ni viene al caso reproducir esa historia.

Hoy es 8 de enero y en una esquina de Rosario se conmemora aquel asesinato, en lo que no es un acto cívico, como aquellos que involucran a los héroes oficiales. Es una conmemoración llena de espiritualidad y de mística. Tiene sí, un aire marcial y ceremonial que lo aleja de otras expresiones religiosas que uno ve por ahí y tiene una identidad bien distinta de aquellas. Hay cruces, obviamente. Hay un santuario de la Virgen María de San Nicolás y también hay velas pero se ve una estética que se aleja bastante de la evangelista‑cristiana‑católica. Ropa de uso cotidiano, calzas, musculosas, y mucho, pero mucho rojo. Y algunos gauchos, también. Y gauchos íntegramente vestidos de rojo. Y velas rojas y vinchas rojas, como las de la canción. Pero rojo fuerte, no colorado del monte. Rojo. O colorado, como dicen los porteños.

Desde la mañana ya se podían ver en Twitter algunas fotos de los preparativos. Puestos de choripan y de todo tipo de comida ‑torta asada, panchos, empanadas‑ y también puestos de estampas, de velas y elementos de liturgia.

Estamos en la zona sur de Rosario. Más precisamente en el Barrio de la Carne. Bien al sur, a pocas cuadras de la Circunvalación, donde ya la ciudad empieza a terminar: Saadi Carnot y Batlle y Ordoñez.

No deja de ser una gran curiosidad fruto del azar de los nomencladores de calles que en la calle Saadi Carnot haya un templete dedicado a la Virgen María junto a otro que recuerda al Gauchito Gil. Saadi Carnot fue un ingeniero francés al que se le adjudica la Segunda Ley de la termodinámica, que es una de las leyes más importantes de la física. Esa ley dice que "la cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo". Y esto significa que el universo tendrá un fin. Esto significa que en un momento de la vida del universo, la energía se distribuiría de manera uniforme y al haber homogeneidad térmica, ya no va a ser posible transformarla. Más o menos eso dice esa ley que la escribió otro, pero Carnot dejó todos los ingredientes sobre la mesa para que el otro la cocine. O sea: pura ciencia, final del mundo, racionalidad al palo. Y por otro lado, mística, fervor religioso, chamamé, cerveza y choripan hasta que nos descabecemos.

Pero yo no me voy a quedar hasta el final. Hoy estoy antientrópico. Llegué temprano, me voy temprano. Vine de día, para ver cómo unos pocos feligreses hacían cola para ingresar al pequeño santuario. En el medio de la calle, un escenario con micrófonos, una consola de sonido y por los parlantes una voz de mujer que repetía una y otra vez el Ave María. "Dios te salve María, llena eres de gracia", termina uno y empieza el otro; a veces se genera un efecto como si una radio perdiera la señal "bendita tu eres entre todas..." y aspira hondo para retomar en "de tu vientre, Jesús".

A los dos lados de la ancha calle Batlle y Ordoñez se levantan puestos de comida. Algunos con pinta de haber abandonado sus lugares de siempre para trasladarse hasta acá, previendo la multitud, otros evidentemente caseros, señoras que vieron una ocasión para hacerse de unos pesitos. Un tupper inmenso con empanadas a $15 cada una (que sean dos para mí) y una gaseosa chica a $30.  Los precios, en general accesibles: cerveza en lata $30, el Chori $50 o $60, la hamburguesa, $40.

Hoy hace el calor de enero y hay una Ley de la termodinámica y los cuerpos lo saben, así que todos estamos con nuestro vasito refrescante en la mano, mientras los fuegos comienzan. Sólo algunos parrilleros ya tienen chorizos.

Tras una última oración al Gauchito Gil, el sistema de audio suelta un chamamé que nos acompañará largo rato. Aquel que comienza "Departamento Mercedes en la provincia de Corrientes, hay una historia latente en el pueblo guaraní...".

Son las 20 y el ícono del Gauchito saldrá a recorrer el barrio. La presentadora llama a los músicos que encabezarán la procesión y ahí se aprontan ‑detrás de la bandera santafesina, y varias del Gauchito‑ un acordeonista y un guitarrista que tocarán una y otra vez aquel chamamé (sin letra) con algunos otros intercalados, entre los cuales identifico solamente Kilómetro 11.

Antes de salir, el fotógrafo ordena la caravana: los hace detenerse para obtener algunas tomas y luego sí, el profesional de la imagen se hace a un lado y arranca la procesión por la calle Saadi Carnot rumbo al sur, dos cuadras; luego toma a la izquierda algunas cuadras más. Es un fotógrafo de sociales. No es el que estamos acostumbrados a ver en otras aglomeraciones de gente, que está a la búsqueda de un ángulo extraño, de la captura de un gesto distintivo. Este se para de frente, los organiza. "Correte, un poquito más, sí, dale, quietos. Listo".

No somos muchos. Poco más de cien personas. Todos previsiblemente tranquilos. La imagen es pequeña, no creo que llegue al medio metro. A medida que la columna avanza, los que llevan la imagen rotan. Muchos vecinos se vuelcan a las veredas para verlo pasar; algunos se persignan, otros se asoman desde sus patios o desde los balcones de los edificios. Cada tanto uno grita "¡un aplauso para el Gauchito!" o "¡viva el Gauchito!" y todos responden a la consigna. En algunos momentos, los músicos la agitan un poco y se oyen fuertes sapukays entre los caminantes, lo que nos recuerda que aunque no se lo explicite, estamos ante una celebración de correntinismo intenso. Doblamos para el norte nuevamente y hasta calle Muñoz, ahí de nuevo a la izquierda hasta Saadi Carnot, recuperamos el equilibrio y cuando viramos para volver al punto de partida, vemos que ha llegado más gente. Volvemos a Batlle y Ordoñez, el sol se pone por el lado de San Martín y el Gauchito es recibido con cañitas voladoras y algunos tres tiros.

Ahí nomás vuelve a su santuario y comienza otra fiesta. En el escenario hay otro dúo que la emprende con el chamamé de los Cardozo que ya hemos mencionado. Ya me lo sé y ya puedo seguir la letra inclusive, en posición tortuosa colgado de un espinillo. Con esa pronunciación que rompe el diptongo: tortu‑osa.

El clima cambió. Hay más gente y esta gente viene en otro plan. No los juzgo, no soy sommelier de fe, pero es así. Vinieron a tomar algo, comerse un chori y a ver de qué va. Algunos con niños, otros solos y como siempre en los barrios, en la periferia de los curiosos, los que están en sus bicicletas. Se arma la bailanta y uno de los organizadores ‑un hombre mayor pero enjuto, vestido de gaucho con colores rojo y negro muy circunspecto y marcial‑ pide que nos corramos hacia atrás para dejar lugar a los bailarines.

El acordeón del dúo que suena tiene unas 20 teclas y está afinado en Fa. Por lo cual escucharemos unos 10 temas enganchados en la misma tonalidad, lo que refuerza la idea de estar escuchando la misma canción. Se suma un guitarrista (el que venía en la procesión, que ya se subió y conectó su guitarra) se dispone a cantar y arranca: "Departamento Mercedes en la provincia de Corrientes...". Me parece que le queda un poco alta, pero el acordeón está en Fa y eso no se puede modificar. Para su mal, se le acerca alguien a cantar que desafina bastante. Le pelea al tema y finalmente gana.

Y se arma la bailanta. Se confirma que muchos de los recién venidos llegaron a eso y el muestrario se amplía: hay más gauchos, flacos pelilargos con camisetas de fútbol, chicas con calzas, mujeres mayores con vestidos ingenuamente provocativos que bailan junto a sus parejas esos chamamés en Fa que bajan del escenario. Aunque no faltan los corcoveos, que son los menos, la mayoría baila de una manera muy sutil, nada aparatosa. El baile consiste más bien en un balanceo cadencioso y sensual que da una sensación de estar fuera de ritmo, aunque sabemos que no es así. Lo llevan a su manera, yo escucho y miro. El hombre tiene dos posiciones para la mano derecha. A veces apoya toda la palma y la muñeca sobre la baja espalda de la mujer apretándola fuerte y parece que en cualquier momento se viene un enérgico agarrón de nalgas, pero luego cambian y apoyan apenas el pulgar y la mano rígida traza una cuarta en el aire. Ya se ven parejas de todo tipo, bien mezcladito, aparecen los más jóvenes, algunos bailan entusiasmados mientras que otros tienen demasiada cara de estar haciendo la gamba a sus mayores.

Veo llegar más músicos, y barrunto que esto va para muy largo.

La energía caliente del choripan que se respira en el aire y los chamamés que no paran de sonar han vencido la energía fría de la celebración religiosa. Las leyes se han hecho para cumplirse y la segunda de la termodinámica ha sido refrendada. Huele y suena a fiesta en la calle y aunque lo que se está generando pinta lindo, me tengo que ir. Lo que vi me gustó y creo que vale la pena contarlo.

Seguramente en otros lugares del país los correntinos, esos gigantes migrantes argentinos con su fortísima identidad cultural, terminan su "mini semana santa", que comenzó con San Baltasar el 6 de enero y termina con la muerte del Gauchito Gil. Y aunque no tenga su Domingo de Resurrección, cada 8 de enero, en este Barrio de la Carne, entre Avemarías y chamamés, dialoga con sus fieles y hacen juntos el inventario de promesas cumplidas y pagos recibidos.

Cada quien sabrá como quedó ese saldo.

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