La flor de metal
Imagen: REP

El cuento por su autor

A mediados del año 2005 yo trabajaba en una consultora de servicios. La tercerización estaba de moda. Eramos decenas de monotributistas en una oficina del centro, cada uno en su escritorio trabajando para alguna multinacional. En general todos andábamos entre los veinte y los treinta años de edad. El edificio en el que trabajábamos era uno de esos que sólo tienen oficinas. En el mismo piso que nosotros había una productora nacional de cine porno. Ahí conocí a varios chicos y chicas que trabajan en películas del género. Entre ellas estaba Graciela Alfano, una travesti con la cual tomábamos mate y discutíamos sobre peronismo. La historia de Graciela Alfano quedó para una novela que aun tengo inédita. Pero volviendo a nuestra oficina, era normal que almorzáramos todos juntos en una pequeña cocina. Ahí conocí a María que trabajaba en la limpieza del lugar. María debía andar por los cincuenta años y a nosotros, que podíamos ser sus hijos, nos gustaba charlar con ella mientras hacíamos la sobremesa. Ella es quien originó la idea para este cuento. Ella y la famosa clase media –o clase mierda– que cuando ve a la clase baja a la distancia se siente segura pero cuando esa clase baja es empoderada y comienza a parecerse empieza a sentirse incómoda. Ese espejo la aterra porque la clase media se ve reflejada en su realidad y no en su fantasía de campos y dobles apellidos. Pasaron más de diez años de aquel momento. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.


María Laura Sueiro

A pocos segundos de tocar el timbre una chicharra sonó e hizo que la puerta vibre. María la empujó y luego de unos pasos se paró frente a la Administración y no dijo nada. No dijo “Soy María, la de la limpieza”, o simplemente “Soy María” su nombre, el mismo que su madre y que su abuela. Se paró en la entrada de la Administración y la señorita Administrativa Segunda la condujo en silencio hacia la Cocina. Le dio los artículos de limpieza que María observó con desgano y que fue colocando, a medida que iban llegando a sus manos, encima de la mesada que estaba junto a ella. La señorita Administrativa Segunda salió de la cocina y María permaneció en silencio, parada, con la mirada en un punto fijo, con la cartera colgada y el abrigo puesto.

El señor Gerente no se demoró al momento de conocerla. La inspeccionó con indiferencia mientras pensaba en su próxima reunión. Luego, ya sin mirarla, mientras buscaba papeles sobre su escritorio, le comentó cuánto iba a ganar, no como una pregunta, mucho menos con intención de negociar, simplemente como un dato más, naturalmente indiscutible.

Dentro del recinto de azulejos que formaban la cocina, María pudo comprobar que no había agua caliente. La canilla correspondiente era falsa y giraba infinitamente; era una flor de metal sin sentido. Cambió de mano y giró, esta vez con éxito, la canilla del agua fría. Una montaña de vasos de vidrio, cubiertos baratos de bazar chino, tacitas de café y demás artículos la esperaban dentro de la pileta. Mientras el agua corría –haciendo una especie de cascada de suciedad– buscó guantes de goma pero rápidamente comprendió que no había; tampoco los hubo más tarde, para la limpieza de los baños.

La señorita Administrativa Primera se acercó después de un rato a servirse café. Observó que María terminaba de lavar lo pendiente y se esmeraba en secar la mesada metálica que había sido salpicada por el lavado. Mientras regresaba la cafetera a su hueco plástico observó a María a su lado. “Podés servirte café, sabés, cuando quieras” María asintió con una sonrisa. Ya en su escritorio la señorita Administrativa Primera hablaba con la señorita Administrativa Segunda: “Es gente simple entendés, andá a saber de dónde viene”, “Si, si, espero que acá la traten bien, viste cómo es la gente”.

María tomó los trapos que trajo en su cartera y los colocó dentro de un balde. Se dirigió hacia el baño de hombres y golpeó para evitar encontrarse a alguien adentro. Se aseguró de dejar la puerta entreabierta y la luz encendida para anunciar que el baño estaba clausurado. María limpiaba con agua fría. Miró el mingitorio y debajo las gotas que marcaban un recorrido en el piso y pensó con resignación que nadie, ni su marido, ni ninguno de sus cuatro hijos varones mea del todo adentro. 

La puerta se abrió lentamente, como dudando de la luz y de quién estaba dentro, y la cabeza del señor Gerente asomó por la abertura. María, que estaba arrodillada de cara al mingitorio, nunca advirtió la visita inesperada a sus espaldas. El señor Gerente volvió a sacar la cabeza y se dirigió hacia la Administración antes de volver a su despacho. Pidió el documento que necesitaba y, ante la pregunta acerca del gesto molesto que llevaba en el rostro, contestó: “Iba al baño y justo me encontré a la mina de la limpieza adentro”  y agregó: “Qué mala suerte, che”. Cuando el gerente se alejó las señoritas Administrativas –Primera y la Segunda– comentaban con la que podría ser la Tercera o Cuarta señorita Administrativa –todo dependiendo de su suerte, de sus habilidades para el comentario veloz, para el orden de los pagos y el fichero de cuentas– “¿Te parece, tratarla así?” “Pobrecita, ahora ser humilde parece ser un pecado, la discriminación de siempre, podés creer…” decía la señorita Administrativa Primera con la palma de la mano abierta sobre el pecho, angustiada sin dudas, frotándola, como intentando calmar una sensación de ardor. La señorita Administrativa Tercera o Cuarta asentía con la cabeza mientras ordenaba los ficheros. “¿Nunca almuerza, no?...deberíamos invitarla un día, no sé, comprarle algo rico”. “Es buena idea, contestó la señorita Administrativa Primera” y ambas sonrieron satisfechas.

Lunes, martes y jueves limpiaba la cocina y los baños del piso de abajo. Miércoles y viernes nuevamente la cocina y los baños de las oficinas superiores. La rutina era un acto placentero para María. Esperaba paciente que la escoltaran hacia la cocina y luego los trapos, el balde y el agua fría como ritual repetitivo que, lejos de ser algo agobiante, tenía para ella el sentido de naturalidad del que hace lo que siempre hizo, sin pensarlo, sin cuestionar si está bien o mal y, por supuesto, acostumbrada a no desear algo más.

Una mañana, cuando María lavaba los trapos, la señorita Administrativa Tercera o Cuarta ingresó en la cocina y se dirigió hacia la cafetera. Mientras volcaba adormecida la jarra de vidrio sobre la taza pudo ver, sin buscarlo, algo que le produjo asombro. Aun estremecida por la visión, simuló un falso goteo de la cafetera buscando una excusa para agacharse y secar el piso. Desde abajo, recibió el impacto hipnótico del cuero lustroso, de las hebillas doradas y del taco, ese taco por el que daría su brazo izquierdo si pudiera. Ya no había ninguna duda: María tenía unas Sarkasy. Y no sólo las tenía sino que eran el modelo de botas más caro. Las de cuero original, el color más buscado, el taco más moderno, las que ella, con su sueldo de Administrativa, no podría comprar ni en seis meses de ahorro. La señorita Administrativa Tercera o Cuarta tuvo que recuperar el aliento para contarle al resto de sus compañeras lo que había visto. María nunca tuvo tantas visitas a la cocina como esa mañana. Una a una las señoritas de Administración desfilaron por la cocina con las tareas más variadas: desde buscar una taza de café,  abrir la pequeña heladera para no sacar nada o hasta buscar en los cajones un sobrecito de sacarina que ya toda la oficina sabía que no existía desde el último ajuste de gastos.

Los comentarios no tardaron en llegar. La señorita Administrativa Tercera –ya no Cuarta por la incorporación de un Cadete–  se paró de su silla y sin dejar de mirar al resto dijo: “Hay que decirle” y luego agregó: “Imaginate, pobrecita, limpia el baño con esas botas, no se debe dar cuenta en su ignorancia”, y luego la señorita Administrativa Segunda reafirmó: “Claro, debe haber gastado lo que no tiene en eso y las quiere mostrar” y luego ambas, al unísono:  “Hay que decirle”. 

Los rostros de las señoritas de Administración parecieron envejecer cuando en el transcurso de los días pudieron notar que María, no sólo tenía esas botas Sarkasy, sino que además tenía una distinta para cada día de la semana, de un modelo y color diferente y que las usaba para sus tareas de limpieza como si fuesen alpargatas o cualquier calzado económico. Lo más irritante para las señoritas Administrativas no era lo inalcanzable del precio, ni la belleza del calzado que María cada día alternaba por otro aun más bello, lo terrible para ellas era la soltura con que María las usaba. Las señoritas Administrativas sabían que algo, que estaba reservado a una clase social superior a ellas y aun más superior que a María, les estaba vedado. Podían verlas, pero no podían tenerlas.

Luego de más de una reunión y dos votaciones, las señoritas Administrativas encontraron la forma de hacerle saber a María lo que no era correcto según su criterio. Acordaron, frente a los bostezos del Cadete que observaba aburrido desde su escritorio, que la señorita Administrativa Segunda le haría comentarios sobre las botas para obtener alguna información del porqué de la variedad, la cantidad y la belleza del perfecto artículo y, fundamentalmente, de la soltura de María al utilizarlas siempre. 

Pasada la mañana, casi llegado el mediodía, cuando la cafetera había sido olvidada por el desenfrenado fanatismo de los empleados a despertarse, la señorita Administrativa Segunda irrumpió en la cocina en donde María ordenaba las últimas tazas en el secaplatos. La señorita Administrativa Segunda arrancó con el plan después de haber cargado agua en la cafetera. Tenía la idea de entrar en confianza con algo básico y superficial como lo es el clima: “Fría la mañana, ¿no?”. María asintió, desinteresada,  con una sonrisa de media boca. La señorita continuó: “Yo no sé qué pasa con los del pronóstico que no la pegan nunca…¿vivís lejos?”. María quiso responder dejándose llevar pero antes pensó en cómo hacerlo: podía explicarle el recorrido del colectivo que tomaba hasta la estación, luego la hora de tren hasta Retiro para más tarde continuar con el próximo colectivo y las seis cuadras de caminata por la avenida hasta la puerta de la oficina, pero solamente contestó: “Me tomo el tren”. El silencio se adueñaba rápidamente de la escena por lo que la señorita Administrativa, confusa en su desesperación, apuró: “¡Qué lindas botas, María!, ¿Cuánto las pagaste?”. Pero sonó sobreactuado, como una obra de teatro para niños, en donde las palabras se lentifican y alargan demasiado y todo se escucha como en un tiempo paralelo, fuera de la realidad. Y sin dejar que María pueda contestar, arrancó con otra pregunta: “¿No te parece que son incómodas para hacer la limpieza?” A lo cual María contestó mirándose las botas: “A mi me son cómodas, me agarran bien el pie, y para el frío del vagón son abrigadas”. Una respuesta simple de quién ve el artículo de lujo como un artículo más, ocupando el lugar que puede ocupar en su vida dentro de otras prioridades urgentes. La señorita Administrativa Segunda salió de la cocina en estado de exaltación.

La noticia corrió en la Administración y en pocos minutos la señorita Administrativa Segunda había comunicado toda su experiencia en la cocina al detalle, sumando en cada comentario sus pareceres y opiniones, bajo la atenta mirada de sus compañeras. Pronto todas estuvieron de acuerdo: había que probar de alguna manera cómo era posible que María tuviese tal cantidad de zapatos y botas de precios inaccesibles. La primera en hablar fue la señorita Administrativa Primera: “No sé…es feo sacar conclusiones apresuradas...pero quizás roba”. Las demás mujeres pusieron atención “¿Te parece?” contestó otra. “Si no, no hay forma, imaginate…las Sarkasy…” Una a una fueron asintiendo con la cabeza. Ahora debían probar que María robaba. Desde el fondo de los escritorios, el Cadete, aburrido, sugirió que debían dejar algo en la heladera. Algún plato tentador que luego del horario del mediodía quedara sin dueño y que ella, ante tamaña delicia, no pudiera negarse: “Por ejemplo una porción de torta”, agregó el Cadete. Las Administrativas sonrieron.

Al otro día, pasado el mediodía, una porción de mousse de chocolate esperaba en la soledad del primer estante de la pequeña heladera. María limpiaba la cocina distraída. La señorita Administrativa Primera pasó por la cocina a buscar agua y al ver que la porción continuaba impoluta, salió rápidamente cerrando la puerta, forzando la intimidad que María necesitaría para adueñarse del manjar.

Al final del día, cuando María ya se había retirado a su casa con un nuevo par de botas, las señoritas se amontonaron frente a la heladera para ver el resultado de su experimento. La decepción fue general cuando al abrir la heladera la porción de torta continuaba entera en su lugar. Mientas la comían, decidieron una prueba mayor que la anterior. Ahora dejarían caer dinero en el piso de la cocina para que María pudiera tomarlo. Esta prueba, según la opinión de todas ellas, inclusive del Cadete, no podría ser superada por María. 

Fue así que al otro día, cuando María de espaldas lavaba los platos del almuerzo, el Cadete dejó caer un fajo de billetes en el centro del piso y se retiró rápidamente. Pasada media hora en donde la tensión aumentaba en la Administración apareció María que traía los billetes en la mano: “Encontré esto en la cocina, quizá se le cayó a alguien” dijo y todas la observaron en silencio. Ya no cabía dudas para ellas, María era demasiado inteligente y sabía que la estaban probando. Es por eso que apenas María se retiró las señoritas propusieron una reunión. En esa charla, que por momentos amenazaba terminar y por momentos se alargaba en monólogos y explicaciones sin fin, fue que las Administrativas decidieron que María no podía continuar con –como ellas lo llamaron– un show de excentricidad y desparpajo por la oficina. Decidieron entonces, inventar frente al señor Gerente, que María estaba robando y que la única solución era despedirla de manera urgente antes de que lo siga haciendo. Según el veredicto al que llegaron, una mujer de su condición social no podía, de ninguna manera posible, ser poseedora de semejantes zapatos y botas sin haber robado algo para conseguirlas. 

Pasados unos días de conversaciones estratégicas las señoritas Administrativas resolvieron por decisión unánime: 1- El Cadete vigilaría la puerta esperando que María no regrese del baño. 2- La señorita Administrativa Primera buscaría la cartera de María bajo la mesada de la cocina. 3- La señorita Administrativa Segunda colocaría su billetera dentro de la cartera de María. 4- La señorita Administrativa Tercera daría la voz de alarma en la oficina. 5- El Cadete propondría la requisa de bolsos y carteras frente al Gerente.

Como un acto que no necesita explicación alguna, luego de terminar con la limpieza de los baños de las oficinas superiores, el Señor Gerente llamó a María a su oficina. A partir de que María ingresó no pasaron más de diez minutos antes de que volviera a salir. Luego entró en la cocina, recogió sus cosas una a una y las fue introduciendo en una bolsa. Antes de salir pasó por el baño. Estuvo parada frente al espejo pensando en cómo había sucedido todo. Pensó en volver y hablar con el señor Gerente, explicarle que todo era una confusión pero no lo hizo. Se lavó las manos, orinó y fue por su cartera. 

María salió de la oficina sin decir una palabra. A la vista de todas las Administrativas que miraban sin dejar de hacer sus tareas. 

No pasaron más de veinte minutos hasta que el celular de María sonó en su cartera. Era su marido, que llamaba para sorprenderla. Quería contarle que, en la fábrica de zapatos en la que trabajaba como operario, le habían ofrecido nuevamente como premio por su desempeño, otro par. Por supuesto, de regalo.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ