Mi escena favorita
Ardores al Alba
Gabriela Cabezón Cámara revive las escenas de Fuego protagonizadas por Isabel Sarli y Alba Mujica, en el papel de su ardiente ama de llaves. Un objeto de culto camp de los tiempos en que el deseo femenino, si era desenfrenado, se leía en clave psiquiátrica y el lesbianismo no osaba decir su nombre, aunque aquí hacía de las suyas.

Suena un órgano de esos medio distorsionados que la rompían en los sesenta. Desde las ramas de un árbol contra un cielo celeste y algunas nubes muy blancas, la cámara se mueve hacia la panorámica: un lago plateado, las montañas a lo lejos azuladas y con los picos nevados, las orillas verdes. Sobre ese plano aparece el nombre de Isabel Sarli en una tipografía roja-roja llena de llamitas. Después de su nombre una mancha vibra hasta que estalla en llamas y en el nombre de la película, Fuego. Eligió Bo ese escenario, el del frío, el de la nieve perenne en las alturas, para que lo sepamos de entrada: a ese ardor no lo calma ni el clima de la Patagonia andina, ni toda el agua del lago –¿el Lolog? Estamos en San Martín de los Andes–, ni siquiera la nieve. Unos golpes de percusión que indican suspenso anuncian el principio de la película ya pasados los créditos. Empieza triangular. Un hombre a caballo que avanza con las montañas de fondo. La Coca bañándose en el lago, como si tuviera temperatura Caribe, y jugando con sus tetas legendarias como si fueran patitos. Lo que sigue es un primer plano de la cara de Alba Mujica: se muerde los labios, abre la boca y se le ve la lengua. Falta que se le caiga la baba. El tipo llega a la orilla, se baja del caballo y mira. La Coca sale del agua desnuda, camina como una diosa, una Afrodita de lago frío, una Afrodita del sur del Cono Sur, tan lejos del Mediterráneo de la primera. Pero igual de diosa. Mujica mueve la boca con más ansias, la cámara le da un primer plano a sus ojos que miran casi sin pestañear, es una especie de pedagogía del deseo fijo, obsesivo, al parecer una se queda así, medio de estatua la mirada. Va al encuentro de la deseada, se ve de lejos, como desde la mirada del tipo, se acerca la cámara y Mujica está arrodillada con la cabeza a la altura de la concha de la Coca, acariciándole las piernas. La Coca ve que las están mirando, le dedica su célebre automasaje de tetas al desconocido y dice “Vamos, Andrea, nos están mirando”. Andrea –Mujica– devolverá la mirada llena de odio y desafío. 

Poco tiempo después, Andrea, ama de llaves de Laura –la Coca– la viste para una fiesta. Laura le advierte: cuando vuelva te llamo si te necesito. Y queda claro que la necesidad, en caso de existir, será de cunnilingus. En la fiesta, Laura termina bailando y más luego, transando contra un gallinero. ¿Será una referencia de Bo a ese refrán, “más puta que las gallinas”? Porque de eso se trata esta película, del deseo desenfrenado de una mujer. Quiere coger. Mucho. Todo el tiempo. Andrea es su amante mujer, la constante, la que se mantiene entre tanto chongo que va y viene. 

El matrimonio con un hombre, como Dios manda, va a poner orden: va a tratarla de enferma, de ninfómana. Pero no. La Coca encarna, no hay verbo más preciso, el deseo. Quiere. Es el personaje vivo entre la rigidez de Andrea y su marido, los obsesionados con ella. A ella no la obsesiona nada más que la deriva de su deseo. Le late el cuerpo, se ve, con tanta calentura que anda a los saltitos y a los revoleos de tetas y caídas de pestañas y a los sacudones entre sábanas, montañas, tierra, nieve o lo que se venga.

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