Rosa Montero habla de su novela La carne

“La memoria que tenemos de nuestro pasado es una ficción”

La escritora española aparece como personaje en su propia novela, aunque la protagonista es Soledad, una curadora de arte misántropa que se aferra al mástil de la racionalidad, para evitar que el caos la arrastre hacia el abismo de la locura y la muerte.
“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero.“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero.“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero.“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero.“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero.
“La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud”, asegura Rosa Montero. 
Imagen: Pablo Piovano

 

 “No hay familia sin un monstruo, es un refrán ruso. Yo soy ese monstruo. Nunca me ha querido nadie”, dice Adam, que se gana la vida en Madrid como gigoló y electricista. Quizás esta frase cuadra a la perfección con Soledad, una curadora de arte que consiguió labrarse un moderado prestigio como especialista en lo marginal, lo heterodoxo, lo raro y lo confuso, que acaba de cumplir 60 años y para vengarse de un examante contrata como acompañante a Adam, un joven casi treinta años menor que ella. Soledad es esa misántropa monstruosa –abandonada por su padre y con una hermana gemela internada en un psiquiátrico– que Rosa Montero construye en La carne (Alfaguara) apelando a la paleta de los claroscuros emocionales que le permiten hurgar en los esfuerzos desesperados del personaje por aferrarse al mástil de la racionalidad, para evitar que el caos la arrastre hacia el inexorable abismo de la locura y la muerte. “La vida era un paquete de regalo en las manos de un niño, envuelto en papeles de brillantes colores. Pero, cuando se abría, dentro no había nada. Tan breve era la dicha, tan larga la pena”, plantea la narradora de esta novela en la que aparecerá la propia Montero como un personaje más. “Me gusta jugar con la frontera borrosa y porosa que hay entre la realidad y la ficción”, dice la escritora a PáginaI12.
–A raíz de la muestra que tiene que organizar el personaje de Soledad en la novela, ¿hay alguna diferencia entre escritores malditos y excéntricos?
–Hay un matiz, ¿no? Por un lado, el maldito es un personaje mucho más trágico, hay un destino mucho más doloroso, mientras que el excéntrico es un poco freak. El maldito tiene una parte hasta positiva; un escritor maldito puede ser un escritor trágico, pero más serio también. Un escritor excéntrico es una versión banal del malditismo.
–“Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte”, se define en la propia novela al escritor maldito. ¿Coincide con esta aproximación?
–Sí, Soledad dice eso para sus compañeros de la muestra, pero el lector no sabe todavía que está hablando de ella. Es una definición de lo que ella siente en la vida. Aunque Soledad es una curadora con éxito social y tiene relativo dinero, por lo que vamos sabiendo de su vida a medida que avanzamos en la lectura, comprendemos que siempre se ha sentido en el borde de la marginación social, en el borde de la exclusión social. Ha sentido que casi no conseguía dar la talla para estar en la sociedad, para ser admitida.
–¿Qué le interesa de las vidas malditas de varios escritores que aparecen mencionados en La carne?
–Las historias de escritores malditos que aparecen en la novela, tan delirantes como estrafalarias, son verdaderas –es increíble a los extremos que llega el ser humano–, excepto una. Josefina es un personaje especialmente interesante para la novela porque creo que es casi un espejo simbólico de Soledad, por eso se le da esa importancia. A mí siempre me ha gustado el género biográfico y autobiográfico. De los tres libros que se mencionan al final de la novela, Escritores delincuentes, de José Ovejero; Desgarrados y excéntricos, de Juan Manuel de Prada, el único que no había leído antes es No halagaron opiniones, de Javier Memba. No es que me gusten especialmente los escritores malditos, pero me gustan las cosas que se cuentan de ellos. Las historias de las escritoras asesinas chilenas María Luisa Bombal y María Carolina Geel me parecen pura violencia de género del otro lado. Me parece tremendo, inadmisible y aberrante que las hayan condenado a tan poco; producto del machismo paternalista y de clase, porque las dos eran de buenas familias. Me caen fatal. Me resulta repulsivo que a estas dos mujeres se les haya ocurrido matar porque no las amaban, eso me parece repugnante.
–¿Cuál es el costado fascinante que tienen los malditos?
–Me fascina a los extremos a los que llega la gente. William Burroughs se cortó un meñique con unas tenazas para deshuesar pollos por mostrarle a un amante chulo de 16 años que lo quería… ¡Vamos, Dios mío, qué locos que estamos los seres humanos! Y tú ves las fotos de Burroughs de anciano y le falta el dedito.
–Otra historia terrible es la de Marga Roësset, que se pegó un tiro a los 24 años porque estaba enamorada de Juan Ramón Jiménez…
–Era una pintora maravillosa, vi una exposición de ella en España hace unos años. ¿Se suicidó por amor o se suicidó por melancolía?, se pregunta Soledad en la novela. Pues no lo sé… hubiera sido por Juan Ramón o por otro… Además, curiosamente le manda la carta a Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón; es muy perverso, de alguna manera.
–Hay una pregunta que se hace Soledad: ¿Cuándo alguien se pierde? ¿Qué decisiones o elecciones llevan a extraviarse?
–Mis novelas están llenas de hermanas gemelas; aparte de hablar de la escisión interior y la disociación, el gemelo también habla de las posibilidades del ser; son como otras vidas que podemos tener. Siempre tienes la sensación de que en cada una de tus vidas hay 27 vidas posibles. Yo era súper hippie, no sabía muy bien qué hacer, me gustaba todo, estudiaba psicología porque creía que estaba completamente loca, estudiaba periodismo porque me gustaba escribir, hice teatro independiente como seis años y otros de mis planes era agarrarme una mochila para irme a vivir la vida por el mundo a ver qué pasaba: on the road, directamente. Imaginate qué hubiera hecho eso… ¡a lo mejor sería camarera en Canberra! Quién sabe, ¿no? Es tan fácil que tu vida cambie... Somos hojas llevadas por el viento. Creemos que tenemos un destino, pero el destino nos lo contamos con nuestra memoria y lo inventamos, porque la memoria es una construcción imaginaria. En cualquier momento te puedes perder, aparte de que creo que cada uno lleva su propia perdición. Tu perdición va como un gemelo a la sombra; es una debilidad que puede destruir tu vida en cualquier momento.
–¿Llegó a trabajar como actriz en alguna obra?
–Sí, era malísima (risas). En los años 70, al final del franquismo, fue un momento fuerte de teatro independiente y antifranquista. El grupo más importante en el que estuve fue Tábano, con el que hicimos Castañuela 70. La empezamos a ensayar en 1969, yo tenía 18 años y era la más pequeña del grupo, era como la mascota. Esa obra fue famosísima, se estrenó en el año 70 y luego la prohibió el franquismo.
–¿En qué momento la actriz le cedió paso a la escritora, teniendo en cuenta que el primer libro que publicó en 1979 fue Crónica del desamor?
–Escribo ficción desde niña, como la mayoría de los novelistas. Me acuerdo de una entrevista a J. K. Rowling en la que decía que su primera novela la escribió a los 6 años y era sobre un conejito que hablaba. Mis primeros cuentos los escribí a los 5 años y era sobre ratitas que hablaban; nos da a todas por los roedores parlantes, no sé por qué (risas). Desde que me recuerdo como persona, me recuerdo escribiendo ficción. Si hice periodismo era porque me gustaba escribir y porque necesitaba buscar un trabajo, de las novelas se supone que no vives. No sé vivir sin escribir ficción. El teatro pertenecía a mi ser social; la escritura de ficción es mi vida. Si daba la vuelta al mundo como mochilera, sería una camarera en Canberra escribiendo.
–Sin entrar en muchas precisiones, la propia Rosa Montero aparece en La carne cuando se encuentra con Soledad. ¿Cómo fue escribir sobre usted misma de un modo despiadado, como cuando Soledad se burla de las botas y la ropa que lleva puesta la escritora?
–Me pareció tan divertido ese capítulo… Me gusta jugar con la frontera borrosa y porosa que hay entre la realidad y la ficción. La memoria que tenemos de nuestro pasado es una ficción. Cuando recuerdo algo que ha pasado hace tiempo, me cuesta saber discernir si lo que recuerdo lo he vivido de verdad, si lo he soñado, si lo he imaginado o si lo he escrito. Estos cuatro niveles tienen para mí la misma veracidad. Soledad es una misógina y yo he odiado toda mi vida a las mujeres misóginas, pero a Soledad la entiendo y he llegado a quererla, a pesar de todo. Cuando en la novela nos encontramos por razones profesionales, me mira con unos ojos despiadados. Como Soledad vive con miedo al abismo, es híper ordenada hasta lo patológico, porque teme que el caos la devore. Llego primero tarde, luego echo todo por ahí –que es cierto que soy un caos– y ella dice que encima llevo botas de doctor Martens y voy tatuada, que le parece lo peor de lo peor. Y dice que llevo ropa barata de tiendas para adolescentes, “¿a quién quiere engañar si tendrá mi edad?” Y tiene razón en lo que cuenta de mí Soledad, soy muy Peter Pan (risas). Me encuentro perfecta siendo así, pero a Soledad la saca de quicio. Aparte de jugar con los límites resbaladizos de la realidad, mi aparición en ese momento de la novela es narrativamente importante porque le explico a Soledad que la vida imaginaria también es vida. Y creo que eso es muy importante para que Soledad termine la novela en mejores condiciones.
–Tanto Soledad como Adam son huérfanos y han sido abandonados por sus padres, una marca que es muy importante para los dos personajes. ¿Por qué aparece la orfandad con tanta fuerza en esta novela?
–“El niño es el padre del hombre”, decía (William) Wordsworth. Y es verdad: de la infancia que tienes, sale el adulto que eres. Pero es una frase muy determinista. Como soy bastante vitalista y voluntarista, es verdad que la infancia te influye mucho, pero creo que hay una manera de librarse de eso. No podemos controlar lo que nos sucede en la vida, somos hojas que el viento lleva, pero sí podemos controlar la manera en que respondemos a lo que nos sucede. La propia infancia es un suceso mayor; sí podemos controlar qué hacemos con esa infancia después en nuestra vida. Me doy cuenta de que ésta es una preocupación que aparece en muchos libros: siempre hay una cierta esperanza porque hay una responsabilidad para hacer con la vida algo distinto. ¿Qué haces con el dolor de la vida cuando puede llegar a ser casi destructivo? Siempre hay un punto en donde puedes superarlo o colocarlo en otro lugar menos dañino.
–“La carne está triste y ya he leído todos los libros”, decía Mallarmé. ¿El título de la novela viene de esta frase?
–No, ya estaba antes. La carne es un título perfecto porque es la carne que nos aprisiona, porque tú no has escogido tu cuerpo y tienes que aguantarte con ese cuerpo; es la carne que nos enferma, la carne que nos envejece y nos mata, y al mismo tiempo es la carne espléndida que nos hace rozar la gloria sexualmente, es la carne que en el estallido de la pasión fusional nos hace sentirnos eternos. En la novela está el terror y la alegría de vivir, la luz y las tinieblas.
–¿Por qué es una novela melancólica y con cierto desasosiego?
–La novela habla de cosas que son amargas como la vejez, el paso del tiempo, la necesidad del amor, pero siempre con sentido del humor. Necesitaba ese correctivo del humor para que no se convirtiera en un melodrama y porque el humor nos hace ver nuestra pequeñez junto a los demás seres humanos. Cuando los dolores se comparten con los demás, duelen menos. Pero la vida es melancólica. ¿Qué es la melancolía? La melancolía es la apreciación de la belleza sabiendo que tiene fin. Hay una frase que leí hace poco parecidísima, dicha al revés, que no la anoté y no me acuerdo de quién es. La cito de memoria, aunque era más bonita: “Porque el tiempo existe, la belleza es siempre triste”. Es imposible que la contemplación de la vida no sea melancólica. La melancolía es disfrutar de la belleza con la conciencia aguda de la finitud.


 La ficha

Rosa Montero parece mucho más joven que los 65 años que tiene. Nació el 3 de enero de 1951, en Madrid. Ha publicado la novelas Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983), Amado amo (1988), Temblor (1990), El nido de los sueños (1991), Bella y oscura (1993), La hija del caníbal (1997), El corazón tártaro (2001), Historia del Rey Transparente (2005), Instrucciones para salvar el mundo (2008), Lágrimas en la lluvia (2011), la primera novela en la que aparece Bruna Husky, la detective replicante que es un guiño y homenaje a Philip K. Dick; La ridícula idea de no volver a verte (2013) y El peso del corazón (2015), segunda novela con la replicante como protagonista. El ensayo La loca de la casa (2003) obtuvo el Premio Grinzane Cavour 2005 de literatura extranjera y el Premio Qué leer 2003 al mejor libro en español. La escritora cuenta que está escribiendo la tercera novela protagonizada por Bruna Husky. “Me gustaría incluir en la novela algo con lo del cinturón de asteroides, que están viendo si pueden ser habitables. No la voy a matar nunca a Bruna. Jamás escribiría un libro para matarla”, asegura Montero.

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