Por tu culpa me llevé literatura

Si bien tu producción literaria se dirige a distintos lectores, en esta entrevista queremos centrarnos en aquella que en principio está destinada al público juvenil, aun cuando haya adultos que también sean parte de esos lectores. ¿Cómo es el proceso de creación cuando ese público es el juvenil? 

  —La verdad es que hay que focalizar un público entre los jóvenes, y en algunos casos los niños, pero imaginemos los jóvenes, y ese fue un trabajo que hice a posteriori de La saga de los Confines. Con lo cual concluyo que intuitivamente en la saga encontré algunos caminos de comunicación con el público juvenil. Por eso salió en un sello editorial juvenil y por eso es y sigue siendo una lectura que yo diría que tiene mayoritariamente un público juvenil. No solo, pero mayoritariamente, claro. Una vez que yo entendí eso, sumado a que ya había empezado a aprender, a respetar y a leer la literatura infantil y juvenil, encontré ahí de verdad un desafío lingüístico y semántico, pero sobre todo lingüístico, muy interesante, muy excitante porque se trata de hacer literatura, que también es comunicación, una comunicación ambigua, equívoca, polisémica, pero comunicación al fin. Tenés que lograr no dejar afuera al lector, incluirlo, abrazarlo con la ficción. Ahí hay un trabajo que a mí me resulta muy bello de hacer, aunque haya que dejar cosas afuera.

Y qué cosas dejás afuera?

  —Por ejemplo soy muy cuidadosa a la hora de escribir sobre todo para niños y jóvenes, con el tema de los puntos de vista, de los narradores. Aprendí cuáles son las cosas que los confunden, que los alejan, que los enoja. Una de esas cosas, por ejemplo, es la diversidad de los puntos de vista. Entonces si yo quiero una novela coral, si yo quiero una novela en donde las voces entren de distintos lugares (que es algo que quiero hacer y lo hago de hecho) me tengo que poner a pensar muy cuidadosamente cómo hago eso para que ese trabajo literario funcione. Porque si no, lo que pasa es que se enojan y lo descartan, y yo quiero que ellos aprendan a amar la pluralidad de voces adentro de la narrativa, no que se enojen, entonces intento encontrar maneras, técnicas y posibilidades para que ellos la acepten con alegría.

¿Cómo es la relación con ese público? ¿Te escriben, se enojan, agradecen? 

  —La verdad es que cuando los encontrás, los chicos lectores de mis propias obras pero sobre todo de obras de los demás, rompen muy fácil la barrera de la no ficción y se apasionan y se enamoran, chiquitas que me hablan sin pudor de los personajes como si fueran de verdad, como si yo fuera la mamá de esos personajes. Se entristecen mucho con una muerte, hay profesoras que me dicen: “mirá este cuento los puso muy mal”. Y también son lugares donde tenés que pensar ¿no?, yo creo que tiene que ver con eso, con una entrega a la ficción muy franca.

“Por tu culpa me llevo literatura” contaste en una entrevista que te dijo un adolescente que te llamó a tu casa. ¿Podés contar un poco más qué es lo que pasó?

  —Sí, me dijo eso y también un montón de insultos. Eso fue lo último que me dijo. Fue notable. Fue un domingo, no me voy a olvidar nunca, fue un domingo a la mañana. Sonó el teléfono y “sí, ¿Liliana Bodoc?” “Sí” –le contesto– y luego, un insulto tras otro. Yo estaba por cortar cuando me dice “por culpa tuya me llevo literatura”. Intenté explicarle algo y no hubo caso, hasta que me tira la amenaza “sé que vas a estar en la Feria del Libro”. ¡Como un asesino serial! Me dio pánico y corté. Ahora ¿qué fue lo curioso de este pibe? El tipo me tiró sobre todo el problema de los nombres. “¿Por qué mierda pusiste esos nombres?” Tuve que volver a pensar, tuve que tranquilizarme, entonces me leí todos los argumentos, pensando en no intervenir la épica fantástica con nombres que no tengan que ver con lo que estoy contando, yo sola peleando conmigo misma y diciendo “los nombres en inglés los saben, pero en mapuche no”, todo para convencerme de nuevo que eso estaba bien. Mirá vos lo que puede un lector enojado.

Sabemos que vas a muchas escuelas y vos también contás que los chicos en realidad se interesan por tu vida privada. Pero ¿qué sabés que les pasa a ellos con tus historias?

  —Todo el tiempo triangulan entre la ficción vivida y la de ellos. Todo el tiempo, en las preguntas que te hacen, son muy chiquitos y uno ya es viejo, y son tan transparentes y ves que están preguntando por ellos, a veces es clarísimo. Cuando trabajé con el Plan de Lectura y me tocó ir, casi siempre, a escuelas marginales o carenciadas por distintas razones, muchas veces te preguntan por situaciones atroces, entonces, tenés que tragar en seco y tratar de dar la mejor respuesta, porque es obvio lo que te están preguntando, por maltrato, por dolores, por hambre, por soledad, por abandono, por violencia.

¿Y vos dirías que ahí hay una función o una utilidad de la literatura? Más allá de todas frases “célebres” sobre lo que provoca leer (“te da alas”, “te hace bien”, “te forma”, “te abriga”, “te cura”) ¿creés que genera algo? ¿Cómo describirías eso que genera?

  —Yo creo que la literatura es formadora y todas estas cosas que reclamamos siempre tienen que ver con el modo en el que leemos, ni siquiera la cantidad, y no sé por la calidad, pero seguro que con el modo. Digamos, si no leés para que el texto te atraviese, si no leés con compromiso emocional, si leés para declamar en el bar que leíste el último de tal y de cual, eso para mí no deja de ser más que otro objeto de consumo. Y otra forma de blasonarse, “¿ven que yo leí?”, bueno, no me interesa. A mí me parece que la lectura, y pasa con los chicos cuando se dejan atravesar por el pensamiento poético, permite encontrarse con otros en ese espacio de ficción. Se entienden y se dan cuenta de que alguien los entiende y se perdonan. ¿Sabés la cantidad de chicos que he visto perdonarse? No solo con mi escrito, perdonarse que robaron, perdonarse que mintieron, perdonarse que envidiaron, perdonarse es impresionante. Pero eso, para mí, tiene que ver con la forma en la que leen. Ahí, digamos, está también el docente incluido con la forma en la que les permite leer.

Vos contaste que abandonaste la secundaria, la retomaste ya de adulta, después estudiaste Letras y durante mucho tiempo no escribiste porque la facultad te dejó claro que “ahí no se estudiaba para ser escritora sino para enseñar literatura”. Evidentemente tenés una mirada bastante crítica con la educación formal y fuiste docente ¿Por qué?

  —Pensemos que yo tengo casi 60 años, y nos retrotraemos a muchos años atrás, donde la escuela era seguramente mucho más autoritaria que la de hoy; y yo sufrí mucho ese autoritarismo, venía de un lugar que no lo era, entonces lo sufrí mucho. Además, tuve una adolescencia complicada. Disfruté mucho la facultad los primeros años, porque además pasó mucho tiempo hasta que pude llegar a la facultad, pero claramente, al menos, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo no estimulaba la creación. Muchas universidades siguen sin estimular, lo sé por gente que conozco. Se ningunea la creación de los alumnos; se la dificulta o por lo menos no se la posibilita. No hay nada que tenga que ver, nada, con la escritura creativa de los alumnos de la Facultad, nada de nada. Yo nunca terminé la carrera pero hace poco, me nombraron Doctora Honoris Causa, fue muy chistoso. El rector me llamó “la alumna que nunca había egresado”.

¿Y por qué te dedicaste a la docencia?

  —Fue muy casual, en realidad enseñé en una sola escuela en un quinto y en un sexto año, muchachotes grandotes con los que me llevé bastante bien, dentro de todo, no sufrí tanto la docencia, pero también me daba cuenta que no me quería quedar ahí, no quería, la verdad, tengo que ser sincera, no quería quedarme ahí mucho tiempo. Coincidió con que empecé a escribir Los días del Venado, y además fue medio casual: “che Liliana necesitan... ¿no te querés presentar?”. Esas cosas que pasan en la Facultad.

¿Y cómo fue esa experiencia?

  —Estuvo bien, una linda escuela, pero es una escuela dependiente de la Universidad Nacional de Cuyo, con un muy buen nivel académico, los chicos pasaban un examen de ingreso. En líneas generales, pude entenderme con los chicos, nos reíamos mucho, leíamos, ellos me decían la Señora Ingalls, porque yo iba con mis polleras largas. Se daban cuenta de lo que siempre se dan cuenta los chicos: cuando uno ama la literatura, cuando uno no la ama. 

Suele decirse que los chicos no leen, que no entienden lo que leen, entre varias cosas que dicen de ellos y que son bastante cuestionables. Pero lo interesante es que algunos docentes reconocen que a los alumnos les encanta que les lean. Es como una vuelta a la narración oral, un poco dejada de lado por la escritura, que a los chicos les fascina. Tal vez algunos no quieren leer el libro pero sí quieren que se los cuentes.

  —Te lo firmo así, sin pensarlo un segundo porque es la vivencia que yo tengo todo el tiempo, claramente para ellos, la voz humana es el mejor camino de llegar a la literatura. Y cuando la voz esa es ni maravillosa ni bien modulada pero apasionada, cuando vos leés o les decís algo que a vos te conmueve, a los tipos se les cae la mandíbula al piso. Y los “complicados”, los más bravos, se callan la boca pero de verdad. ¿Viste ese silencio que vos sabés que es un silencio verdadero, respetuoso? Y no es por una, sino por el poeta que les está hablando. Y yo tengo mis caballitos de batalla que son infalibles. Por ejemplo cuando les digo “Vamos a hablar de la poesía, la poesía que es un silencio rodeado por palabras, lo más importante de la poesía...”, y me miran y yo sigo, “¿quieren escuchar –les digo yo– una poesía anónima, pero viejísima china, de una historia erótica, de una historia sexual de un hombre y una mujer?” Uuy te miran y arrancás. 

En diversas entrevistas te han preguntado sobre La saga de los Confines y has respondido que parte de tu inspiración proviene de tus lecturas de Tolkien y de las contradicciones que te produjo su obra porque si bien te fascinó, al mismo tiempo, la ideología que expresaba El Señor de los Anillos te produjo cierto rechazo. De modo que esa necesidad de que hubiera una saga que contase un tipo de épica fantástica desde otro lugar ideológico fue satisfecha por tu trilogía, donde aparece la historia no oficial de los pueblos de América del Sur que fueron exterminados, entre otras cuestiones. Pensaba en algo que menciona Jesús Martín Barbero acerca de la polisemia del término “contar”: es necesario contar nuestra propia historia para ser tenidos en cuenta por los otros, para que no queden invisibilizadas nuestras historias. La pregunta es si en el público juvenil vos pudiste encontrar marcas de lectura en esa clave histórica, identitaria y de relaciones desiguales de poder.

  —Sí, por suerte, puedo ser categórica para decírtelo. Y más de uno, no estoy diciendo una multitud, pero me han hablado de la identificación con esos héroes, y yo con el corazón, así ancho de felicidad. Diciéndome que les gustaba porque “son más parecidos a nosotros”, o son de acá, o se parecen. Algunos me dicen “son argentinos”, bueno no importa que no sean argentinos pero es la idea de identificación.

A veces debe ser difícil introducir estas complejidad en un mercado de producción serial, porque también corrés un riesgo y es que no te lean, o que te abandonen.

  —Pero por supuesto, el mercado editorial digamos, para niños y jóvenes es multimillonario. Yo creo que venden, no, creo no, me lo han dicho los mismos editores, mucho más que la literatura para adultos, porque venden a las escuelas y eso posibilita que haya mucha gente y que podamos entrar muchos a la literatura, pero también llena los estantes de literatura infantil y juvenil de cosas que, de verdad, son obvias, son olvidables, son tristes del punto de vista lingüístico. Por eso ahí está el docente, está el mediador. Hay varios libros míos, que yo sin dudar diría que son los más interesantes desde el punto de vista literario. Por ejemplo Diciembre súper álbum, El perro y el peregrino por otras razones, y quizás no son los que más suerte editorial tienen, tienen más suerte editorial otros. Más allá de los resultados yo sí puedo dar fe de que mi actitud a la hora de hacer literatura siempre es la del máximo respeto, después las cosas salen mejor o peor.

Fragmentos de una entrevista inédita realizada en febrero de 2017 en el marco del área de Comunicación de Flacso argentina.

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