Entrevista
El orfebre del Papa que cincela el sueño de los boxeadores
Adrián Pallarols, muy cercano a Francisco, no sólo es un amante del boxeo, deporte que practica con entusiasmo, también puso el talento de su profesión para que sus manos produzcan uno de los cinturones del Consejo Mundial de Boxeo.

Mira la pieza. La trabaja un poco más. La moldea. Le da unos golpecitos. Los toques finales. Sopla el polvillo residual. Y se sienta a contemplarla. Ahora sí, hombre. Ese pedazo de cuero muerto que le enviaron desde México tiene vida propia. Ahora sí, hombre. El platillo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) ya fue incrustado en su interior y en un santiamén surge toda la magia. Fueron dos meses de trabajo de parto para este orfebre que talló con pasión ese disco dorado. Fueron gotas de sudor, chispas de inspiración. El deseo lo atraviesa, la sensación del deber cumplido. “¿Te gusta como quedó?”, pregunta Adrián Pallarols en voz alta. ¿Qué responderle?. Si son los ecos de los guerreros del ayer los que tienen que dar el veredicto. “¿Te gusta o no?”, insiste el orfebre, con una sonrisa cómplice que lo delata. Sabe que las penumbras de su atelier porteño están siendo iluminadas por ese legendario trofeo, hecho sólo para aquellos que son capaces de quemar la historia. Hasta la última llama.

El cinturón del CMB posa en una mesa de roble. Espera ser empacado y despachado a México. Espera, paciente, encontrar un dueño. La tentación de no enviarlo es grande, tal vez. Pero hay una fuerza vital que lo empuja a desprenderse de su obra. “Me encanta el boxeo. Pero lo pienso bien y... ¿De qué me sirve quedarme el cinturón? El éxito tiene que estar en manos de los campeones”, dice Pallarols, que le dedicó doce, catorce horas diarias de su vida, a la creación de ese cinto verde, que consigo lleva el peso de la gloria. “Si esas cosas uno se las quedara, no le servirían para nada. Las piezas tienen que salir al mundo y vivir. Un tesoro escondido no es tesoro, no tiene vida; porque como nadie lo conoce, nadie lo desea. Parte de la vida es que el cinto interactúe con el mundo que lo va rodeando, tal como lo hace Floyd Mayweather Jr., quien suele exhibir los cinturones que conquistó”.

Es un tipo común Pallarols, no ofrece grandilocuencias; de hecho, el único brillo que lleva colgado brota de una cadenita de 18 kilates. No se obnubila con el fulgor de las joyas. Pero sí se deslumbra apenas su hija Morena aparece en escena. Con ella, cuenta, hizo uno de los modelos del bastón presidencial. También creo distintos elementos de uso personales para algunas personas del mundo del espectáculo Es apreciado por lo que es y codiciado por lo que hace. “Me recomiendan de boca en boca”, dice. Sin embargo, la vidriera más grande la obtuvo gracias a un amigo religioso. Cuando el cardenal Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco recibió el espaldarazo divino que necesitaba para relanzar su carrera después de haberse independizado de su padre y de su hermano. “Me independicé, me quedé con los zapatos puestos. Y cuando uno anda en la mala suele pasar que te quedás solo. Gracias al trabajo y a la dedicación, un día pasé a ser el orfebre del Papa y del Vaticano”.

Pallarols salió en todos los canales del mundo porque talló el cáliz que Francisco llevó en su viaje a Estados Unidos. Pero la historia que más conmueve es otra. Nunca va a olvidar el día en el que le apagaron el televisor. Ocurrió a mediados de 1986, cuando gobernaba Raúl Alfonsín. Pallarols tiraba guantes en el séptimo piso del gimnasio de GEBA. “Fue mi primer nocaut”, dice, orgulloso. Nocaut, sí, pero en contra. Se le puso todo negro y lo levantaron entre varios, recuerda. Ese golpe fue un trompazo al inconsciente, inconsciente que ahora puja por salir. Nunca más pudo, ni quiso, escaparle a esa pasión que lo condena. Y en voz baja, siguió entrenándose en modestos gimnasios porteños, con ilustres desconocidos que querían arrancarle el pescuezo, descargando las tensiones de una vida llena de problemas. Por lo visto, el tamiz del ring iguala al que tiene todo con el que no tiene nada.

Mientras tiraba golpes al aire, Pallarols iba ganándose un nombre  en el conspicuo mundo de los joyeros. Pero él quería dar el gran golpe en otro lado. Tanto que se ofreció a hacer trofeos gratis para la Federación Argentina de Box (FAB): “Quise trabajar ad-honorem para la FAB, pero no fui escuchado, así que seguí con lo mío”. Lo suyo es trabajar como una máquina porque no hay máquinas que trabajen por él. Lo suyo no es como un shopping, donde uno elige la camisa confeccionada. “Acá hay que estar todo el día, dibujar, sentarse a garabatear con los clientes, que exigen tanto como pagan. La inspiración no es una música que cae del cielo. Uno piensa mucho. Tira bocetos, arma modelos, en madera, en telgopor. Y recién cuando más o menos lo ves encaminado, empezás a trabajar. Velázquez decía que el arte es cinco por ciento inspiración y noventa y cinco por ciento transpiración. Hay que estar ahí, laburando. La inspiración nace de pelearse con los papeles”, grafica.

Tenía un sueño Pallarols, e iba a pelear por él. Después de entrenarse en varios lugares sin luces ni sombras, en el 2002 empezó a boxear en el gimnasio de la Facultad de Derecho, junto a Jorge Driussi, quien fuera sparring de Oscar Natalio Bonavena, cuando Ringo vivía en Parque de los Patricios. ¿Qué hacía este profesor de Bellas Artes de la UBA combinando ganchos y crosses? ¿Perseguía un fin estético o canalizaba tensiones? Quién sabe. Estudió psicología social, filosofía, es tornero, dibujante, pero necesitaba otra forma de expresarse. En este caso, con las manos cerradas. Y fue así como siguió luchando, hasta que Francisco le consiguió, tal vez, el mejor trabajo de su vida. “Siendo el orfebre del Cardenal Bergoglio, el CMB se acercó al Vaticano para organizar una competencia deportiva en pos de sacar a los chicos de la calle, y me encomendaron unos trofeos. De ahí en más, Mauricio Sulaimán (N. de R.: presidente del CMB), me pidió que trabajara haciendo cinturones y acá me ven, trabajando”.

El cinturón del CMB posa en una mesa de roble, esperando ser empacado y despachado a México. La tentación de adjetivarlo es grande. ¿Pero para qué añadirle azúcar a un tarro de dulce de leche? Ahí está el cetro verde, con su disco de latón bronce, pulido espejo y enchapado en oro.  Alguna vez fue de Carlos Monzón, ahora quién sabe a dónde irá a parar esa reliquia. “El sentido era darle el valor agregado a los materiales. No usar materiales caros. La tempera que uno puede utilizar para pintar es la misma que usan otros, pero el valor agregado se lo da uno de acuerdo a cómo la use. El valor de las cosas no depende de lo caras que sean sino lo que significan o representan. Me preocupa de qué manera se puede generar un significado y un hecho estético a la vez. Por eso, en uno de los cinturones que me encargaron, incluí el rostro de José Sulaimán (N. de R.: histórico presidente del CMB), el retrato de Muhammad Alí y unos laureles, que simbolizan la gloria en toda su plenitud”.

A Francisco lo conoce desde hace 18 años y tan profunda es la relación con el Papa que se hablan una vez por semana. “Lo llamo yo a su celular”; dice, sin miedo al qué dirán. Gracias a él llegó a tocar el cielo con las manos. Pallarols confeccionó tres cinturones. El primero se presentó en mayo de 2016, en el T Mobile de Las Vegas, en la pelea de Canelo Álvarez contra Amir Khan. Allí se codeó con los mastodontes del deporte como Holyfield, De la Hoya y Mano de Piedra Durán. Luego trabajó en el cinturón papal, una versión inédita, de color blanco y plata. Y fabricó otro para la pelea de Genaddy Golovkin contra Jacobs: “Fue en marzo del año pasado cuando subí al ring de nuevo. Me saludé con el histórico presentador Michael Buffer y viví todo desde adentro. Miré la pelea con la nariz pegada a la lona, por delante de los periodistas, porque yo tenía que subir entre combate y combate a entregar los cinturones”. 

Las mismas gotas de agua que mojaban a Golovkin en el rincón de la noche neoyorquina, también salpicaban a Pallarols, unos metros más abajo. Las mismas trompadas que pegaba el kazajo allí arriba, también retumbaban metros más abajo hasta remover las vísceras de este artista en trance, que ya no podía, ni le importaba disimular la insoportable sensación de haber llegado. Cuán grande habrá sido la recompensa recibida para él que se le acercó y le pidió ayuda a Osvaldo Príncipi, un legendario relator y comentarista de boxeo, para intentar definir ese momento. “Hay cosas que se dicen callando”; escribió Eduardo Galeano. Qué cosa. Pallarols había llegado al ring del mítico Madison Square Garden. Y no podía explicarlo. Él, el orfebre, acababa de cumplirle el sueño a él, el boxeador frustrado.