Historia
Diego Simon, el keniata rubio
Consolidado como uno de los mejores corredores de montaña de la actualidad, el tandilense de 30 años analiza la realidad de un deporte nuevo por estas latitudes y las diferencias con otras partes del mundo; “tenemos que trabajar por las generaciones futuras, no queda otra”, afirma

Ciento sesenta y siete centímetros. Esa es la altura que sostiene los 50 kilos con los que Diego Simon (“sin tilde por favor”, aclara el protagonista de esta nota) corre día a día. Algunas veces, incluso, puede pesar menos, pero “así está bien” para no debilitarse. La vida de este tandilense de 30 años puede decirse que pasa mucho por la intuición y la percepción pero también por la decisión de seguir adelante en busca de cumplir las metas que empezó a trazarse desde muy chico. Como aquella vez en la que rompió su última raqueta de tenis y abandonó para siempre el deporte blanco en esa cantera de grandes jugadores que es Tandil. O cuando aún era menor de edad y, en 2003, se inscribió con su segundo nombre (Ramón) en la tradicional carrera Tandilia, acaso la más importante de esos pagos, porque sentía que lo suyo, afirma hoy convencido, ya era “subir y bajar con todo”. Ese día, recuerda, tuvo una visión que se había iniciado antes, en 2001, en otra carrera: “El Desafío de las Ánimas despertó en mí un especial interés. Mis hermanos la corrían casi siempre. Los iba a ver y yo quería ser parte de esos 8km. Era todo por sierras sin pisar el asfalto. Fue mi primera carrera. La corrí en 2001 con 13 años y ya no hubo vuelta atrás”. A partir de ahí, cuenta, tuvo todo mucho más claro: correr iba a ser su medio de vida. No sabía el cómo ni el cuándo, pero estaba seguro que en algún momento sólo se iba a dedicar a correr. Algo que hoy puede desarrollar gracias al grupo de entrenamiento VO2 Max que encabeza junto con su amigo Federico Fisher, los planes que envía a distancia y algunos sponsors locales. “En este país, vivir exclusivamente del atletismo es prácticamente imposible”, dice con cierta amargura mientras invita a sentarse en un amplio sillón de madera.

En verdad, antes de dedicarse al trail running, Simon fue un atleta convencional; es decir, uno de pista y calle. Por eso, nada más que por eso, para correr por las sierras y los senderos de su ciudad debió esperar algunos años. “Llegó un momento en el que no quería correr más en la pista. No porque no me gustara, sino porque en la pista había alcanzado mi techo. No me veía con muchas condiciones para mejorar”, explica. Y remarca: “En cambio, en la montaña me daba cuenta que subir una loma o una cuesta no me costaba tanto y eso que acá en Tandil no tenemos mucha altura para correr. Cuando iba al sur, por ejemplo, me sentía muy fuerte. Me di cuenta que esto (señala a su alrededor)… que la naturaleza es lo mío”. Y ahora lo hace de la mano de Marco De Gasperi como entrenador, un entrañable italiano de 40 años que combina bohemia, talento y varios títulos mundiales en distancias hasta 42km.     “Marco vino varias veces a la Argentina y en 2016 me invitó a correr a Europa porque me veía condiciones y quería que fuera a su lugar para probarme”, indica Simon con los ojos brillosos y una sonrisa enorme. Claro, De Gasperi es una de las grandes estrellas de este deporte junto con los españoles Killian Jornet y Luis Hernando. “En mi caso, y sin exagerar, que me entrene Marco es como que a un jugador de fútbol lo aconseje Messi o Ronaldo. Ellos son verdaderas estrellas. Fue un enorme salto de calidad estar a su lado”, agrega.

–Los denominados runners, los que van atrás, dicen que disfrutan más porque tienen tiempo para detenerse, pero ustedes lógicamente casi no paran porque están compitiendo realmente. Entonces, ¿qué se disfruta de ir al palo en un entorno tan lindo como puede ser el del sur argentino?

–Se disfruta, aunque de otra manera. Si bien uno va sufriendo porque busca conseguir la mejor posición y va con las pulsaciones súper altas, se disfruta mucho subir y bajar senderos. Es divertido tener que saltar o vadear un arroyo esquivando piedras para bajar rápido. En definitiva, vas jugando, vas creando a cada paso porque uno lo hace de una manera y otro corredor, tal vez, de otra. Es la misma adrenalina, pero a otra velocidad en la que el cuerpo y la mente deben estar muy enfocadas para no hacer macanas, para no tropezar y caerte de trompa. Es como cuando era chico, sigo jugando pero ahora con una responsabilidad: la de competir lealmente y dar lo mejor.   

–¿El atleta de elite aprende a disfrutar el sufrimiento? Uno disfruta estar con la familia y los amigos, de una buena comida, un viaje… En definitiva, el sufrimiento está más del lado negativo de la vida.

–Sí, totalmente. Como vos disfrutás hacer una nota o escribir un buen texto que tal vez te llevó una semana para quedar conforme, nosotros disfrutamos el hecho de superarnos a nosotros mismos, de atravesar momentos buenos y malos durante la carrera, de las adversidades que atravesaste a los largo del camino como que te agarre una puntada o que estabas molido y pudiste terminar, o caerte y golpearte fuerte la rodilla y seguir, o superar una hipoglucemia. Es un poco raro, lo sé; pero creo que todos, incluyo elites y amateurs, sufren y disfrutan a su forma. Correr es eso e incluye a todos.

–Suele afirmarse que el deporte de alto rendimiento no es deporte…

–¿Por qué no va a ser deporte? A mí me gusta sufrir. Creo que al atleta de alto rendimiento, en el fondo, le gusta sufrir porque sabe que eso que hace es con un fin. Todo depende del camino que uno elija para llegar a ese fin. Y creo que hay un solo camino: el del juego limpio. Y, en definitiva, son muchas más las cosas lindas y positivas que las cosas negativas.

–¿Por ejemplo?

–Y… conocer Europa. Si no fuera por este deporte, yo no sé si hubiera podido conocer Europa. El atletismo me dio muchos viajes en Sudamérica y Europa, todos lugares a los que no hubiese llegado sin el deporte. Soy un agradecido a la vida de haber elegido este deporte. Irme tres o cuatro meses a Europa a entrenar y competir es algo prácticamente imposible para una persona que trabaja ocho o diez horas por día.

–Para que vos te puedas ir a Europa, sobre todo en los primeros viajes, hubo personas que en silencio y sin figurar generaron recursos. ¿Por qué cuesta tanto que se apoye a un atleta, por qué cuesta tanto que una carrera premie con plata a los atletas y no con un voucher por productos? ¿Es un tema cultural?

–Es muy complejo. En la Argentina es muy difícil conseguir el sponsoreo de una marca para que te apoye para correr. Tal vez vean a este deporte como recreativo y no como competitivo. En mi caso, cuando fui a Europa por primera vez, estaban asombrados con las cosas que tuve que hacer y que hicieron por mí para poder viajar. Por ejemplo, mis amigos hicieron una remera con mi nombre para juntar plata para el pasaje y allá, en Italia, no lo podían creer.

–¿Las carreras allá tratan al corredor de elite de otra forma?

–Allá, al elite lo tratan de manera impecable. A varios les dan un fijo por el sólo hecho de largar, te reciben y están felices de que vayas. Acá aún es diferente. Acá se tiene otra mentalidad. En Europa cuando les contás la realidad que tenemos en Sudamérica se sorprenden. Les parece increíble que una carrera no tenga premiación. A los atletas de elite de allá les parece una falta de respeto que no premien a los mejores y tampoco pueden creer el valor de las inscripciones. No pueden entender que no haya apoyo a los elites en carreras que tienen tantos inscriptos. Allá, en Europa, hay premiación en dinero en carreras que hay 200 o 300 corredores.

–¿No será que en Europa los atletas de elite están agrupados y cohesionados de otra forma?

–En Europa hace unos quince o veinte años atrás pasaba lo mismo que acá y los atletas se unieron para lograr un cambio. Se unieron, por ejemplo, no yendo a las carreras para luchar y para que se valore al atleta de elite.

–¿Por qué acá el atleta, entonces, es tan poco corporativo para los hechos concretos de exigir un trato acorde?

–Acá en la Argentina se ve como algo normal que no te den dinero por largar o que no haya premiaciones. Ya el atleta se acostumbró a eso. Acá este deporte empezó desde un costado recreativo y no deportivo. En cambio, en Europa fue al revés. Acá esto recién comienza. No me meto a nivel federativo pero creo que hay que renovar y renovarse porque el mundo se actualiza y es tiempo de personas jóvenes y acordes a los tiempos que corren. Hoy tenemos una realidad diferente a lo que era hace veinte años atrás. El atletismo acá antes era transpirar sólo la camiseta y hoy en día es una profesión que requiere de todas las partes. Ahora, por ejemplo, a través de las redes sociales, estás al tanto de los atletas y son ellos su propio medio. Antes eso no ocurría.

–Mencionás las redes sociales, ¿qué mirada tenés al respecto?

–Antes estaba muy aislado de todo eso y hasta le tenía cierta idea, pero hoy si pretendés ser un atleta completo creo que las redes sociales son un motor y un potenciador para “venderte” fomentando una actividad que de por sí es saludable.

–Está bárbaro lo que decís… uno ve que Diego Simon tiene dos sponsors y sobran los ejemplos de personas que corren mucho menos pero cuentan con un patrocinio que no se condice con su nivel. Ese costado, llamado por muchos como la “venta de humo”, ¿es el lado y el costado negativo?

–Y sí. Es llamativo que eso ocurra con tanta frecuencia. Es un fenómeno nuevo porque muchas veces los sponsors no entienden mucho acerca del deporte y compran lo que ven: los seguidores. Es fundamental usar las redes sociales pero con un equilibrio justo. Marco (De Gasperi), por ejemplo, le da mucha importancia y él motiva a hacer la actividad. Ves un posteo de él y te dan ganas de salir a correr. Pero él es un número uno.

–El cambio y el crecimiento que vos soñás y que será, ojalá, en  diez o veinte años sólo es posible pensando en lo chicos que se vienen…

–Y sí. Muchas veces me enojo pensando en los más chicos y deseando que ojalá no tengan que hacer un camino tan difícil como el que iniciaron los precursores de este deporte en la Argentina y quienes estamos ahora en cierta plenitud. Tenemos que trabajar por las generaciones futuras, no queda otra.

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