Un hombre trágico
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El cuento por su autor

En Un arte espectral, una colección de ensayos sobre el oficio de escribir, Norman Mailer cuenta que una noche estaba en un hotel desesperado porque no tenía nada para leer. Entonces echó mano a la Gideon‘s Bible que suele estar en el cajón de la mesita de luz de los hoteles. Comenta en Un arte espectral que las historias de la Biblia son estupendas, pero no están bien contadas y agrega que conoce a cien novelistas que lo harían mejor.

Angela Pradelli y Esther Cross decidieron llevar la idea a la práctica. Convocaron a 25 escritores argentinos a recrear historias de La Biblia, específicamente de El Viejo Testamento. A mí me tocó la de Noé y El diluvio. Supongo que pensaron en mí por mi afición a los fines de mundo. Tenían razón, era el relato que más me interesaba escribir.

Averigüé los desopilantes y atroces acontecimientos que rodearon el nacimiento de Noé en Los mitos hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai. El Antiguo Testamento está lleno de historias extrañas y maravillosas, pero con las sucesivas reescrituras muchos de ellas han sido censuradas, a algunas se las puede encontrar en el libro de Graves y Patai.

La del arca de Noé era una verdadera misión imposible, pero la relaté como si hubiera ocurrido realmente tal como la cuenta la Biblia. Parte de ese verosímil fue humanizar a los personajes, en especial al Dios terrible de los judíos que, sin demasiadas advertencias, no vacila en matar todo.


Eugenia Noriega

A mi querido Noé Jitrik 

estas andanzas de su tocayo.

Yo no pedí vivir. Fui engendrado en circunstancias sangrientas y tristes.  Debo mi existencia a que mi padre, Lamec, mató a su hijo Tubal Caín y a nuestro antepasado Caín.

Lamec era un cazador ciego. Viejo, pero de poderosos brazos. Su hijo Tubal Caín, mi difunto hermano, lo guiaba por el monte. En una oportunidad le dijo:

–Padre, una cabeza asoma por encima de aquel cerro.

Lamec tensó el arco, Tubal Caín dirigió su puntería y la flecha atravesó la cabeza. Tubal Caín salió disparado a cobrar la presa.

–¡Padre, has matado a un hombre con una mancha roja en la frente! –exclamó consternado.

–¡Debe de ser mi antepasado Caín! –se estremeció Lamec–. Estúpido hijo mío, me has convertido en un asesino– rugió el ciego y le lanzó un golpe que le acertó en el costado de la cabeza. Fue como si lo hubiera pateado una mula; Tubal Caín se desplomó sangrando por los oídos.

El viejo empezó a llamarlo a los gritos. De rodillas, tanteando el suelo, encontró el cuerpo sin vida.

–¡¡Qué he hecho!! Maté a mí antepasado Caín y a mi hijo Tubal Caín.

Desesperado, Lamec rompió en jirones el manto que cubría sus hombros, se rasguñó la cara y se llenó el pelo de polvo. Sus esposas lo hallaron en el monte, llorando abrazado al cadáver de su hijo.

Lamec ordenó a sus esposas que lo esperaran en el lecho. Sela y Ada se negaron.

–Has matado a Caín y a nuestro hijo Tubal Caín. No nos acostaremos contigo.

–¡Deben obedecerme! –les gritó quien sería mi padre.

–No. Todo hijo nacido de esta unión estará condenado.

Lamec y sus esposas fueron a consultar a Adán, que todavía vivía a pesar de que era extraordinariamente viejo.

–Ambas muertes fueron accidentales. Soy un hombre ciego –dijo Lamec en su descargo.

–Deben hacer lo que les dice su marido –dictaminó por fin Adán.

Sela y Lamec copularon y de esta unión maldita nací yo; hijo de tanta violencia, no me quedó otro camino que ser bueno; más una fatalidad que un mérito. Sela, mi madre, me parió ya circunciso: una señal de la gracia de Dios. Mi padre me llamó Noé, que significa “consuelo”, y proporcionar consuelo ha sido mi destino. He llevado la carga de mi nombre como Caín llevó en la frente la marca de su crimen.

Dicen que con mi nacimiento el mundo mejoró. Dios levantó su maldición contra los hombres. Antes trabajaban sólo con las manos y cosechaban más espinos y abrojos que trigo. Les enseñé a fabricar hoces, guadañas y arados.

Me mantuve célibe hasta los quinientos años. Esperé a que Dios me designara esposa y Él eligió a Naamá, hija de Enoc, la única mujer casta en tantas generaciones depravadas. Nuestros hijos se llamaron Sem, Cam y Jafet.

Y entonces Dios comenzó a hablarme. Susurró mi nombre en el viento. “Noé”, “Noé”, me llamaba con una voz silbante que se confundía con el viento. Mi mujer, la dulce Naamá, me dijo: me parece que Dios te está llamando.

Presté atención. La voz me asustó; sonaba rasposa como una amenaza proferida entre dientes.

–Noé –me decía–, varón justo y cabal entre la gente de tu tiempo. Afortunado Noé, grato a mis ojos, oye mi voz. Los hombres han llevado gran vergüenza a la tierra. La han ensuciado con la inmundicia de sus fornicaciones. Toda carne con espíritu se ha corrompido –clamaba Dios, y su aliento era más caliente que los remolinos del desierto, y su respiración me quemaba la cara como si la hubiese acercado a la boca de un horno encendido–. Hombres y bestias son promiscuos, Noé, me arrepiento de haberlos creado. Hasta las bestias cometen bestialismo. El caballo monta a la asna, el asno a la yegua, el perro a la loba, la serpiente a la tortuga. Y lo peor de todo: con frecuencia las hembras dominan a los machos.

–¿Qué pretendes de nosotros, Dios mío? –pensé para mis adentros. Nos creaste mortales, pecar nos permite olvidarnos por un momento de tu sentencia.

A los pocos días, oí un ensordecedor retumbar de truenos, aunque el cielo estaba luminoso y cristalino. Los truenos bajaban por la ladera de la montaña golpeando las piedras, que rodaban excitadas, cada vez más rápidas y contentas. Pensé que las alegraba que Dios las hubiera liberado de tener que permanecer detenidas en lo alto, que gozaban de poder caer. Bajaban empujándose unas a otras, corriendo carreras como niños. Después me di cuenta de qué en realidad las hacía felices moverse; de este modo, las piedras desmentían su naturaleza inerte: durante unos segundos parecían seres vivos. ¿Existe vanidad mayor que la de un mineral que finge estar vivo?

El derrumbe me forzó a interrumpir mis reflexiones; tuve que tirarme al suelo para que no me aplastara. Cuando se calmó el estrépito escuché la voz de Dios:

–Me he decidido, Noé. Lanzaré un diluvio que ahogará a toda criatura sobre la faz de la tierra. Con el agua lavaré sus pecados y limpiaré la hez de sus crímenes.

–¿Por qué con agua? –me atreví a preguntarle desde el suelo.

–Porque con el agua di la vida y con el agua la quito. Voy a convertir la tierra en mar.

A partir de ese momento, comenzaron sus instrucciones y mis trabajos.

“Construirás un arca de madera resinosa de trescientos codos de longitud, de cincuenta codos de anchura, y de treinta codos de altura. Harás en ella cubierta baja, segunda y tercera y la embetunarás con brea por dentro y por fuera. Será un barco sin mástil, sin timón, sin remos y sin velas. La techarás como una casa y tendrá una ventana y una puerta. Entrarás en el arca tú y tus hijos y tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo animal puro tomarás siete y siete, y de los animales impuros, solo dos; y los meterás en el arca para que se conserven con vida, macho y hembra serán”.

Es más fácil decirlo que hacerlo. No recuerdo cuántos años de mi vida empleé en construir el arca. Al final, la terminó Dios. Parecía impaciente por dejar caer su diluvio. Reunir a los animales resultó imposible. ¿Debía capturarlos con trampas, con lazos, con cebos? ¿Atraerlos con hembras? Cazarlos sin hacerles daño. Ay, Dios mío, ¿por qué hiciste a los leones tan feroces, a las serpientes tan venenosas, tan pesados a los elefantes, tan fuertes a los gorilas? Fracasé hasta darme por vencido. “Yo los convenceré”, me dijo Dios. Y a la mañana siguiente, todas las parejas de animales esperaban en fila al pie de la rampa para abordar el arca.

En esos años Dios me habló en varias ocasiones, pero nunca se dejó ver. Llegué a la conclusión de que a pesar de su poder ilimitado Dios era tímido.

En una oportunidad me tocó –creo que me tocó–, seguramente estaba contento con mis esfuerzos por obedecerlo. Paseó conmigo, dimos una vuelta alrededor del arca; yo no lo veía, pero sentía su mano en el hombro. Me recordó a mi padre, que posaba su mano de ciego sobre mi hombro para caminar.

Tengo que admitir que a veces yo me quejaba, sobre todo cuando estaba muy cansado. Si es todopoderoso, ¿para qué recurre a mí? ¿Por qué tengo que ayudarlo a salvar su obra si él mismo quiere destruirla? Estoy harto de ser el cómplice de su venganza. Por las noches solía llorar de cansancio. Mi dulce Naamá era la única que me confortaba. ¿Por qué necesita a un débil mortal para ejecutar su plan?, me preguntaba una y otra vez. De pronto, me di cuenta: Dios necesitaba a alguien con quien hablar, se sentía muy solo; pobre, era el dios de una religión monoteísta.

A los diecisiete días del segundo mes del año seiscientos de mi vida, Dios soltó los vientos rabiosos, separó las estrellas y abrió las compuertas del cielo. Se rompieron todas las fuentes del gran abismo y llovió cuarenta días y cuarenta noches. Hasta que las aguas me lamieron los tobillos y tuve que refugiarme presuroso en el arca, no pude creer que Dios destruiría una obra tan magnífica.

Las aguas alzaron el arca, la pesada nave se desprendió de la tierra crujiendo y ladeándose hacia los flancos con un bamboleo que arrojó a todos al piso, incluso a los animales de cuatro patas que resbalaban sobre sus propias heces, chillando aterrados.

Una masa de nubes tupida y pastosa ennegreció el cielo y se hizo de noche en plena mañana. En poco tiempo, montañas de agua cubrieron las montañas. Es posible que hasta Dios se haya espantado de la violencia que descargó sobre sus criaturas.

La mole de las aguas se hinchaba como el lomo de una ballena y estallaba en gigantescas avalanchas de espuma blanca. El arca no había sido diseñada para navegar. Las olas la zarandeaban y nosotros éramos lanzados unos contra otros como porotos en una sopa hirviente. El interior del arca estaba tan oscuro que no podía ver a Naamá, aunque estuviéramos tomados de la mano. Allí descubrí que las náuseas no son un mal exclusivo de los humanos: los animales también se marean y vomitan.

El arca fue nuestra prisión. Un suplicio irreal, un sueño del cual me despertaba la hediondez. No hallé la manera de limpiar la bosta de los herbívoros en la cubierta inferior, ni de acostumbrarme al olor de la orina de los felinos –ni a la mirada de sus ojos fosforescentes en la oscuridad–. Alimentar a los animales nos llevaba todo el día, nadie podía dormir. El camello necesitaba paja; el asno, centeno; el elefante, hojas verdes; el avestruz, vidrios rotos.

Por fin, el día cuarenta, el viento quedó exhausto, se vaciaron los cielos, las nubes adelgazaron y no pudieron impedir que asomara el sol. Se hizo silencio luego de tanta lluvia. Imaginé que la tierra había quedado como una superficie de fango líquido, en la cual flotaban cadáveres hinchados y putrefactos. Dios había consumado su venganza: toda la vida había vuelto al barro. Me eché a llorar.

Pasó mucho tiempo hasta que se retiraron las aguas y pudimos desembarcar. El envío de aves fue engorroso. El cuervo resultó un pájaro malévolo e insolente. Dios me desorientaba, tenía tanto poder sobre algunas de sus criaturas –había logrado que los leones comieran pasto en lugar de atacar a los bueyes– y no podía dominar al cuervo. Cuando le ordené que saliera del arca a inspeccionar el estado del mundo, el pajarraco se negó y me acusó de que lo mandaba a una misión peligrosa porque yo quería poseer a su hembra. Luego solté sucesivas palomas hasta que una trajo una ramita verde de olivo en el pico. Me extrañó que el diluvio no hubiera afectado a los árboles, habían sobrevivido un año bajo las aguas como si a ellos también los hubieran calafateado con brea. Supuse que la rama de olivo significaba que el suelo había comenzado a secarse. A los veintisiete días del segundo mes del año seiscientos uno de mi vida abandoné el arca.

Aunque me indignaba que Dios hubiera transformado la tierra en un descomunal cementerio a cielo abierto, por las dudas, apenas desembarqué erigí un altar y le ofrecí un holocausto de animales puros. Al parecer, el suave olor de los animales sacrificados reconfortó a Dios, porque dijo que no volvería a exterminar a todo ser viviente. Me bendijo a mí y a mis hijos y nos dijo que procreáramos y nos multiplicáramos. Dibujó el arco iris en el cielo, y nos aseguró que cuando cubriera de nubes la tierra, el arco iris le recordaría su pacto con nosotros.

El pacto apaciguador me sonó como una especie de disculpa. Con su diluvio había matado a muchos amigos y familiares míos. Personas impías, pero queridas. Desgarrado por una tristeza que me ahogaba, reuní coraje y me atreví a criticarlo por tamaña devastación. Dios se quedó en silencio. Yo cerré los ojos esperando que también me matara.

–Es cierto –me dijo por fin–, la matanza fue desmedida. En el futuro no recurriré a castigos tan indiscriminados, seré más preciso. Ya veo que confundiré las lenguas, y arrasaré a sangre y fuego ciudades pecaminosas. Pero para que los hombres entiendan –y en este momento alzó la voz y yo volví a cerrar los ojos temblando–, y no se desvíen del recto camino, cada tanto será preciso propinarles algún escarmiento.

Dicen que inventé el vino –en realidad, lo inventó Él–; quería algo que alegrara mi corazón; pero esto dio pie a un episodio desgraciado. Mi hijo Cam me encontró borracho y desnudo en mi tienda, y debe de haber cometido conmigo un acto abominable porque lo maldije junto con su hijo Canaán y condené a todos sus descendientes a ser siervos de mis hijos Sem y Jafet. Sin embargo, por más que me esfuerzo, no puedo recordar cuál fue su infamia.

La única explicación que se me ocurre para mi olvido proviene de mi última conversación con Dios.

Todavía triste y enojado por tanta mortandad –también envalentonado por haber sobrevivido a mi primer reproche– me animé a enfrentarlo por segunda vez.

–¿No querías desterrar el pecado? ¿El desorden sexual? ¿No se suponía que debíamos terminar con la fornicación? –lo increpé–. ¿Y el incesto? ¿Cómo vamos a repoblar el mundo con decencia si somos todos miembros de la misma familia?

Nuevamente cerré los ojos atemorizado; provocar la ira de Dios no es broma.

–Noé, lo que dices es cierto, pero es demasiado tarde, no tengo la solución para este problema –me respondió Dios con desconcertante humildad–. Harás lo siguiente: Plantarás una viña, harás vino, te embriagarás hasta desmayarte, sucederá lo que tenga que suceder y a la mañana siguiente te habrás olvidado de todo.

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