El hueso dorado
Imagen: REP

El cuento  por su  autor

Hace un par de meses recibí el correo de una editora invitándome a participar en una antología del cuento extraño. Lo extraño puede incluir futurismo, ciencia ficción, absurdo, fantástico, me decía ella en ese mensaje. También que estaban impulsando una nueva editorial con un grupo de amigos. Le dije que sí sin dudarlo, la dificultad sería escribir el cuento extraño porque, excepto uno que escribí a los catorce años, mis textos estaban bastante alejados de esos tópicos que me comentaba ella. Pasaban los meses y el texto no surgía. Aunque no había pasado al olvido, tampoco tenía la sensación de algo pendiente. Hasta que recibo otro correo: “Espero que este mail no llegue en plenas vacaciones o interrumpa algo, sólo quería preguntarte para cuándo tendrás listo el cuento extraño para la antología”. Estaba en problemas. Durante una semana me dediqué a leer cuentos extraños, cuentos con esa rareza propia de la vida cotidiana donde todo parece funcionar de acuerdo a ciertos criterios de previsibilidad hasta que algo irrumpe y rompe el orden de los días. Como ese bebé que nació en la India con cola de sirena en el mismo momento en que tenía que entregar el cuento. Cada vez que necesitaba conectarme al correo, el anuncio de novedades al pie de la pantalla me recordaba el nacimiento de esa criatura, y ese nacimiento, el deseo que durante años mi hija menor pedía cada noche: quiero transformarme en sirena, quiero transformarme en sirena, quiero transformarme en sirena. No sé si fue la curiosidad, el miedo, el fanatismo de mi hija, o las tres cosas juntas, lo que me llevó a leer la noticia. Todos los bebés que padecen sirenomelia mueren a las horas o días de haber nacido. Mueren sin que sus padres lleguen a saber qué nombre ponerle porque la ligazón de las extremidades inferiores a la altura de la pelvis impide ver los genitales. Las estadísticas indican que el 98% no alcanza la semana de vida. Solo una nena sobrevivió, tiene trece años y fue sometida a decenas de cirugías para reconstruirle las piernas. Se llama Milagros. Sus padres están convencidos de que la fe salvó a su hija. Me pregunté al leer la nota, sin saber que sobre eso escribiría, cómo transcurren los días desde que los médicos anuncian la enfermedad letal del bebé hasta su muerte. Así surgió “El hueso dorado”, que finalmente hace unos días pude entregarle a Leticia Martin y saldrá publicado en marzo por Qeja Ediciones.


 

Candela Cabrera

Del bebé muerto, ella no hablaba nunca. En cambio, Pablo hablaba de Santiago cuando Tamara no podía oírlo. No lo hacía en potencial ni trataba de imaginar la vida que habría llevado su hijo si no hubiese muerto a las dos horas de haber nacido. Hablaba de su cuerpo pequeño. De la piel fina como un papel. De los ojos  golpeados como los de un boxeador en decadencia y los labios en forma de voladito como los suyos. Hablaba de las piernas pegadas desde la pelvis hasta el ensayo fallido de pies que formaban una cola de sirena. Sobre todo, hablaba del hueso dorado.

Tamara quedó embarazada en enero. Tanto miedo tenía de ser estéril que, aun con un atraso de dos meses y medio, nunca supo que esperaba un hijo. Quizás por eso, contra todo pronóstico, los primeros meses no sufrió malestares, mareos o náuseas. Tampoco un cansancio mayor al habitual. Recién al cuarto mes su cuerpo le reveló que en sus entrañas habitaba otro ser. Eran golpes fuertes que irrumpían con violencia en el costado izquierdo, siempre a la hora que se ponía el sol. Fueron esos estacazos los que la llevaron a la guardia de la clínica. Sin necesidad de análisis de sangre ni ecografía, el médico sentenció: Mujer, usted está embarazadísima. Minutos después, con las órdenes para los estudios pertinentes, llamó a Pablo y le dijo que estaba en el policlínico, que perdón que se lo decía por teléfono pero que no podía aguantar, parece que estoy embarazada. 

Pablo suspendió los llamados a los últimos clientes y salió a las apuradas para la clínica. Tamara lo había agarrado por sorpresa con la noticia. La última vez que habían hablado del tema, ella le había dicho entre lágrimas que iba a empezar con los exámenes por su infertilidad. ¿Qué infertilidad?, le había dicho él, si recién empezamos a buscar. Pero ella estaba obstinada con ese tema. Tan obstinada estaba que desde hacía varias semanas asistía a un grupo de contención para mujeres estériles. Nadie sabía que todos los jueves a la salida del trabajo se dirigía a una casa en el barrio de Almagro para sumarse al grupo de mujeres que compartían su sufrimiento. Tamara no tenía idea qué era la híper estimulación ovárica controlada, ni cómo se realizaba la cirugía de trompas, mucho menos cómo se encaraba la fertilización in vitro, sin embargo, participaba en el grupo como si hubiera padecido si no todos, alguno de aquellos tratamientos con resultado negativo. Bastaba con mantener su mano en el vientre segura de que ahí adentro no cabía un hijo. 

Sentada en la sala del subsuelo esperando su turno para la ecografía, pensó en eso que le había dicho el ginecólogo de guardia, es natural, mamá, la criatura sabe. La criatura que crecía en su vientre sabía que al regresar del trabajo y tirarse un rato en la cama, ella podía prestarle atención. ¿O no?, le preguntó el médico. Tamara asintió sin saber por qué. Durante el día, con tantos usuarios reclamando por facturas mal emitidas, errores administrativos, maltratos del call center, ella estaba afuera de su cuerpo, entregada a resolver los problemas de la oficina. Podían perforarla por dentro, o por fuera, que daba lo mismo. Estaba inmunizada a los sobresaltos. El tema era al regresar a su casa. Parecía que el cuerpo del bebé deseaba salir del encierro, abrirse paso entre las capas de piel hasta alcanzar la superficie pero Tamara solo pensaba en su esterilidad. 

Pablo llegó pocos minutos antes de que la llamaran. Tenía una sonrisa que ocupaba toda su cara. Reían sus ojos, sus labios. Hasta la nariz y las orejas parecían festejar la noticia. Sin embargo, el gesto de Tamara traslucía desconfianza. No nos hagamos ilusiones, aunque no lo decía. Estaba inmóvil, con la orden para el estudio en la mano. Pablo no supo hasta dónde acercarse. Hubiera querido acariciarle la panza o abrazarla pero la quietud de ella lo paralizaba a él también. Se sentó a su lado mientras la sonrisa se deshacía en pequeños gestos: estiró las manos hacia adelante y las fregó contra los pantalones un par de veces, después se acomodó en el asiento de metal donde esperaban su turno los pacientes y sin decir ni una palabra clavó la vista en el panel que anunciaba el orden de llamadas. Pero el panel estaba fijo en un número desde hacía un par de horas. Nadie, excepto Pablo, miraba hacia ahí. De la sala de ecografías salió un médico no mucho mayor que él. Al decir su apellido, Tamara se levantó y se dirigió sin esperar que Pablo la siguiera. Él parecía sorprendido por la irrupción del médico en medio de la sala de espera. Como si su aparición hubiese alterado el orden natural del mundo. Pablo solo esperaba un número en aquel panel, el número que indicaba el ticket que Tamara tenía en sus manos pero esa voz que llamaba a su mujer le anunciaba la inminencia de algo irreversible. ¿Venís, papá?, invitó el ecografista a alguno de los hombres que estaban en la sala antes de desaparecer por el pasillo. Aunque no se hubiese dirigido puntualmente a él, era la primera vez que a Pablo le decían así. Porque él era el padre de ese bebé que verían en unos minutos en la ecografía. La idea le gustó. Sacó pecho y enfiló hacia la sala sin ver que Tamara abollaba el papel que en unos segundos le pediría el médico.

El especialista se inclinaba por el masculino. Eso había dicho. También que todavía no podía confirmarlo con seguridad pero que se hicieran a la idea del varoncito. Pablo hablaba de Santiago. Tamara de Luciana. Tengo un pálpito, decía ella, intuición de madre. Pocas semanas después, ya fue tarde. Cuando el sexo hubiera podido verse con claridad en la ecografía, las extremidades inferiores presentaban una ligazón irreversible. Ninguno dijo nada de las ínfimas probabilidades de vida. Mucho menos de la posibilidad de suspender el embarazo. Lo había sugerido el equipo de médicos del policlínico. La madre de Tamara también. Es legal y lo más conveniente, decían. A los médicos ella les respondió, lo vamos a considerar. Pero a la madre le juró que si volvía a decir algo semejante no volvería a verla.

A pesar del diagnóstico, Tamara siguió con los planes teniendo en consideración algunas cuestiones. Pintaron el cuarto de color aguamarina, un color que, con certeza, le gustaría tanto a Luciana como a Santiago. Compraron un moisés de madera laqueada en blanco con una cajonera alta haciendo juego que funcionaba también como cambiador. El acolchado era gris claro con unas rayas delgadas un tono más oscuro. Los almohadones y chichonera blancos con orejas. Parecían conejos de formas extrañas. Una de las paredes la vistieron con dos portarretratos de madera clara: en uno, ellos dos sentados sobre un puente, sus piernas colgaban hacia el vacío; en el otro, nada. Tamara había dicho, acá quiero la foto de Luciana, vamos a encargarle una al fotógrafo del policlínico. Ella quería ubicar una carpa india repleta de almohadones en una esquina del cuarto. Pablo a todo le decía que sí. Con lamparitas blancas y más almohadones de muchos colores, decía ella. Él le había sugerido unos días antes esperar un poco pero Tamara insistía. Imposible frenarla incluso cuando decidió cubrir todos los pisos de la casa con baldosas de cincuenta por cincuenta centímetros de gomaeva encastrable. No importaba que el bebé no pudiera caminar. Que nunca pudiera hacerlo. ¿Cuántos chicos hay en esas condiciones?, le había dicho a Pablo cuando se le ocurrió la idea. Lo importante es que sea cómodo para gatear, le aclaró Tamara.

Pablo sabía que el bebé estaba destinado a morir. No creía en los milagros. Mucho menos cuando los números confirmaban que solo uno de los veintisiete bebés que habían nacido en el mundo con este mal, había alcanzado la semana de vida. A veces se le daba por pensar que de ser creyente, tendría a qué aferrarse. Pero no creía. Y tampoco surgía la fe a medida que los meses pasaban y la panza de Tamara crecía y los coletazos golpeaban cada vez con más violencia. 

Sin embargo, avanzado el séptimo mes de embarazo, un bienestar se apoderó de él después de haber soñado con fuegos artificiales. Padre e hijo en encuentro fugaz. Lo dijo con voz firme mientras se miraba al espejo. Y lo repitió varias veces hasta que las carcajadas le impidieron seguir. Hacía unas semanas que Tamara se iba temprano a la oficina. Decía que no correspondía dejarle tareas pendientes a su reemplazante. Mucho menos después de haber tomado la decisión de pedir una excedencia cuando se cumpliera la licencia por maternidad. Pablo aprovechaba su ausencia para llorar. Lloraba todas las mañanas. A veces se quedaba en el cuarto del bebé, se recostaba sobre la alfombra que había colocado Tamara encima de la gomaeva mirando el móvil que colgaba del techo, tres rondas de mariposas que disminuían su tamaño a medida que se acercaban al centro. Siempre estáticas, a la espera de algún aire que las pusiera en movimiento. Pero esa mañana Pablo tenía ganas de reír. Santiago era la pólvora. El origen del fuego, la luz. Cenizas también. Había decidido cremarlo. A Tamara se lo diría cuando hiciera falta.

No pasó mucho tiempo desde aquel sueño hasta el nacimiento y muerte del bebé. Tamara quiso parto natural. Mami, estás loca, dijo la partera. No hubo caso, aunque se muriera desgarrada por la cola de pez nadie pudo contradecirla. Por suerte, era tan chiquito que la cola no medía mucho más de ancho que la cabeza de un bebé de cuatro kilos. A ella no la sorprendió que se prendiera a la teta con ferocidad. A los médicos sí. Después el bebé se descompensó por completo. Al tener los riñones y la vejiga atrofiados, era cuestión de esperar. Recién cuando el médico entró a la habitación con la noticia, Pablo le habló de la cremación. Hacé lo que quieras, dijo Tamara. 

Pablo fue solo al crematorio. Antes de que cerraran el ataúd, tomó a Santiago en sus brazos. Lo miró detenidamente como lo había hecho en la morgue del policlínico y lo besó. Después lo envolvió en la manta que había tejido Tamara y lo acomodó en el cajón. Unos minutos más tarde, Santiago se confundía con las llamas. ¿Cómo haría para no olvidar su rostro? Su cuerpo pequeño. La piel fina como un papel. Sus ojos golpeados como los de un boxeador en decadencia. Los labios en forma de voladito como los suyos.

Necesitaba andar, sentir el cambio de aire que trae la tarde cuando faltan pocos minutos para la puesta del sol. Salió del cementerio con la urna en la mano. Una caja de madera clara sin cruces ni estrellas de David ni corazones ni angelitos. Cruzó la avenida y se metió por una diagonal arbolada. A los pocos pasos, se encendieron las luces de la calle. Oscurecía cuando sintió que algo golpeaba contra las paredes de la caja. El golpe se repitió una y otra vez. Lo había sentido: la madera estirándose hasta alcanzar su mano y tomar su forma. Pablo la aferró con fuerza y desanduvo el camino hasta su casa con la caja pegada a su pecho. Al abrir la puerta, Tamara dormía en el comedor sobre el piso de goma eva. Se sentó a su lado y sin hacer ruido abrió la urna. Entre el gris ceniciento brillaba, intacto, un hueso dorado.

 

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