CHUBUT: Turismo rural en Península Valdés
Estancias junto al mar
Entre ovejas, caballos, pingüinos y lobos marinos, un circuito de fincas cercanas a Puerto Madryn resulta otro camino posible para alojarse, comer y conocer a fondo la fauna de la costa chubutense. Show de esquila y todo el gusto de un escenario auténticamente de película.
El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn.El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn.El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn.El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn.El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn.
El Pedral, lujo campestre en Península Valdés a 70 kilómetros de Puerto Madryn. 
Imagen: Gentileza El Pedral

A 2200 kilómetros de su provincia natal el “Chaco” se planta frente al público. “Chaco” es el apodo, y su impronta es la de un standapero de campo. Suelta un par de gags semipreparados, y deja la puerta abierta a todas las preguntas del público. Ese público somos nosotros, el lugar es el galpón de esquila de ovejas de la estancia San Guillermo, pocos kilómetros al sur de Puerto Madryn. El “Chaco” desgrana todo el proceso con gestos, anécdotas, historias y detalles: una síntesis de la esquila de las ovejas Merino de esta zona, que pone en marcha el recorrido estanciero por la Península Valdés. De las ovejas a los pingüinos y de la historia a la cocina patagónica. Un cuadrilátero de estancias australes en esta punta de tierra y fuera de ella, como coordenadas en el este chubutense.

Emanuel Pistara
El Tordo, un hermoso caballo de San Guillermo con pasado cinematográfico.

CABALLOS SALVAJES Todavía falta un rato para la escena del “Chaco” y su explicación paso a paso del proceso de esquila –que terminará en lo que llaman el “show de esquila”, la teoría puesta en acción con público presente– y Orlando Mendoza –así su nombre real, aunque no el más popular– nos recibe en las puertas de la estancia. San  Guillermo está a 17 kilómetros de Puerto Madryn y es un rancho bien típico de la Patagonia, que une la explotación lanar con el turismo rural. Esa segunda faceta está repleta de cosas: cabalgatas, mountain bike, caminatas interpretativas, avistaje de aves y travesías en 4x4 en estas 2700 hectáreas pegadas a las costas del Golfo Nuevo. 

Llegamos hasta acá en uno de los camuflados jeeps de Zonotrikia Adventure con Matías al volante, que sube y baja las mesetas de Cerro Avanzado y Punta Loma buscando buenas vistas de la costa del mar. Pasados los ascensos, descensos y paradas panorámicas nos recibe un trío de personajes: el “Chaco” al frente, Lupita –la chulenguita de un año que camina entre nosotros como una mascota– y el Tordo. El Tordo es un caballo hermoso y elegante, y su nombre deriva matemáticamente de Tordillo. Blanco, musculoso, aparece en varias películas que vienen a filmarse por acá. El “Chaco” arranca con sus explicaciones diciendo que el tordillo apareció en Caballos salvajes, rodada en 1995. De hecho, la memorable frase de Héctor Alterio subrayando todo lo que vale la pena estar vivo, con brazos al cielo y mar de fondo, fue filmada a pocos kilómetros de acá. En un lugar que, claro, es parada en el recorrido.

San Guillermo tiene su eje en las ovejas y en la esquila. Y ahí, las luces se posan sobre el “Chaco”: parado frente a las gradas con público que pagó para ver el show, hace la explicación histórica de la cosa. El pasado y el presente, de la piedra a las tijeras y a las máquinas electrónicas. “Es hermoso ver trabajar a las comparsas de esquila –dice–. Vos mirás al esquilador y a la oveja y pensás que están bailando una danza”, y abre los brazos con su cadencia litoraleña. Las comparsas son los grupos de 15 a 25 personas que empiezan y terminan todos juntos. A las  ovejas se las esquila totalmente sueltas; se las mete en un corral, y dependiendo de la posición en la que estén van cayendo los diferentes tipos de lana al piso semiabierto. Después, en una mesa se clasifican, con siglas, según la parte de la oveja y la calidad de la lana. 

“Chaco” termina haciendo preguntas a los visitantes: ¿las ovejas patean? ¿Hay ovejas fosforescentes? ¿Muerden? Las respuestas derivan en un debate entre risas y él responde una por una.  Chaco creció –cuenta– cazando carpinchos y yacarés en los ríos del litoral, “donde el frío es húmedo y penetra en los huesos, no como acá”. Hace una década y media se instaló en el frío seco de la Patagonia. Y resume el cambio de vida y de época: “Acá, en esta estancia, no se mata nada. Es que todo va avanzando”. Y compara: “Como la telefonía celular”.

Emanuel Pistara
Lana de oveja, símbolo de la actividad ganadera de estancias como San Guillermo.

LUJOS ESTANCIEROS El camino hacia el sur se estira hacia Punta Ninfas. Una segunda parada antes de entrar a la reserva de Península Valdés es El Pedral, a 70 kilómetros de ripio desde Puerto Madryn y a unos diez del faro que es un sello de esa punta. El Pedral es un mix entre reserva natural, estancia y hotel de campo, con su propia agenda de actividades en un lugar bellísimo. El hotel es una construcción que data de 1923, formada por tres edificios: una casa principal –donde ahora sirven el desayuno y los almuerzos para los visitantes– y dos alas con habitaciones. Galerías, escaleras de madera y un estilo rural unidos con una piscina y lo luminoso de las construcciones modernas. Todo fue traído de Europa en barco a comienzos de siglo, y la casona es una cápsula de aquellos tiempos. Cuentan en la estancia que para recuperar el espíritu de los pioneros en esta región ventosa, como novedad, desde enero de 2018 se puede llegar hasta acá por mar desde Puerto Madryn. Una experiencia de viaje completo, en tiempo y espacio.

Desde esta estancia se organizan también salidas a avistar la fauna de la zona –pingüinos, orcas– y a solo unos 15 minutos se puede llegar hasta el faro de Punta Ninfas. A lo alto del acantilado bien al sur, es una referencia para la navegación pero también el primer testigo, cada año, de la llegada de las ballenas alrededor del mes de mayo. Una vista increíble. Grandes excusas para gastar un poco de energía para después volver y cargarse un almuerzo patagónico. El Pedral tiene a Humberto –el “asador en jefe”– que se pone al hombro la tarea de dorar el cordero, enmarcado por unas empanadas y vino tinto. 

Ya península adentro, Rincón Chico es un lodge exclusivo ubicado en el extremo sur. Se trata de la quinta generación de dos de las primeras familias en la región –los Olazábal y los Endara, aquí hace más de un siglo– que desde 2001 abrieron las puertas al público. Una gran parte de lo que se recauda acá va la fundación que investiga la vida salvaje de la zona. El caserón de estilo inglés está rodeado de galerías y un deck en el frente. Poco más allá, una de las primeras construcciones de la familia, traída íntegramente de Inglaterra en 1897. Son ocho habitaciones súper exclusivas (fue el lugar donde se alojaron los reyes de Holanda hace pocos meses) desde donde también se pueden hacer todas las excursiones. La caminata hasta la cabaña que forma parte de la propiedad, pegada a la costa, es una vidriera idea para ver lobos marinos, orcas y ballenas desde el living. Quizá, la forma más cercana y cálida de poder abrazar un paisaje ciertamente inabarcable.

Gentileza Rincón Chico
Rincón Chico, un lodge a cargo de la quinta generación de dos familias pioneras de la región.

PINGüINERA NORTE Micaela se agacha hasta el suelo seco y toma algo con las manos. Lo levanta, y lo que muestra enciende un viaje de millones de años. Tiene en su mano una ostra gigante fosilizada. Al azar entre todos los restos que pueblan el suelo toma otra parte cóncava, y une las dos formando una sola pieza enorme. Micaela es una de las guías y guardaparques de la estancia San Lorenzo, en el extremo norte de la península; uno de los platos fuertes. Esta caminata paleontológica es la que terminará con la visita a una enorme pingüinera, que se vio mágicamente favorecida por el crecimiento de su colonia con muchísimos ejemplares de pingüinos de Magallanes que eligieron esta costa para reproducirse. Llegamos hasta acá como parte de un recorrido de día completo, que en nuestro caso terminará bajando hasta Puerto Pirámides, algo que es una gran opción, ya que San Lorenzo no tiene alojamiento. 

Después de la primera parte de la caminata –que en su totalidad será de una hora y media– la guardaparques y “Berni”, el otro guía, repasan los pasos a seguir para el ingreso a la pingüinera. Vamos a entrar por un camino que se abrió al público hace muy poco, por lo que nos dicen que las aves no están acostumbradas a ver hombres por acá. Hablar bajo, caminar con cuidado, no sacar fotos sin detenerse: es decir, moverse lento, y pensar cada paso. El sendero nos va guiando entre rocas blancas y los pingüinos están definitivamente en la suya. Algunos nos miran, intentando enfocar la vista, y la mayoría, ni eso. Caminan por el costado solos, de a pares, y muchos se asoman desde dentro de sus nidos. Estamos en plena época de nacimientos –por fortuna– así que los nidos devuelven la imagen de huevos por abrirse, y pequeños pichones de algunas horas de nacidos.

Como sucedió con El Pedral, las caminatas tienen su gran final en la mesa. Este enorme galpón acondicionado de San Lorenzo se abre para todos los visitantes, sueltos, contingentes, argentinos, extranjeros. Las tablas se llenan de cordero –de qué, si no– y todos van sobre ellas. Sabores en una tarde de sol, en  la que queda mucho por hacer.

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