Pablo Borboroglú, una vida dedicada a la conservación de las aves acuáticas

El abogado de los pingüinos

En el mundo, más del 60 por ciento de esta especie se encuentra en peligro de extinción. Derrames de petróleo, el mal manejo de pesquerías comerciales y el cambio climático constituyen las principales amenazas. Las estrategias destinadas a revertir la situación.
El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo. El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo. El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo. El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo. El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo.
El biólogo Pablo Borboroglú entre los pingüinos de Punta Tombo.  

Los pingüinos han evolucionado durante los últimos 60 millones de años y comparten un ancestro común con los petreles. Sin embargo, a diferencia de ellos, han resignado su capacidad de volar en el aire para “volar en el agua”. Dueños de un sistema hidrodinámico de última generación, barren extensas superficies oceánicas gracias a una singular fisiología que les permite alcanzar grandes velocidades y superar interminables apneas. Auténticos torpedos, algunos alcanzan a nadar 170 km diarios y 16 mil km al año. En la actualidad, 18 especies conforman un mosaico variopinto que se distribuye en el Hemisferio Sur. Pese a lo que, a priori, indicaría el sentido común (y las películas hollywodenses) no solo habitan en áreas cubiertas de hielo. Además de la Antártida, construyen colonias en localizaciones dispares como Sudáfrica, Namibia, Australia, Nueva Zelanda, Argentina, Chile, Perú y Ecuador.
El pingüino, desafortunadamente, forma parte de la lista roja de las especies confeccionada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Más de la mitad de sus ejemplares está en peligro de extinción y se requiere del trabajo de científicos y conservacionistas con el objetivo de impulsar mejores condiciones de supervivencia. Pablo Borboroglú reúne las dos profesiones en una misma persona: es doctor en Biología recibido en la Universidad Nacional del Comahue, investigador de Conicet (con sede en el Centro Nacional Patagónico) y, en simultáneo, preside la Global Penguin Society, una asociación de expertos internacionales que procura fomentar la protección y la educación de la naturaleza en todo el mundo. En esta entrevista, narra las amenazas que afectan a las aves acuáticas más famosas, al tiempo que opina sobre el diseño de estrategias destinadas a revertir la situación.   
–Usted es biólogo y desde 1989 estudia a los pingüinos. Sin embargo, previamente cursó Derecho y quería ser embajador…
–Exacto, estudié idiomas en el colegio porque mi intención era realizar una carrera diplomática. Comencé a cursar Derecho en Mar del Plata, mi ciudad natal. Sin embargo, tras dos o tres años, viajé a Puerto Madryn a pasar el verano. Mi familia tenía una agencia de viajes, me encargaba de las reservas y hacía de guía turístico. Como aquí la naturaleza es tan bella atrae el turismo y mi interés, indefectiblemente, debió centrarse en los animales y el medioambiente.
–¿Y por qué los pingüinos?
–Me preocupaban las causas y el modo en que morían. Tanto que participaba de un centro de rehabilitación en Trelew. Sentía ganas de transmitir un mensaje de conservación a partir del conocimiento.
–Imagino que sus conocimientos en Derecho se conectan casi de modo directo con su postura conservacionista y su defensa de la naturaleza.
–Por supuesto, me sirvió un montón, sobre todo por esa posibilidad de pensar los problemas como si fueran casos puntuales. Las herramientas que brinda el Derecho son fundamentales para pensar este tipo de conflictos vinculados a la naturaleza y sus recursos. Además, por aquellos años conocí Punta Tombo y la verdad que resultó una experiencia hermosa. Estar con medio millón de pingüinos alrededor es algo inexplicable, se respira otro aire.
–De modo que en 1988 llegó a Puerto Madryn y tres años más tarde decidió anotarse en la Licenciatura en Biología.
–Sí, claro. Es que la experiencia en el campo me llevó a querer ampliar mis conocimientos. En ese lapso, ya tenía contacto con biólogos profesionales y necesitaba profundizar todo lo que ya sabía. Siempre me apasionó el tema de la conservación y la gestión de recursos naturales para asegurar su integridad. Desde aquí, existen diferentes tratamientos para las diversas especies. Por ejemplo, si uno se enfrenta a una población en declinación lo que se busca es revertir el presente para poder garantizar su futuro. La supervivencia está muy atada a la protección de los ambientes. En general, se producen malos entendidos conceptuales.
–¿Por ejemplo?
–Es muy común que las personas asocien el término “áreas protegidas” con un sitio al que no se puede acceder. Y esta noción, en rigor de verdad, se vincula con un lugar cuyos espacios están ordenados de manera tal que los seres humanos y los animales logren coexistir en armonía. Se trata de proteger las estructuras para que cada actor cumpla su función.
–En este escenario, ¿de qué manera las acciones que realizan los seres humanos perjudican a los pingüinos? He leído que, a nivel mundial, más de la mitad de los ejemplares se encuentra en amenaza.
–Los pingüinos se ubican en la lista roja de especies, confeccionada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Como otras aves marinas, enfrentan amenazas tanto en el agua como en tierra. En el mar, son muy sensibles a los cambios climáticos, al mal manejo de las pesquerías comerciales y a la polución marina. Como viven en colonias se encuentran muy expuestos a derrames de petróleo.
–¿Y en tierra?
–En tierra, las especies se encuentran amenazadas por los predadores. Y por otra parte, el gran problema del cambio climático y nuestra necesidad puntual como conservacionistas de solucionarlo en el corto plazo. Mientras el mundo se preocupa por soluciones más estructurales, buscamos salidas inmediatas que nos permitan obtener un respiro. 
–¿A qué tipo de salidas se refiere?
–Estimulamos la resiliencia de las especies, es decir, su capacidad de resistir a otras amenazas. Me refiero a incentivar un mejor comportamiento de los seres humanos. Somos muy poco eficientes en el manejo de los recursos, sobre todo, en ámbitos donde no hay control como puede ser el medio acuático. Además, hay algo que no se tiene en cuenta: el cuidado de las especies, en contraposición a lo que se podría pensar, redunda en un beneficio muy importante para la economía de la región. En el sur, existen miles y miles de familias que dependen de modo directo o indirecto del ecoturismo. El pingüino y la ballena constituyen las más grandes atracciones faunísticas de Argentina. De modo que las políticas de conservación se encuentran directamente vinculadas con las dinámicas productivas y la generación de divisas.
–Comprendo. En la organización que dirige se estimulan los buenos comportamientos humanos respecto a estas especies. Cuénteme al respecto.
–Sí, claro. Siempre necesité que mis prácticas científicas cumplieran con una función social, es decir, que los conocimientos pudieran ser aprovechados por alguien más. Hace ocho años fundé la Global Penguin Society, una organización internacional que protege las especies y promueve el manejo adecuado y la educación en la naturaleza. Contamos con proyectos científicos propios, así como también subsidiamos planes externos. Además, fomentamos la conservación de áreas protegidas en mar y en tierra, y contamos con un programa educativo por intermedio del cual llevamos a los más pequeños de escuelas circundantes a conocer los pingüinos por primera vez.
–Además, en 2015 editó un libro que tuvo mucho éxito.
–Correcto, el año pasado publicamos Pingüinos. Historia natural y conservación que ganó el premio al Mejor Libro Editado en Argentina 2015. Allí se encuentra toda la información accesible y compilada en un lenguaje amigable. Escriben plumas muy importantes del campo, verdaderos expertos de todo el mundo (49 colegas de 12 países). Fue tan buena su repercusión que logró una traducción al inglés y, próximamente, estará disponible en japonés. 
–Por último, por intermedio de su organización, asesora a Disney. Últimamente, los pingüinos se han convertido en estrellas mediáticas, en especial, concentran al público más pequeño a través de películas como Happy Feet y videojuegos como Club Penguin. ¿Cómo se produjo ese contacto?
–Cuando creamos Global Penguin Society, advertí que los que más googleaban la palabra “Penguin” eran niños, por el juego denominado “Club Penguin”. De modo que inspeccioné el software y me di cuenta de que no existía ninguna referencia puntual de los pingüinos. Es decir, no se hacía hincapié sobre su biología, sus medioambientes, ni siquiera sobre sus características específicas. Así, me comuniqué con los responsables del desarrollo y les comenté la situación. Desde aquel momento, le ofrecimos asesoramiento en contenidos con el objetivo de que Disney enriqueciera la experiencia educativa del juego. Nosotros colaboramos en ese sentido y ellos, como contraparte, apoyan nuestras actividades vinculadas, también, a los procesos de enseñanza-aprendizaje que realizamos para conocer nuestra Patagonia. 

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