A los 8 años, fue suspendido en la escuela por masturbarse debajo del pupitre; a los 26, pese a que había asumido su deseo homosexual, se casó con su prima en un matrimonio casto; en la madurez, entabló una relación con el joven director de cine Marc Allégret mientras censuraba el colonialismo francés en África; pasados los 50, por pedido de Elizabeth Van Rysselberghe, se convirtió en padre de una niña, y en la vejez, cuando ya había sido consagrado con el Nobel de Literatura 1947, reveló que si hubiera contado con “buena pluma, buena tinta y buen papel”, hubiera escrito por fin una obra maestra. Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de André Gide, el más francés de los escritores franceses del siglo XX, prototipo del intelectual comprometido para dos de sus admiradores más celebres: Albert Camus y Jean-Paul Sartre. En gran medida, todo lo que sabemos de Gide proviene de sus libros: autobiografías disfrazadas de novelas (como Si la semilla no muere), ensayos sobre la homosexualidad bajo la forma de diálogos platónicos, crónicas de viaje, denuncias de las condiciones de vida en la URSS y su diario, quizás la obra maestra que siempre quiso escribir.

Héroe de una nueva moral

A diferencia de otros en su época, Gide tenía una idea moderna de la homosexualidad: la consideraba apenas una especie más de las formas de amar. Para él no era una enfermedad ni una desviación, ni un tercer sexo, mucho menos un delito. “Es mejor ser odiado por lo que eres que ser amado por lo que no eres”, sentenció. Defenestrados como propaganda homosexual, sus escritos provocaron rechazo en la sociedad francesa y el alejamiento de varios amigos. Jorge Luis Borges, en cambio, vio en él a un héroe del libre albedrío. “Creyó que el hombre puede dirigir su conducta y consagró su vida al examen y la renovación de la ética, no menos que el ejercicio y el goce de la literatura”, se lee en el prólogo de Los monederos falsos.

Para Walter Romero, profesor en la cátedra de Literatura Francesa de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Gide fue un homosexual moralista. “En contra de las convenciones, la obra disidente y pionera de Gide ha sido crucial al mostrar en ficciones que enmascaran muy personales cavilaciones, y en ese evangelio del yo que constituye su Diario, las dudas y las contradicciones que lo aquejaron –dice-. Su figura se engrandece desde nuestra contemporaneidad en las insospechadas defensas que encaró tanto en favor de los derechos homosexuales como de una aún menos advertida emancipación femenina”. Educado en el seno de una familia religiosa, “Gide se entregó a un soterrado y nada imprevisto deseo en derivas sexuales con jovencitos africanos, para luego, y en coincidencia con la muerte de su madre, casarse con su prima Madeleine Rondeaux”.

En Marruecos, el joven Gide se conmueve al encontrarse con un Oscar Wilde hundido por proceso judicial que lo había llevado a la cárcel, y al mismo tiempo se enamora de Allégret, de 17 años. “Gide supera la concepción del vicio uranista o contra natura al argumentar que la homosexualidad es un instinto que existió desde siempre –agrega Romero-. Defensor de las dimensiones espirituales y helénicas de la pederastia (en un polémico límite con la pedofilia) y del amor viril, en Corydon sentó las bases de una apología de la tolerancia social y la diversidad de la sexualidad humana; así como, en La escuela de las mujeres y Genoveva, imaginó una íntima revuelta femenina contra los patriarcados y la hipocresía burguesa en torno al rol de la mujer”. Un año después de su muerte, en 1951, la Iglesia católica incluyó las obras de Gide en el Índice de libros prohibidos.

El goce de la lengua literaria

Magdalena Cámpora es investigadora del Conicet y profesora de Literatura Francesa en la UCA y la Usal. “Hacia 1920, Gide encarna en plenitud el ideal de una prosa clásica –dice Cámpora a SOY-. La prosa de Gide resplandece antes de esa conmoción llamada Louis-Ferdinand Céline, en un tiempo en que la lengua del escritor aún funciona como norma gramatical para el uso del francés”. En su diario, Gide escribió: “Esa lengua yo la quise aún más pobre, más estricta, más pura, pues estimaba que la única razón de ser del ornato era esconder algún defecto; sólo un pensamiento insuficientemente bello puede temerle a la perfecta desnudez”. Al fin y al cabo, esa estética era su ética.

 

“Podría incluso decirse que fue el último escritor en gozar con felicidad de la autoridad que otorga la fe colectiva en la lengua literaria –aventura Cámpora-. Gide promueve en su escritura un ideal de transparencia y apertura, pero también la perspectiva fragmentaria que todo lo entrecorta, la frase breve y seca, la sustantivación continua, la súbita cadencia lírica, la autorreflexividad, en una prosa que la crítica define como vivero y laboratorio de la lengua literaria francesa en el siglo XX”. Ese legado, hoy un poco olvidado, espera despertar un nuevo ardor.