PLASTICA › DIANA CHORNE: NUEVAS “ARTES DEL JUEGO”

En torno de transformaciones

Por F. L.

Con una producción que a esta altura resulta desbordante, Diana Chorne presenta una nueva muestra, Artes del juego 2005, en el Centro Cultural Recoleta. Esta es su tercera exposición de grandes proporciones en menos de dos años, tomando en cuenta que la inmediatamente anterior –Artes del juego II, en el Museo Sívori– fue hace seis meses y con parte de la misma obra. El desborde productivo y la posibilidad de exhibirlo tienen que ver con el hallazgo de un filón personal y una dedicación obsesiva a su obra.
Si por una parte sus piezas –cuadros, objetos, casas, barcos– revelan citas y genealogías, por la otra exhiben retazos de un mundo íntimo y familiar. Desde ese mundo Chorne se embarca hacia una familia ampliada, la del mundo del arte, la literatura, la cultura urbana, la ciudad de Buenos Aires, que conforman su historia personal e intelectual.
En la secuencia de estas tres exposiciones tan cercanas entre sí, la autora revela una libertad cada vez mayor, en la que no sólo los maestros y los modelos artísticos pesan cada vez menos, sino que su evocación resulta al mismo tiempo evidente y humorística –allí hay que buscar uno de los lazos entre arte y juego–.
Chorne recurre a la cantera de la memoria y de su entorno más inmediato para buscar la materia prima de sus trabajos. Objetos cotidianos de todo tipo, con los cuales construye sus piezas, afirman el contexto –no importa si pasado o presente– y al mismo tiempo lo transforman en algo nuevo.
Como decía quien firma estas líneas en el caso de la exposición anterior: esa cantera tiene para cada objeto una función y un sentido latente y diferente de los que tenían un tiempo antes. Esos sentidos se hacen manifiestos cuando la artista les encuentra un nuevo lugar en ese objeto que nace. Hay un procedimiento en el que se suceden los pasos: acumulación, suma, adaptación, yuxtaposición, transformación, reciclado. Los elementos a reciclar constituyen una suerte de museo disponible (precario y en constante transformación) para las ideas plásticas y luego se refugian en objetos que se destacan por su verticalidad y colorido.
El procedimiento no sólo consiste en encontrar nuevos sentidos a materiales preexistentes, hallados o atesorados a lo largo del tiempo, sino también –en parte– en darle una función a una porción de realidad que la había perdido.
Las barcas de Diana Chorne –según escribe Adolfo Nigro en un texto dibujado que dedica a la muestra– “navegan ascensionales y en un mismo acto vinculan lo disperso y lo inacabado, lo cercano y lo lejano en la frontera del exilio”. (En el CCR, Junín 1930, hasta el 7 de agosto.)

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Uno de los barcos de Chorne.
 

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