EL MUNDO

Un descenso a los infiernos de Oruro

Fue la zona que hizo la riqueza de Bolivia, pero ahora sobrevive de mala manera. Es lo que queda de la minería boliviana.

 Por E. F.
Desde Oruro

Hugo Uriarte Jemio canta casi sin que se lo pidan. Cuando el último silbido del tren se pierde entre los estruendos del tránsito, Uriarte Jemio aprieta los puños y entona una canción que le “gusta mucho” porque cuenta la forma en que los mineros bolivianos se han ido muriendo con el correr de los años: “Minerito boliviano que trabajas noche y día, con el polvo de la mina se han de acabar tus pulmones”. La muerte, acá, es un aire viciado, 400 metros de profundidad sin oxígeno. Uriarte, Berta Yucra, Francisco Cano, Quintín Martínez Villegas y tantos otros hombres y mujeres de la mina San José, en Oruro, saben lo que es dejar el aliento por un puñado de dólares. Son los sobrevivientes de una empresa que hizo la riqueza de Bolivia y que ahora miran a Evo Morales como si él pudiera resucitar los años de oro.
Cuando en 1985 se firmó el decreto del cierre de las minas del Estado administradas por Comibol, el mundo minero de la gran empresa desapareció. Con el también se esfumaron las condiciones de relativa seguridad en que trabajaban los mineros. De los 35.000 mineros que empleaba Comibol, hoy quedan apenas 400. Otros 8000 trabajan en empresas privadas y el resto, unos 60.000 mineros, son cooperativistas. Sin patrón ni jefe. Su única medida son los kilos de metal que extraen de la mina y que les permiten vivir en condiciones de extrema pobreza. A los cooperativistas los llaman “los Sin Tierra de la minería”. A finales de los ’80, algunos decidieron irse, otros continuar con la tradición. La ciudad de El Alto se forjó con muchos de los mineros despedidos en el ’85. Los que se quedaron decidieron ocupar las minas por la fuerza y enfrentarse con el ejército. Así se ganaron el derecho de explotar las minas. “Después de seis años hemos obtenido la mina, nos la cedieron. Se las querían dar a otras empresas internacionales. Pero finalmente, en el 2001, a la fuerza, tomamos la mina. Intervino el ejército, hubo balas y esas cosas. Pero nosotros estamos acostumbrados a la dinamita, a las explosiones. Y así ganamos.”
Los mineros de San José bajan cada día a más de 400 metros bajo tierra a escarbar con las uñas. Nueve horas bajo tierra, sin oxígeno, por 300 dólares al mes, cuando las vetas son buenas. La mina de San José parece un museo. La inmensa máquina que servía para dar oxígeno a los mineros está fuera de uso, oxidada. Entonces bajan a pulmón, a morirse de a poco, sacar sacos de 50 kilos. Cuando Comibol administraba, el oxígeno prolongaba la vida. Pero el sistema cooperativista no alcanza para hacer funcionar el dispositivo. “No hay plata para hacerla funcionar –dice Uriarte Jemio–. Tampoco se come. Aguantamos con coca y cigarro. Eso quita el hambre.”
Berta Yucra tiene nueve hijos y le faltan casi todos los dientes. “Vivimos en pensiones mineras, un solo cuartito donde comemos, dormimos”, dice con una sonrisa optimista. La mujer reivindica la legitimidad de su trabajo, la igualdad con los hombres. “Tenemos el orgullo de ser mineras. El trabajo no denigra a nadie. Lo que ganamos es fruto de nuestro trabajo, fecundo y diario. Yo no tengo otra elección. Si trabajas comes, si no trabajas no comes.” El ciclo de las minas cooperativistas es repetitivo, mortal. Los hombres trabajan hasta los 40 años, se enferman, sus mujeres toman el relevo, se enferman, los hijos siguen la huella. Evo Morales es una luz en el túnel del tiempo, la miseria, el agua hasta la cintura y el oxígeno de una máquina que ha perdido su juventud. “El compañero Evo dijo que iba a nacionalizar los hidrocarburos. Nosotros estamos con él por eso, para que al suelo boliviano no le pase lo mismo que a las minas, para que la cultura que hizo la riqueza de este país no muera.”
Abajo no hay nada que dé la vida: roca, polvo, agua, arsénico y oscuridad. Los mineros pagan con sus pulmones y le pagan a su deidad para que los proteja. En el fondo de la mina celebran sus costumbres, invocan a la providencia, que los guía y les abre las vetas. “Hacemos nuestros ritos ancestrales, la mina es una cultura. Hacemos nuestra ofrenda a los ríos, a los achachilas, a las montañas, a nuestras realidades supremas. Lo hacemos con solemnidad y fe. Sacrificamos dos llamas adentro de la mina, según las posibilidades, para que no ocurra ningún accidente. Comemos la carne cruda, sin sal. Cuando matamos una llama, enterramos el corazón y con la sangre lo empezamos a regar, el Tío nos protege a nosotros. Es un pago que nosotros le damos para que él nos proteja con el mineral. Es lo que le gusta a nuestro Tío, al supremo de las minas, el dueño de todos los tesoros que esconden las minas: el Tío es el Diablo. El Diablo es una deidad. En el mundo hay lo bueno y lo malo. Creemos más bien que el Tío es lo bueno para nosotros. Es él quien nos muestra las buenas vetas, quien nos guía. Yo siempre le digo: ‘Tío por favor, haz aparecer el mineral para mis compañeros’.”
Uriarte Jemio tiene más de 50 años y goza de buena salud. Se ha salvado de muchas explosiones y enfermedades. La vida le salió al camino con una burla que no esperaba. La cuenta con lucidez, sin resentimiento. Cuando salen a manifestar, a veces están sus hijos al frente reprimiendo las protestas. Ellos son oficiales de policía, dice. Uno es capitán, el otro teniente. “Su trabajo hace que nos repriman y el nuestro es hacer la protesta. Esa es a veces la fatalidad del destino, entre mineros y policías.”

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Mineros bolivianos celebran el triunfo del cocalero Evo Morales.
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