EL MUNDO › OPINION

El juego de la calle y el palacio

 Por Darío Pignotti

Al 6 de julio de 1988 se lo recuerda como el día de la mayor “mexicaneada” electoral de la historia. En las primeras horas de la noche de aquel domingo los cómputos indicaban una clara ventaja del opositor Cuauhtémoc Cárdenas. Fue cuando el secretario de gobernación comunicó a la prensa: “Se calló el sistema”, frase que desde entonces hace parte de la picaresca nacional. Un día más tarde las computadoras volvieron a funcionar, pero para entonces Cárdenas había caído al 30 por ciento del voto, contra el 50 por ciento del vencedor, Carlos Salinas de Gortari, del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Las del domingo pasado no quedarán como las elecciones más cuestionadas, pero la palabra “inconsistente” ya tiene un lugar en la antología de curiosidades. Por “inconsistentes” no fueron computadas actas conteniendo más de 2,5 millones de votos: un número expresivo si se repara en que sufragaron menos de 42 millones. La decisión del Instituto Federal Electoral (IFE) obedeció, según su propia explicación, a que las citadas planillas eran “ilegibles”, por lo que fueron guardadas en un archivo paralelo.

Advertido de la “desaparición” de tamaña cantidad de papeletas, el centroizquierdista Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), exigió su reaparición. Lo hizo luego de haber convocado a varios miles de manifestantes en la plaza central de México, el Zócalo, el domingo por la noche, para decirles que no admitiría que le “escamotearan” la victoria. De ser necesario, agregó, se defenderá el voto “en las calles”. La convocatoria fue de inmediato cuestionada por la cadena local Televisa, que a través de un reportero exigió explicaciones al candidato, y por el Washington Post. A la lista de objetores contra la movilización también se sumaron la Iglesia y las principales cámaras empresariales, todas devotas de la “reconciliación” y la “tranquilidad”.

Obrador sabía que el resultado de las elecciones más disputadas del México moderno se resolverían a dos bandas: en el palacio y en la calle.

En la Avenida Balderas, junto a la estación de subterráneos del mismo nombre, un vendedor de reproducciones de cuadros de Frida Kahlo le dijo a este reportero el lunes, cuando la televisión hablaba de la tendencia vencedora a favor del conservador Felipe Calderón Hinojosa, del PAN (Partido Acción Nacional): “Nos están queriendo chingar (embromar, robar) otra vez, como en el ’88”. En el puesto también están a la venta la foto de Emiliano Zapata y Pancho Villa comiendo con las manos en el Palacio de los Azulejos y aquella de Marilyn Monroe con su falda al viento. El ambulante Carlos Alberto –prefirió no darnos su apellido– habla cortado, pero es elocuente: “Creo yo que si no le dan la presidencia al ‘peje’ (sobrenombre de Obrador) hay que chingarles la madre ( romperle los huesos) a esos del instituto electoral (IFE)”.

Obrador se mueve a sus anchas en aguas turbulentas. El año pasado convocó a un millón de manifestantes para frenar una maniobra legal que buscaba dejarlo afuera de las elecciones. En 1994, después de otro fraude antológico que lo había dejado sin la gobernación del Estado de Tabasco, Obrador encabezó un “éxodo” de manifestantes hasta el Distrito Federal, movilización que terminó catapultándolo como figura política nacional. En la empatía de Obrador con las masas sus acólitos ven la huella de su religión, el protestantismo. Sus detractores, entre ellos el escritor Enrique Krauze, por el contrario, le reprochan su “mesianismo”.

Lo cierto es que ahora Obrador no se prestó a las negociaciones palaciegas, tan al gusto de la vieja dirigencia mexicana, o por lo menos no se limitó a ellas y jugó su carta llevando a la opinión pública sus sospechas sobre el IFE, logrando así que reaparezcan las actas desaparecidas y lo que es más insólito: que se volvieran súbitamente “legibles”. Curiosamente, el grueso de éstas dieron una clara victoria de Obrador sobre Calderón en los cómputos oficiales preliminares. Con lo cual el martes la diferencia a favor del postulante del PAN, que era de alrededor del 1 por ciento, el lunes cayó al 0,6 por ciento. Y ayer, los cómputos definitivos, en cada una de las 300 circunscripciones, mostraban una inversión de la tendencia, colocando al candidato del PRD por encima de su adversario, y con más del 80 por ciento del total contabilizado. Números que aún hablan de un resultado imprevisible.

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