EL MUNDO › UNA VIDA DE LUCHA POR LA PAZ Y EN CONTRA DE LA CORRUPCIóN NARCO

Política y rehén ejemplar

Llegó a la política desde el Partido Liberal y se enfrentó a Samper y Uribe. Su estatura creció en cautiverio y fue propuesta para el Nobel de la Paz y el Príncipe de Asturias. “Yo tengo enemigos muy fuertes”, había avisado.

En seis años de cautiverio, Ingrid Betancourt se transformó en un símbolo internacional de la lucha por la libertad. Diversos gobiernos tomaron su causa y colaboraron en campañas para lograr la liberación de una mujer que desde el Parlamento supo combatir con firmeza la corrupción y la narcopolítica, que no se rindió a las amenazas y que siempre abogó por una salida pacífica al conflicto colombiano.

Ingrid nació en diciembre de 1961, en el seno de una familia con tradición política. Su padre, Gabriel Betancourt, fue ministro de Educación y consultor de la Unesco durante varios años. Su madre, Yolanda Pulecio, fue congresista y embajadora en Guatemala. Al terminar la secundaria, Ingrid dejó su Bogotá natal y se marchó a Francia, donde estudió ciencias políticas y se especializó en comercio exterior y relaciones internacionales. Vivió varios años en París, donde conoció a su primer marido, el diplomático francés Fabrice Delloye, con quien se casó en 1981 y se separó en 1990. De este matrimonio tuvo dos hijos, Melanie y Lorenzo. Luego volvió a casarse con el publicista colombiano Juan Carlos Lecompte.

En 1990 volvió a Colombia y cuatro años después empezó su carrera política en las filas del Partido Liberal. Con su lenguaje directo, sus continuas denuncias de corrupción y su forma simbólica de hacer política, su aparición en la arena pública llegó como un aire de renovación. Su campaña a congresista, en 1994, estuvo marcada por propuestas originales, como la de repartir preservativos en las calles de Bogotá “para frenar el sida de la corrupción”.

A pesar de formar parte del mismo partido, Betancourt fue una férrea opositora del presidente Ernesto Samper. Apenas llegó al Congreso lo acusó de haber recibido seis millones de dólares del Cartel de Cali para financiar su campaña presidencial. El pedido de juicio político fracasó en 1996 y Betancourt protestó con una huelga de hambre de dos semanas, dentro del Congreso. Su tenacidad en la denuncia de los vínculos entre el narcotráfico y la clase política le valió varias amenazas de muerte y un atentado, del que salió ilesa. La situación la obligó a mandar a sus hijos al exterior, tras lo que redobló la embestida. Pidió al partido que expulsara a Samper y repudió a sus correligionarios. “Yo tengo enemigos muy fuertes que están sentados conmigo en el Congreso y que no tienen ningún inconveniente en pagar sicarios”, dijo entonces al canal Univisión.

En 1998 decidió abandonar el Partido Liberal y se lanzó por la senaduría con el movimiento Oxígeno Verde. Con más de 150 mil sufragios, fue la candidata más votada. Tres años después, en marzo de 2001, publicó La rabia del corazón, un libro en que calificaba al Senado como un “nido de ratas”. En mayo de ese año renunció a su banca y se lanzó a la carrera por la presidencia, por el movimiento Nueva Colombia. Los modos de su campaña volvieron a mostrar su originalidad: anunció su programa montada en un Chivo y repartió píldoras de Viagra por las calles de Bogotá, “para parar a los corruptos” y “para que los colombianos no sigan insatisfechos”.

En su última campaña había vinculado a su rival Alvaro Uribe con grupos paramilitares. “Yo diría que Alvaro Uribe tolera los asesinatos en Colombia como un método de enfrentar la guerrilla”, dijo, según publicó el periodista colombiano Jorge Ramos Avalos. El 23 de febrero de 2002 fue secuestrada junto con su candidata a vicepresidenta, Clara Rojas, cuando iban a San Vicente del Caguán para dar un discurso.

El de ayer fue el último de una serie de intentos de rescate que comenzaron en 2005, cuando Francia nombró un grupo interparlamentario de apoyo a Betancourt. A finales de ese año, Francia, Suiza y España le propusieron a Colombia crear una zona desmilitarizada para intercambiar a los prisioneros, pero en 2006 la iniciativa corrió la misma suerte que la que encabezó el presidente venezolano, Hugo Chávez, a fines de 2007. En sus años en la selva la figura de Ingrid no dejó de crecer. Nombrada ciudadana de honor en más de mil localidades de diversos países, en 2004 un grupo de intelectuales franceses la postuló para el Premio Nobel de la Paz. En 2004 y 2006 fue finalista del Premio Sajarov a la Libertad de Conciencia que otorga el Parlamento Europeo. El año pasado fue propuesta como candidata al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Informe: Martiniano Nemirovsci.

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Ingrid Betancourt se abraza con su madre, Yolanda Pulecio, tras aterrizar en Bogotá.
 
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