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Un frente flexible

–¿Y? ¿Cree que la llegada al poder del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) a través de las urnas en El Salvador significará un verdadero cambio?

–Es demasiado temprano para juzgar. Le diría que de por sí, el mero hecho que se haya podido dar esa alternancia en el poder en una sociedad como la salvadoreña constituye en sí mismo un hecho muy significativo, que habla al menos de un fortalecimiento institucional de la democracia, lo que no es poco. El FMLN tiene una base social de apoyo muy grande, más importante, creo yo, y más cohesionada que la de Ortega en Nicaragua. En este sentido soy más optimista. El FMLN creció en los últimos años a partir de la gestión pública en alcaldías de ciudades muy importantes del país, y lo hizo muy bien, ganaron una experiencia muy valiosa en la administración del Estado. La población reconoció eso. En ciertos aspectos se parece a la experiencia del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil. De hecho, es el modelo al que miran. Además, el que los cuadros guerrilleros más tradicionales hayan aceptado colocar a un outsider como Mauricio Funes, ex periodista de la CNN, como candidato a la presidencia implica que la estructura interna del grupo tiene flexibilidad, lo que es bueno. Habrá que ver cómo se da la relación entre Funes y el partido.

–¿Se puede esperar un gobierno de izquierda con el FMLN en el poder?

–El Salvador tiene un marco de acción muy limitado. En primer lugar, el que casi un tercio de su población viva y trabaje en Estados Unidos y que las remesas que estos salvadoreños envíen representen casi un tercio del PBI es un hecho insoslayable que determina muchas cosas. En segundo lugar, a diferencia de países como Venezuela, Ecuador o Bolivia, El Salvador no cuenta con reservas importantes de ningún recurso natural para financiar políticas públicas que tiendan a transformar importantes aspectos de la realidad material de los ciudadanos en el corto plazo. Por esa razón, para que el FMLN se plantee realmente un modelo de desarrollo de país, debería implicar, necesariamente, una suerte de pacto democrático con la burguesía nacional. No es fácil.

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