EL MUNDO › EL PROBLEMA CON EL TEA PARTY ES EL MODELO DE SOCIEDAD QUE PLANTEA

Ni desesperados ni fanáticos

Obama miró con desdén la dimensión de la crisis y el esfuerzo que hubiera requerido de su parte obtener efectos más inmediatos y preservar el poder político para seguir con sus reformas. Eso no es la economía, sino sus ideas.

 Por Ernesto Semán

Opinión

Desde Nueva York

En los últimos dos años el gobierno de Barack Obama redujo los impuestos para el 95 por ciento de las familias norteamericanas, una de las medidas fiscales más vastas y progresivas de las últimas décadas. Lamentablemente, sólo el 12 por ciento se dio cuenta. La encuesta de febrero último de CBS/New York Times indicaba también que más del 50 por ciento de la gente creía que sus impuestos siguen siendo como antes, lo cual no es exacto. Y un 24 por ciento estaba convencido de que sus impuestos se habían incrementado, lo cual es falso. Si fuera cierto que los ciudadanos emiten su voto sólo en relación con cómo está la economía, Obama podría haber festejado un empate anoche, como derivado de una lenta pero clara salida a una fenomenal crisis heredada. Claro, si ese 95 por ciento lo hubiera notado.

La idea de que el voto al Partido Republicano es el derivado directo del descontento con la economía va de la mano de otra, que sostiene que el Tea Party que lideró ese repunte opositor está compuesto por una manga de fanáticos. Así, la desesperación derivada de las carencias materiales habría llevado a parte de la población norteamericana a apoyar propuestas descabelladas basadas en espejismos, dejando de lado un sendero sensato para elegir a sus representantes. La explicación se parece mucho a la que la sociología funcionalista usó para explicar los orígenes del peronismo, pero presenta aún más problemas que aquélla.

Esa fábula, que penetra por distintas razones en el gobierno de Obama y sus admiradores en todo el mundo, tiene la base real de una economía en pésima forma y un 10 por ciento de desempleo, pero se basa en aquello mismo que produce: un desdén por la política y el resultado de sus acciones. Con la mayor parte del escenario definido por una crisis que llevará años remontar y un núcleo político de derecha irredento y enraizado en la sociedad americana, el Partido Demócrata lleva dos años sin hacer mayores esfuerzos por cambiar el resto del paisaje, aquello que hubiera podido evitarle el retroceso en estas elecciones.

La realidad es que la economía está mal, pero también muestra signos de estar mejor, de haber evitado estar mucho peor gracias a algunas medidas de este gobierno, y de haber podido estar mejor aún si esas medidas se hubieran implementado como el gobierno las impulsó originalmente y no en la forma y tamaño en los que las terminó negociando. Obama miró con desdén la dimensión de la crisis y el esfuerzo que hubiera requerido de su parte obtener efectos más inmediatos, y preservar el poder político para seguir con sus reformas. Eso no es la economía, sino sus ideas. Con la obsesión por buscar un lugar razonable y moderado en un sistema político que lo consideraba un outsider (en una sociedad donde una parte importante ni siquiera está segura de si su presidente nació de verdad en los Estados Unidos), también se convenció de que sus armas eran una negociación parlamentaria tradicional, un equipo económico amigable y un discurso mesurado. Lo que más desdeñó Obama fue el enorme instrumento político que significaba haber llegado a la presidencia estando levemente hacia el costado en el sistema.

Desde el principio, fue claro que la moderación de su crítica a la oposición y su equipo confiable habían generado una decepción extensa en su base política. Y para cuando se acercaban las elecciones, era igualmente evidente que Obama llegaría sin los frutos de convertirse en una figura integrada a un poder económico y militar permanente, que en el mejor de los casos podrá aceptar sus flaquezas como virtudes, pero que tiene razones de fondo para no considerarlo jamás como uno de los suyos.

El Tea Party creció en la medida en que capturó con sus propuestas, ubicadas en los antípodas de las de Obama, la exasperación frente a un sistema político cuya irrelevancia conspira contra el bienestar general. Y no es que los ultraconservadores juramentados contra Obama sean todos un ejemplo de sensatez, pero el mayor problema con el Tea Party no es que sus miembros sean fanáticos, sino que son de derecha.

Hace dos años, Obama se ofreció como alguien que venía con armas suficientes para forzar a las instituciones y a los poderes fácticos a contribuir, por la razón o por la fuerza, hacia una sociedad más inclusiva. Era algo muy parecido a lo que otros movimientos plantearon en el mundo a lo largo de la historia (peronismo incluido) y generó la misma reacción virulenta y racista que en esos otros casos. Con el Tea Party, el problema no son sus delirios, sino el modelo de sociedad que plantea, opuesta a la democrática, pero no menos realizable, en la que la libertad individual y económica tienen una preeminencia total y el Estado debe garantizar ambas expandiendo su aparato de seguridad y reduciendo cualquier otra intervención. Más de uno está convencido de que el resultado sería una sociedad desigual donde esa libertad sería aprovechada por unos pocos a costa de todo el resto, pero es un programa político, no un espejismo. La propuesta política de Obama y sus seguidores no es más “verdadera” que la del Tea Party, solamente es mejor. Y si el presidente hubiera partido de esa base habría sido más enérgico en defender su programa y no se hubiera desentendido del capital político que hoy se le escurre de las manos.

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El candidato republicano y referente del Tea Party, Marco Rubio, celebró su triunfo.
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