EL PAIS › TRES REFLEXIONES SOBRE EL RESULTADO DE LOS COMICIOS NACIONALES

Sentidos y razones de una elección

Raúl Kollmann

¿No le teníamos fe?

Cuando hace un año, en aquel día del censo, nos enteramos de la muerte de Néstor Kirchner, muchos nos llenamos de incertidumbre. ¿Podrá Cristina gobernar al peronismo? Eso requiere de la muñeca de Néstor. ¿Qué sabe Cristina de economía? De eso se ocupaba Néstor. ¿Y el manejo de la relación con los dirigentes empresarios y gremiales? También parecía tarea más de Néstor que de Cristina.

Tuve la oportunidad de conocer a Cristina años antes de que Néstor fuera presidente. Era en medio de una batalla por el caso AMIA y cuando se enfrentó a todos los bloques, el del peronismo y el del radicalismo. Presentó un texto demoledor, demostrando que toda la investigación del atentado era un armado vergonzoso, como se vio después en el juicio oral. La terminaron echando de su propio bloque. Ya en ese momento me llevé la impresión de que era una mujer fuera de lo común, con una inteligencia asombrosa y que había estudiado el farragoso expediente judicial como nadie.

Desde que empezó su mandato, siempre tuve la sensación de que existía una subvaluación de sus características personales. Todo los méritos se centraban en un listado de buenas medidas y en que el modelo –diseñado por Néstor– funcionaba bastante mejor que los planes con los que insistía el FMI y que provocaban estragos en otras latitudes.

Al mismo tiempo fui sumando anécdotas sobre su gestión. Que CFK llamaba a sus ministros dos y hasta tres veces por hora para saber qué pasaba con tal o cual reunión; que insistía hasta el agotamiento con los detalles de una medida; que se comunicaba desde el exterior para conocer al milímetro qué había pasado con un caso policial; que estaba encima de todos, incluyendo los sábados y los domingos, y que no había día sin preguntas, reclamos, órdenes y correcciones.

Pero en aquel miércoles del censo, cuando supimos de la muerte de Néstor, se produjo el tembladeral. Había más dudas que certezas.

Por eso, este domingo, tal vez la gente haya reconocido a una mujer que se la bancó. Perdió a su compañero de toda la vida, se quedó sin el líder del movimiento y la persona con la que conversaba cada cosa. Pasó a la soledad nocturna de la inmensa quinta de Olivos. Estuvo siempre al borde del quiebre y el llanto, a contramano de las deplorables notas que en estos días hablan de su luto como “una puesta en escena”, “una actuación” y hasta un maquillaje pálido para simular. No tienen vergüenza.

CFK se bancó al peronismo, a los dirigentes empresarios, a los dirigentes gremiales, a la economía, a un tremendo hostigamiento mediático. Se bancó todo eso que se suponía no iba a poder manejar sola.

En este año dio numerosos pasos adelante, pero sobre todo menciono dos audacias:

- Estableció el Ministerio de Seguridad, un tema casi tabú durante los años anteriores. Al frente puso a Nilda Garré y se empezó a trabajar en serio sobre el control político de las fuerzas policiales y de seguridad. Hay más tecnología, más efectivos, más vehículos, más relación con los foros vecinales, pero sobre todo más Gobierno –con mayúsculas– en las políticas de seguridad. Ya no deciden los comisarios.

- Hubo una sostenida política respecto del campo, sin ceder en los principios, pero buscando los acuerdos con los sectores cooperativos y los pequeños y medianos productores. Falta mucho, pero hay un camino hecho. La impresionante derrota de Mario Llambías, aun en las zonas que encabezaron el movimiento de 2008, testimonia ese giro.

Así como CFK dio pasos de enorme audacia en estos terrenos, el 54 por ciento del domingo podría/debería servir para avanzar en varios terrenos. Este periodista no sabe gobernar y es posible que el listado sea otro completamente distinto, pero me surgen a flor de piel estas cosas que miro con ojos críticos:

- Hubo un avance extraordinario en materia de educación, ciencia, tecnología y cultura. No existe el mismo avance en el terreno de la salud.

- La vivienda, la urbanización de las villas, sigue siendo un déficit al que hay que encontrarle la vuelta.

- La lucha contra la corrupción no tiene que ser tampoco un tema tabú. Toda administración registra casos y Dilma Rousseff en Brasil es una prueba. Es cierto que algunas de las denuncias con más resonancia no tienen ningún sustento, son verdaderos armados mediáticos, pero a CFK le haría muy bien pasar a la ofensiva en materia de lucha contra la corrupción, como lo hizo en el tema de la inseguridad.

- Así como se hizo con algunas instituciones del campo, hay temas en los que se pueden buscar acuerdos con la oposición. Y temas en los que se podría sentar a la mesa a empresarios y gremialistas. Nada es fácil, desde ya.

- Me gustaría que se les dejara de poner el nombre de Néstor Kirchner a distintas cosas. Como ya apuntó en este diario el maestro Osvaldo Bayer, hay que darle tiempo a la historia a que juzgue.

Cada uno pondrá o sacará cosas de esta nómina y reitero que tal vez haya temas más importantes que los enumerados aquí. Pero CFK demostró que se la bancó y se la banca aun sola. El 54 por ciento le sirve de respaldo para encarar más avances y audacias, sobre todo en los temas críticos.

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Gerardo Adrogué *

Ganar la paz (o por qué ganó CFK)

Aún hoy se repiten argumentos tan mezquinos como irrelevantes o marginales. Se sostiene que la histórica victoria de Cristina Fernández de Kirchner y del Frente para la Victoria fue producto de la fragmentación y la desorientación de la oposición, del clientelismo, del ingenio publicitario y el marketing, del desinterés y la apatía de los votantes, de una inesperada ola de empatía que recogió la Presidenta tras la muerte de Néstor Kirchner, del viento de cola que impulsó la economía (como si no importase quién hubiese estado al frente del Poder Ejecutivo). Sólo la hipótesis del fraude electoral perdió adeptos. Pero la realidad desborda estas miradas parciales. La respuesta es mucho más simple y obvia, aunque difícil de aceptar para quienes no comparten la orientación general de este gobierno. Cristina Fernández de Kirchner ganó las elecciones con el voto racional de la mayoría de los argentinos que premiaron, tras juzgar aciertos y desaciertos, ocho años de eficacia en la gestión de gobierno y, mucho más importante aún, creyeron en su promesa de un futuro mejor.

Quisiera ahora fundar esta aseveración sobre datos de estudios de comportamiento electoral realizados para estas elecciones. Hoy en día, uno de cada dos argentinos afirma que el país mejoró en el último año, cifra que asciende a siete cuando se considera el último lustro. La aprobación de la gestión de gobierno de CFK oscila en torno del 55 por ciento, pero llega al 90 de quienes la votaron. Todos los análisis realizados demuestran que el factor que más y mejor explica el voto al kirchnerismo es sin duda esta evaluación positiva de su gestión de gobierno. ¿Pero cuáles han sido los aciertos? En primer lugar, la recuperación del trabajo como fuente de ingreso y organizador de la vida cotidiana. En segundo lugar, ciertas políticas públicas que produjeron cambios concretos en la calidad de vida, como el incremento de las jubilaciones, la Asignación Universal por Hijo o el acceso a bienes negados por el mercado (se trate de notebooks, carne o del disfrute de un partido de fútbol). Estas medidas, junto con la recomposición de los salarios, se tradujeron en una mayor capacidad de consumo que es vivida como justa reparación, y no como un “festival”, por los sectores más humildes y postergados de la sociedad. Finalmente, la aprobación de la gestión de gobierno también se funda sobre un conjunto de medidas no (directamente) económicas, como la recuperación del rol activo y responsable del Estado, mejoras en las áreas de salud y educación, la renovación de la Corte Suprema de Justicia, la política de los derechos humanos, la ley de matrimonio igualitario y la llamada ley de medios.

Es justo señalar que quienes votaron por CFK también tienen críticas y demandas hacia el Gobierno. Estas son similares en dirección aunque no en intensidad a las que manifiestan quienes votaron por candidatos de la oposición: combatir la inseguridad, reducir la inflación y mejorar la calidad institucional. Pero la gran diferencia es que “la cuenta (el balance entre los aciertos y los desaciertos) les da positivo” a quienes votaron por el oficialismo. El fiel de la balanza se inclina gracias a la experiencia de un mayor bienestar individual y colectivo, bienestar que efectivamente empieza en lo económico, pero que luego se expande hacia los planos más diversos de la vida social. Como sintetiza Rubén, un albañil vecino de Avellaneda, “hay algunas cosas, como en todos lados, pero lo cierto es que hoy vivimos mejor... yo, mi mujer y mis hijos”.

Pero antes de recurrir precipitadamente, una vez más, a la teoría del plato de lentejas habría que considerar una segunda dimensión explicativa del voto a CFK. Todas las encuestas conocidas revelan además un elevado optimismo respecto de la situación del país y de la situación personal de aquí a uno o tres años. Estas expectativas favorables sobre el futuro llegan al 75 por ciento de quienes votaron por el oficialismo. Sabemos que las expectativas no son otra cosa que la voluntad de creer que tienen los seres humanos. En el terreno de la política son la contraparte de la promesa que formula un líder o un proyecto político. Cabe entonces preguntarse cuál es la promesa del kirchnerismo, aquella que reduce la incertidumbre que provoca el futuro. Quienes votaron por la actual presidenta también lo hicieron para manifestar su apoyo a la construcción de una sociedad donde la justicia social, la distribución y la equidad sean los valores que organicen las relaciones sociales. En consecuencia, quienes votaron por CFK no lo hicieron sólo premiando al presente sino también construyendo el futuro. La inclusión social no es, por cierto, una nueva promesa en la vida política argentina, pero en boca de Cristina es hoy una promesa renovada. Y las promesas, como las flores, pueden tener una segunda vida.

Permítaseme aquí una breve digresión para incorporar al pasado. Las similitudes entre los valores que fundan la promesa kirchnerista y los valores que motivaron a una generación de jóvenes argentinos a participar en política para transformar una realidad social y políticamente injusta en los años ’60 y ’70 invita a pensar que el masivo respaldo a la actual presidenta es también la victoria de aquellos valores, el reconocimiento a una generación cuarenta años después y en paz. Aunque digámoslo de una vez, para que nadie se llame a error: en el imaginario colectivo que sustenta la promesa kirchnerista, este nuevo horizonte no vulnera la vigencia de los derechos civiles y políticos, sino “tan sólo” incluye postergados derechos sociales, trabajo, salud, educación, vivienda. Esta vez en palabras de Florencia, joven empleada administrativa, vecina de Morón, “acá se juega el futuro y yo voto por un país democrático pero sin hambre”.

En definitiva, se podrá juzgar que la gestión del actual gobierno nacional no es tan eficiente, se podrá querer que otros valores modelen la Argentina del porvenir. Pero lo que no se puede hacer es ignorar este diagnóstico, porque quien quiera disputarle el poder al kirchnerismo en el marco de elecciones libres y competitivas tendrá que construir una nueva promesa. Mientras tanto, estos próximos cuatro años nos darán la oportunidad de juzgar en qué medida aquellos sueños pueden hacerse realidad. Ojalá que el fruto sobrepase la promesa de la flor.

* Sociólogo y analista de opinión pública.

Director de Knack.

Ezequiel Adamovsky *

El voto y las clases sociales

El resultado de estas elecciones desmiente algunos estereotipos respecto del voto según clases sociales y confirma otros. En las de 2009, parecía una verdad de sentido común que la clase media y la alta habían votado a la oposición, mientras que la clase baja aparecía como único sostén del oficialismo. Si los números de aquel entonces permitían dudar de esa rápida sociología electoral, los de la elección que acaba de terminar confirman su inexactitud. Pero además ilustran cambios efectivos en el comportamiento electoral. El más notable es la recuperación del oficialismo en aquellos distritos en los que había obtenido sus peores resultados en 2009, incluyendo las grandes ciudades y las zonas rurales de la región pampeana. Ya no hay bases para ese escarnio a la clase media de tono setentista que se escuchó hace dos años: el peronismo ha obtenido un gran caudal de votos de ese sector, triunfando incluso en la esquiva Capital y en los principales centros urbanos. El kirchnerismo recuperó incluso una buena cantidad de votos en distritos rurales de la Pampa Húmeda. Las opciones claramente de derecha, que en 2009 habían arrancado amplias porciones de voto incluso entre sectores bajos del Gran Buenos Aires, retrocedieron notoriamente. Existe, sin embargo, una tendencia de clase en el voto que no deja por ello de ser visible. Al oficialismo le ha ido sensiblemente mejor en distritos urbanos con fuerte peso de sectores trabajadores y pobres y visiblemente peor en los más ricos o en los de la región pampeana menos urbanizada. Para la derecha, el escenario fue exactamente el contrario. Este clivaje de clase puede verse en el siguiente cuadro, que compara el desempeño del oficialismo y el PRO en una de las comunas más ricas, en una de las más pobres y en una intermedia:

En la provincia de Buenos Aires, el panorama es similar. Udeso obtiene sus mejores porcentajes en zonas urbanas más ricas y en el campo, mientras que el oficialismo se impone contundentemente en las zonas urbanas más pobres y trabajadoras.

Si el kirchnerismo logra terminar de imprimir una identidad “progresista” al peronismo (que en el pasado nunca tuvo), desplazando a la oposición a una derecha anclada en el voto de clases más acomodadas, la política argentina finalmente se parecerá a la de la Europa del siglo XX, con un clivaje derecha-izquierda más o menos bien superpuesto a las distinciones socioeconómicas, algo que significaría un cambio notorio respecto del pasado nacional. Sin embargo, el sistema de partidos sigue siendo inestable. La incógnita del futuro será seguramente si el Frente Amplio Progresista logra mantenerse en el primer puesto de la oposición que sorpresivamente logró o si, por el contrario, lo harán las fuerzas de derecha, posiblemente acaudilladas por Macri. El lugar ideológico que finalmente asuma la UCR, con o sin el liderazgo de Alfonsín, tampoco resulta claro, aunque el aire progresista que supo tener en tiempos de su padre parece cada vez más lejano.

En el desempeño electoral de la izquierda trotskista, el corte de clase se percibe menos claramente. A pesar de las protestas, la reforma política “proscriptiva” parece haberla beneficiado. Forzada a dejar atrás rencillas internas que antes parecían insalvables, y sin otras fuerzas que le disputaran el voto anticapitalista ni el testimonial, obtuvo un porcentaje algo mayor que el que recibió la suma de los partidos de esa orientación en 2009 (3,02 por ciento en la provincia de Buenos Aires), aunque todavía por debajo de la línea de relevancia. Sus mejores logros no estuvieron necesariamente en los distritos de mayor pobreza o presencia trabajadora. El porcentaje en Capital estuvo bastante por encima del nacional (alimentado no por las comunas más pobres, sino por las más típicamente de clase media, como Caballito, Balvanera, Paternal, Almagro, Floresta y Coghlan). En el Gran Buenos Aires, la media de votos estuvo por encima de la provincial, pero repartida indistintamente en distritos pobres y ricos (incluyendo un excelente desempeño en Vicente López). En este escenario sigue vacante el espacio para una izquierda anticapitalista de nuevo tipo, que esté a la altura del legado de una tradición que supo ser una alternativa deseable, especialmente para los trabajadores.

* Historiador, investigador del Conicet.

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Imagen: EFE
 
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