EL PAíS › OPINIóN

La pantalla del acoso judicial y mediático

 Por Eduardo Aliverti

Sólo a quienes no tengan la más mínima inquietud política o intelectual puede pasarles inadvertido el empalme de lo que dice la economía, cualquiera sea el dato a tomar, y el pronunciado avance del cerco de jueces y prensa sobre Cristina. Es tan ostensible, sin embargo, que incluso está al alcance interpretativo de los que viven en un frasco.

La obviedad no pierde de vista las dosis de revanchismo, de odio de clase, de hacer tronar el escarmiento, si es que se las quiere ajenas a esa relación directamente proporcional entre lo marcado por el bolsillo popular y la obsesión por exhibir al período kirchnerista, exclusivamente, como un festín de corruptos. Tampoco se desatiende que la postura del macrismo no es unívoca. El sector de los servicios de inteligencia que nutre a la doctora Carrió, ligado a la banda de Stiusso y a periodistas corporativos también serviciales, es persistente en su meta de ver presa a la ex presidenta. Cuenta con el apoyo de primeras y segundas líneas gubernamentales que, en lo básico, son el grupo conocido como Cardenal Newman, o “Los Cardenales”, en alusión a la proveniencia educativa compartida con Macri. Pero la tribu designada como “rama política”, constituida por los operadores de mayor muñeca en ese sentido, observa que victimizar a Cristina puede redundar en un tiro por la culata de difícil manejo. El publicista oficial Jaime Durán Barba, quien sigue teniendo peso en los oídos presidenciales, adhiere a esa presunción. Macri duda, hasta donde se sabe, y deja hacer a unos y otros mientras otea un humor social que –apreciado en cálculos electorales– parece tan incierto como contradictorio. Las encuestas oficiales, oficiosas y opositoras, reservadas o publicadas (no las que directamente son operaciones, como las difundidas ayer en la prensa macrista), muestran una caída de la imagen presidencial –aunque no hasta límites dramáticos, ni mucho menos– y el asentamiento positivo de la gobernadora bonaerense, con el pequeño detalle de que ni será candidata ni dispone de armado propio. Es una figura en sí misma y, momentáneamente, no más que eso. Sergio Massa atiende sus kioscos de la “ancha avenida del medio”, como decía en la campaña presidencial, y lo favorable de su perfil en esas encuestas tampoco significa que sabrá traducirlo en votos. Su rol de opo-oficialista lo acerca al peligro de aguanchentarse por completo, lo cual tendría la contrapartida de serle beneficioso en elecciones de medio término; pero por algo descubrió la pólvora y viene de decir que “este es un Gobierno con mirada de derecha”, aunque se lo ve como la gran o única opción por allí si el círculo rojo entendiera que la vía macrista es fusible porque no se puede gobernar sin pata peronista. Respecto de Cristina, por último o en primer lugar, continúa ratificándose que con ella no alcanza y sin ella no se puede, porque lo representativo del rechazo que genera en vastas porciones se compensa con lo significativo del apoyo que sigue despertando en las franjas populares y en las clases medias más politizadas. ¿Qué pasaría si resuelve candidatearse? Es el intríngulis del macrismo: dejar que lo haga para dividir el voto peronista, o cortar desde lo sano metiéndola presa por si las moscas de que nuclee demasiado respaldo. Al presente no hay quien pudiera reemplazarla, pero podría ser otro el cantar si en una instancia de ensañamiento judicial concretado ella marcase al que fuese. Es en ese punto cuando reaparecen –eventuales– proyecciones como las de Florencio Randazzo, quien mide poco o bien según sea que Cristina resuelva presentarse o no. Militantes de pasar viejas facturas, abstenerse. Esto es (lucha por la reconquista posicional del) poder. No comentarismo.

Queda claro, en todas las maneras e hipótesis, que tales ensayos se subsumen en la marcha económica capaz de alentar unas perspectivas u otras. Y que en esa marcha no sólo interviene lo que realmente pasa y pasará, sino aquello en que “la gente” necesite confiar. Manifestado de modo más clásico, la dichosa construcción de subjetividad de las masas. O de la suma y resta de los fragmentos que las componen. ¿El grueso popular percibirá que por el camino macrista se va inevitablemente hacia un colapso de más tarde o más temprano, gracias a la nueva orgía de endeudamiento externo e interno? ¿O es que la ausencia de opciones políticas le da aire a que la derecha pueda arreglárselas en el mientas tanto? El escenario internacional, globalmente descripto y pese a unas resistencias más caracterizadas por las respuestas sociales dispersas que por la armonía de liderazgos, estaría dándole razón a la segunda variante. Pero el caso argentino es muy particular, como lo demostró esa audacia del experimento kirchnerista, para salir del 2001, que estaba en las conjeturas de nadie. Por lo pronto, si alguien se escandaliza acerca de los enjuagues de la Justicia en torno de que no es el poder político quien estipula los rumbos (esto es: que no está en manos de Macri la suerte tribunalicia de la ex presidenta), vayan las declaraciones de Margarita Stolbizer franqueando que si Cristina llega a estar libre en 2019 puede ganar las elecciones. Y las del capanga que gobierna Jujuy, Gerardo Morales, quien, frente al reclamo de las Naciones Unidas para liberar a la presa política Milagro Sala, aclaró que no va a liberar a esa mujer como confesión de que la provincia es su coto privado y decisional. Algo advierten, entonces, en cuanto al eventual incendio, o estado flamígero, de las políticas que llevan adelante. No quiere decir que no puedan tripularlo, por la dispersión opositora y por aquello de la pelea en la eficacia del cómo se convence. Pero sí que no las tienen todas consigo.

El panorama semeja deprimente porque, es cierto, las medidas del Gobierno reciben apoyo institucional, compañía cegetista y fraccionamiento de los movimientos sociales. El Presupuesto sancionado por Diputados consolida al endeudamiento sin contrapeso productivo, y recorta las partidas tanto en áreas estratégicas como de asistencia social. Los subsidios a los servicios públicos se reducen en un 30 por ciento, abriendo la probabilidad de nuevos tarifazos el año próximo. Y los datos de la última semana, con el descenso en la actividad industrial a la cabeza, corroboran una economía sin despegue salvo -suena a chascarrillo, pero no lo es- para autos de alta gama y camionetas. El declive en la venta de motos, que en las poblaciones del interior son vehículo sustancial, es todo un espejo paralelo a lo que ocurre con la industria del calzado y la textil. Las quejas por el achique en la producción y la suba de importaciones son ya moneda de todos los días. Pero debe tenerse en cuenta que, frente a una economía enfriada como ésta, con pérdida de fuentes laborales contadas en decenas de miles y amenazas de proseguir en esa ruta, (casi) cualquier rebote será susceptible de ser presentado como signo de recuperación. Ese es el índice térmico al que apuesta el Gobierno y el año que viene es electoral, de modo que puede esperarse asimismo el uso de algunas herramientas para revestir a maquillajes como medidas de carácter popular, o reparador.

El sociólogo brasileño Emir Sader remarcaba (en Página/12, el jueves pasado) que la nueva ola de derecha en América Latina no tardó en decir a qué vino, tomando como eje que los gobiernos de Macri y Temer se dedican a aplicar el mismo tipo de ajuste fiscal ya ejecutado en sus países, y en otros del continente, con las desastrosas consecuencias económicas y sociales que se conocen. Que la derecha volvió al gobierno como si nada hubiera pasado. “En realidad (…) vuelve para destruir lo que fue construido (…) Su agenda es estrictamente negativa; privatización de propiedades públicas, menos recursos para políticas sociales, menos derechos para los trabajadores, más recesión, más desempleo. Más Estados Unidos en el continente y menos integración regional (…) No pueden decir que son lo nuevo, porque rescatan a los viejos economistas neoliberales. Ni que van a retomar el crecimiento económico, porque ahondan la recesión. Ni que van a controlar las cuentas públicas, porque aumentan la inflación y el déficit. No tienen nada para prometer, porque lo que hacen no tiene nada de popular ni de democrático. Sólo pueden sobrevivir blindados por los medios”. Esta última parte de lo señalado por Sader es compleja, discutible, y particularmente entre nosotros. Aquí la derecha llegó al gobierno por canales constitucionales legítimos y su avance podrá no ser democrático en tanto los fines que persigue son de exclusión social, pero, quedó dicho, cuenta con el aval de secciones parlamentarias y sindicales capaces de sumarse a lo peor de lo expresado por el modelo. Y si es por los medios de comunicación hegemónicos, también lo eran en otras etapas y los proyectos populares o liderazgos firmes supieron derrotarlos.

La buena noticia es que las circunstancias actuales son tan de retroceso como de una resistencia que, así no lo parezca, viene evitando un ajuste más duro todavía. La mala es que no asoma un armado político sólido en condiciones de pasar a otra instancia, porque esa resistencia sólo es social y sectorial. Pero eso es por ahora.

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