EL PAIS › EL PRIMER RECITAL REPASO LA HISTORIA DE UN GENERO QUE ES LOCAL POR DERECHO PROPIO

En el arranque, un homenaje al rock

Con Litto Nebbia como maestro de ceremonia, los hitos del rock nacional hicieron vibrar a las miles de personas que siguieron el primer recital del Bicentenario. Estuvieron Gieco, Páez, Cantilo, Los Auténticos Decadentes y siguen las firmas.

 Por Cristian Vitale

Acaba de hablar Cristina y el reloj grande de la 9 de Julio marca 18 grados, a las ocho menos cuarto. La garúa amenaza pero no cumple. Ignacio Copani, uno de los artistas-vermouth de la primera noche de los festejos del Bicentenario nombra a Pinochet (“Ya lo cremaron, un aplauso para el asador”), y la frase final del escueto discurso de la Presidenta da en el centro neurálgico de lo que vendrá: “La patria se construye todos los días, y con todos”, dice, y miles la aplauden. Inclusión: ¿Cómo desprender al rock argentino de esta patria que se hace todos los días?, ¿cómo excluir a un género que, de forastero y renegado, fue ganando una localía cabal esquivando los palos y las tijeras de Onganía? Que ha cumplido sus 40 años y pervive en el imaginario como si fuera desde siempre. Breve prefacio de lo que fue, ayer, el primero de los grandes acontecimientos que se llevarán a cabo durante los festejos. Y qué mejor que yendo a su origen: en el escenario principal del paseo que une el Obelisco con el viejo edificio enclavado en el medio de la Avenida, Litto Nebbia –“el que tiró la primera señal”, según Emilio Del Guercio– se plantó como maestro de ceremonia, como centro y parte del viejo y querido rock argentino, y unió.

Fue, durante dos horas –minutos antes de que, al cierre de esta edición, tocaran bandas más contemporáneas como Estelares o Las Pelotas–, un desfile de músicos que han pisado en verdadero durante momentos hostiles, clausurantes. Que han hecho la historia, cuando la historia era otra. Cuando la escribían los que ganaban, y los que perdían, vivían. Nebbia, Del Guercio –aquel gran bajista de Almendra y Aquelarre–, Rodolfo García, Miguel Cantilo. Silvina Garré, Ricardo Soulé, León Gieco, Fito Páez... Todos, cruzados o solos, en banda o prendidos a la soledad de una guitarra, pusieron la historia en su centro y conmovieron, desde allí, a las miles y miles de personas que trashumaban por la sorpresiva peatonal. El primero, claro, fue Nebbia y su grupo (La Luz) con una de Los Gatos, de esas que saben todos (“Viento, dile a la lluvia”) y otra de Litto: “Quien quiere oír que oiga”, tema clave para pensar y sentir el ser nacional, del popular. Canción central para la hora: “Cuando no recordamos lo que nos pasa / nos puede suceder la misma cosa / Son esas mismas cosas que nos marginan / nos matan la memoria, nos queman las ideas, nos quitan las palabras...”.

A La Luz y su mentor le sucedió Gonzalo Aloras, flamante guitarrista del grupo, con un sentido homenaje en solitario a Charly García (“Yo no quiero volverme tan loco”) y, tras un gustito de Nebbia con “Yo vivo en esta Ciudad” y una versión de balada al piano admitida con respeto, los músicos empezaron a fluir. Miguel Cantilo, primero, con las dos versiones que grabó en el compilado Una celebración del rock argentino: “Credulidad”, obra de una gran pluma ausente en la noche (Luis Alberto Spinetta), y “No te rindas, Malena”, un tema de Roque Narvaja, que el cantautor definió como un tratado de sociología. Que se puede ver, también, como una metáfora de lucha entre la hipocresía y la libertad. “Su padre le ha contado que es mejor aparentar / que lo importante es la fama, el qué dirán y triunfar, siempre, a cualquier precio / triunfar sin contar los muertos”, cantó Miguel y las Madres, agradecidas.

A Cantilo le sucedió Antonio Birabent, con un tributo a papá Moris (“Muchacho”) y a Birabent, Del Guercio que encendió la mecha de Almendra, junto a García y Nebbia, con una emotiva visita a “Hoy todo el hielo en la ciudad”, en un carril acústico onda Crosby, Stills & Nash. “Estas son simples canciones, no revoluciones. Son miles de latidos, que nos mantienen unidos”, dijo Del Guercio a la multitud, antes de activar, solo con su guitarra, el hermoso himno de batalla de Aquelarre que fustigó al golpe de Pinochet: “Violencia en el parque”. Silvina Garré, promediando el homenaje, le puso a la noche la cuota de seducción, con el cuerpo y con la voz. La misma que, décadas atrás, conmovió a la generación de Malvinas con “Era en abril”, ahora se reinstaló mediante otro inoxidable de Almendra (“Plegarias para un niño dormido”) y una versión medio bossa de “Solo se trata de vivir”. Ricardo Soulé, pegado, reflotó dos canciones del viejo y querido Vox Dei con la sola compañía de Iván, su hijo menor (“Ritmo y blues con armónica”, y el coreadísimo “Presente”) y fue parte, tras consumarlas, de uno de los momentos más calientes de la noche. Litto, jugado, tiró los primeros acordes de “Fuera de la Ley”, y la calle se transformó en un infierno de rock sin límites. Una de las primeras canciones del movimiento en romper con las reglas –en todo sentido– y una zapada imponente. Tan inolvidable, tal vez, como cuando irrumpió Gieco para hacer, según sus palabras, la canción más hermosa del mundo –“El rey lloró”, de Los Gatos– o como cuando se juntaron todos al final –Fito Páez incluido– para volver al principio con “La Balsa”, la barca de madera que agitó la primera ola. Y todavía sigue en el mar.

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Artistas que hicieron la historia, cuando la historia era otra: ése fue ayer el escenario de los 200 años.
Imagen: Alejandro Leiva
 
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