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Un día de calor y euforia en La Plata

- Primero esperó. Esperó que se produjera el silencio, que bajaran las banderas, que se pudiera ver desde el fondo, que se dejara de escuchar el estruendo rítmico del bombo. Con el gesto adusto y medio antipático, Felipe Solá se dirigió a la multitud que trataba de mitigar el calor tirándose agua como si estuviera en carnaval. Era una oportunidad única para comunicarse con gente que, en su mayoría, había llegado hasta allí movilizada por otros dirigentes. Por eso, cuando logró cierto silencio, Solá desgranó conceptos con un estilo didáctico. “La gente común, de carne y hueso, tiene que volver a tener confianza en la política. Porque la mentira como uso político permanente es la culpable de la situación”, dijo entonces, y muchos esperaron que nombrara a Carlos Menem. Fue en vano.
- Se notaba que había preparado el discurso, no sólo el contenido sino también la forma. Porque habló todo el tiempo con énfasis, con un convencimiento y un nervio que parecían destinados a mostrar decisión. No casualmente, uno de los aplausos más prolongados se escuchó cuando prometió que “enfrentará la pobreza y la inseguridad con firmeza”. A la derecha del palco se lo veía a Juan Pablo Cafiero, que logró llevar con éxito la difícil negociación por el secuestro de Antonio Echarri. A Cafiero, ayer, se lo veía distendido, aunque no abundó en sonrisas ni en exageradas muestras de afecto. Tal vez porque a su alrededor se veían varias caras que, hasta hace poco, habían pedido su alejamiento.
- Habrá sido el calor, habrá sido el día, o tal vez el camping de UPCN, arbolado y lleno de verde. Lo cierto es que ayer los organizadores se felicitaban porque no hubo desmanes, ni peleas, a pesar de que hubo mucho entusiasmo, gritos y cantitos como en la cancha. Hasta la hinchada de Gimnasia –que había ocupado la primera fila y se abalanzó sobre el “corralito” reservado a los periodistas– bajó obedientemente las banderas cuando se lo pidió su jefe político, Julio Alak, a quien vivaban a coro: “Olé, olé, Julio, Julio”. Claro que después pidieron algo a cambio: le pidieron a Solá que besara una camiseta del “tripero”, y el gobernador -confeso hincha de River– accedió tras algunas dudas.
- Si hay una ciudad asociada con lo que fue la tendencia revolucionaria del peronismo, esa ciudad es La Plata. Origen de montoneros y núcleo estudiantil, varios dirigentes y militantes de la zona acudieron ayer a ese pasado mítico, con toda la simbología propia del caso: dedos en V, “presente, mi general” y recuerdos a “los muchachos peronistas”.
- Nadie está exceptuado del gag cómico. Esta vez le tocó al ministro de la Producción, Aníbal Fernández, que se cayó graciosamente del escenario cuando uno de sus compañeros se apoyó contra el telón y todo se vino abajo. Después, ante los periodistas, Fernández quiso justificarse y dijo que se tiró por iniciativa propia.

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