EL PAíS

Todos en la pista

 Por Mario Wainfeld

Ocho fórmulas presidenciales se anotaron para las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO). Un consenso invisible ligó a los que aspiran a llegar a la Casa Rosada: ninguno competirá en internas, que en algunos casos se decidieron con encuestas o con muñeca y en otros con secesiones. Varios candidatos ya lo fueron con anterioridad: Cristina Fernández de Kirchner, Eduardo Duhalde, Elisa Carrió, Alberto Rodríguez Saá, Jorge Altamira. Otro, Hermes Binner, asciende en un cursus honorum calculado: intendente, gobernador, ahora presidenciable. Ricardo Alfonsín se suma a las grandes ligas con el sustento del segundo partido del sistema político y una alianza impensable a comienzos de año, en la que el pragmatismo golea a la coherencia ideológica. Alcira Argumedo, ungida a último momento por Proyecto Sur, ejercita un intento testimonial. Deberá lidiar duro contra la exigencia del piso del uno y medio por ciento de los votos válidos emitidos, que también desafía al postulante de la alianza de izquierda. Casi todos los partidos sudarán la gota gorda por tener representación en todos los distritos cumpliendo ese requisito, exceptuado el Frente para la Victoria (FpV) y, acaso, la coalición entre Alfonsín y Francisco de Narváez. Estos dos postulantes son los emergentes de la elección de 2009 que mantienen cotización. El escenario general cambió mucho desde entonces, a favor del FpV.

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Del panradicalismo a la UCR colorada: El radicalismo fue el partido vencedor en el conflicto de las retenciones móviles, merced al protagonismo de Julio Cobos en su definición. El vicepresidente, un radical atípico que consigue terminar su mandato, dilapidó su potencial por dormirse en los laureles y creer en lo que contaban los medios.

El senador Ernesto Sanz fue un prospecto de probeta de los medios y las corporaciones. Ambos quedaron en el camino, vencidos por Ricardo Alfonsín ante quien, como el protagonista de Cafetín de Buenos Aires, se entregaron sin luchar.

La primera hipótesis de trabajo de la UCR y de Alfonsín fue comandar un espacio panradical, abierto algo a su centroizquierda. Reconciliarse con las hijas pródigas Carrió y Margarita Stolbizer, sumar a los socialistas y a Proyecto Sur. Limitaciones en el liderazgo, cierta dilución de la inicial perspectiva triunfalista y el giro hacia De Narváez dinamitaron ese proyecto.

Jugada pragmática por demás, el acuerdo con el camaleónico Colorado se santificará o lapidará según el resultado electoral. Los candidatos que se fueron agregando, incluyendo los aspirantes a vice en nación o en Buenos Aires, no capacitan para imantar multitudes o nuevas adhesiones.

Las sucesivas votaciones en provincias han mostrado flaco al radicalismo, circunstancia que (todo lo indica) ratificarán Misiones, Tierra del Fuego y la Ciudad Autónoma. Ese dato fue tabulado por los boinas blancas para virar a derecha, habrá que ver si eso contrapesa pérdidas de ciudadanos con otras perspectivas ideológicas o independientes. Hasta ahora, las encuestas no convalidan la jugada.

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Binner suma, Pino resta: El gobernador Binner es sensato, no sueña con llegar a la segunda vuelta aunque sí con acumular un caudal aceptable de votos, como base para una construcción futura. Hasta ahora se movió paso a paso, tomando riesgos que pudo sortear. Impuso su delfín en Santa Fe, pugnando con su propio partido. Antonio Bonfatti ganó la interna y puntea en las encuestas para gobernador aunque el gap con el diputado kirchnerista Agustín Rossi no le da margen para cantar victoria anticipada, una práctica siempre desaconsejable.

Binner rumiaba desde hace un buen rato vertebrar un frente de centroizquierda, aunque no desechó ir con Alfonsín hasta que éste torció su rumbo. Sumó, diríase ecológicamente, al partido Nuevo de Luis Juez, al GEN de Stolbizer y al conglomerado que encabezaba el diputado Fernando Solanas. La entente se sostiene en Santa Fe (el pilar del proyecto de Binner, el que siempre ranqueó en primer lugar) y en Capital. En el área nacional se desmadró al poco tiempo de acordarse. Solanas se abrió, disconforme con la forma en que se conformaron las listas. La reacción fue cuestionada y no acompañada por sus propios aliados del último bienio, Libres del Sur y el sector que encabezan Víctor De Gennaro y Claudio Lozano. Sin adentrarse en discutir la justicia o no de las operaciones de cierre la reacción de Pino trasunta más su personalidad e intransigencia que la soltura política exigible a quien aspira a gobernar y no sólo a testimoniar posturas. Centrifugó a su sector y a su bloque, no convenció ni a los propios. Todo cálculo contenido en esta nota se subraya por única vez pero vale para toda su extensión, es relativo por estar supeditado a los sondeos. Esto dicho, todos los protagonistas leen los sondeos (que divergen menos que en otras elecciones) para determinar sus ambiciones y sus tácticas. Solanas, bajo ese prisma, tiene menos potencial que Binner y Luis Juez, a quienes dejó de lado. El socialismo, ya se dijo, está bien en Santa Fe. Juez sigue siendo muy competitivo en Córdoba. Proyecto Sur parece sucumbir a la polarización en la Ciudad Autónoma, lejos de disputar un sitio en la segunda vuelta. En ese ranking, darse por ofendido y achicar un espacio en construcción parece una movida exorbitante, de improbable rédito y débil para convocar adhesiones.

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Panperonismo con más fugas que sumas: El Peronismo Federal también se galvanizó con la Resolución 125. Tenía dos presidenciables con potencial, uno propio y otro prestado: el senador Carlos Reutemann y el jefe de Gobierno Mauricio Macri. Si conseguía unirlos y mantener en el rodeo a De Narváez, podía suponer una elección con tres fuerzas en relativa paridad, como la de 2009. Como a los correligionarios, la falta de liderazgo los lastimó pero, a diferencia de éstos, no contaban con un partido que mantuviera al menos la fuerza propia.

La proliferación de candidatos, una vez desistidos “Mauricio” y “Lole”, trasuntó debilidad antes que riqueza. La carencia de afectio societatis polarizó y dividió al espacio. Rodríguez y Saá y Duhalde no supieron hacer una interna decorosa ni masiva. Van separados, Macri y De Narváez les quedan afuera.

Reutemann y Felipe Solá observan el devenir desde sendos “no lugares”: asentados en sus bancas con mandatos que tienen cuatro y dos años por delante. Se pronunciarán después de las urnas y pasarán facturas a los federales o al kirchnerismo o a ambos, según cómo se exprese el pueblo. Desde su propio interés quedaron relegados, su ausencia traduce las limitaciones para sumar del agregado federal.

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Coda: El cronista cree que en sistemas políticos estables son los gobernantes quienes ganan o pierden las elecciones. La saga de lo ocurrido desde 1983 hasta la fecha robustece la hipótesis.

Un inusual contexto de crecimiento económico y estabilidad política (comparado con los standards promedio en la Argentina) tonifica a los oficialismos nacionales, provinciales o municipales.

A nivel nacional, el kirchnerismo prima a interesante distancia, fortalecido por los resultados económicos y la dispersión opositora. Si la gestión y la visibilidad son sus fuertes, dialécticamente acunan sus debilidades. Parece estar más a merced de errores propios, de “fuego amigo” que de aciertos de sus adversarios. El escándalo provocado por las denuncias (a esta altura, ecuménicas) contra Sergio Schoklender es el ejemplo más cercano, que debería desalentar triunfalismos prematuros. Golpeó fuerte en el electorado porteño, debilitó al FpV y dio un aventón a las chances (de por sí altas) de Macri. En lo nacional el impacto fue menor pero no irrisorio. La vanguardia de la oposición, las corporaciones mediáticas, machaca sobre ese clavo ardiente.

Los postulantes opositores no agregan mucho a la agenda mediática. Los cierres de listas (con su lógica, no cuestionable en esencia, carga de zancadillas, roscas y trapisondas) no agregaron figuras vistosas o convocantes al diseminado Grupo A. Los discursos de los referentes opositores carecen de sugestión, por no hablar de los programas. Su bandera principal es terminar con el kirchnerismo, quizá no sintonice con las demandas colectivas más acuciantes.

A nivel nacional, no hay una oferta de centroderecha autodefinida como tal. De Narváez (que se maquilla con los radicales y con la itinerante Graciela Ocaña) y Macri (más asumido) sí enarbolan esa bandera en distritos grandes. Miguel Del Sel ansía hacerlo en Santa Fe, con los colores de PRO y un discurso pseudopopulista. Carrió, seguramente, quiere interpelar a ese target con la candidatura de Mario Llambías a diputado en la provincia de Buenos Aires. Tal vez la oferta atrase dos años. Llambías deberá sudar lo suyo para acceder a una banca. Curioso personaje el ruralista que alega que sus adversarios habitan en el zoológico, siendo él un gorila gutural que ama a las vacas.

Si las elecciones fueran hoy, nadie lo discute hablando en serio, Cristina Kirchner ganaría en primera vuelta. Serán dentro de cuatro meses, nada está cerrado hasta entonces. Los opositores apuestan a algún hecho descalificante, a que triunfos del socialismo en Santa Fe o del PRO en Capital tonifiquen a partidos distintos a los que pueden primar allí. O a que las primarias organicen el voto opositor, sea porque surja una opción polarizadora, sea por temor a una oleada kirchnerista. No son grandes bazas, pero son las mejores de que disponen. Mientras dure el juego, nada está definido. He ahí otro motor para una esperanza que hace dos años o tres rayaba más alto.

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