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“Mirá que ha hecho guita este hijo de puta”

El romance entre Duhalde y los gobernadores justicialistas del Frente Federal nació, creció y murió en poco más de dos meses. Desde mediados de septiembre a finales de noviembre. Desde que el puntano Adolfo Rodríguez Saa conquistó la presidencia del Consejo Federal de Inversiones (CFI), desplazando al pampeano Rubén Marín que lo odiaba, hasta que el misionero Ramón Puerta fue elegido presidente provisional del Senado, en reemplazo de su coterráneo radical Mario Losada. Un agitado período que incluye las elecciones de octubre y el congreso del PJ en Lanús, el 10 de noviembre.
Ya convertido en senador, el jugador de ajedrez se dio a la tarea de seducir a los gobernadores “federales”, que habían crecido con las elecciones de octubre y, con sus 22 senadores, podían determinar el perfil del cuerpo más desprestigiado ante la opinión pública pero más necesariopara garantizarle al Ejecutivo la continuidad y fluidez de su propio poder.
También necesitaba los congresales de las provincias federales para el próximo Congreso del PJ. Los “muchachos peronistas” de las provincias chicas servirían para disimular la presencia casi exclusiva del aparato bonaerense y sumarían votos para arrollar a los delegados menemistas. Por eso, redujo su perfil caudillesco, compuso su rostro más humilde y se dio a la tarea de cultivarlos sin pausa, jugando de visitante cuando hiciera falta.
Los federales acostumbraban reunirse públicamente en el CFI o en las distintas casas provinciales –como la de Salta–, pero las decisiones principales solían tomarlas en dos pisos muy cercanos, ubicados en uno de los barrios más elegantes de la ciudad: el del matrimonio Kirchner, en Uruguay y Juncal, y el del gobernador salteño Juan Carlos Romero, en la breve calle Parera, gozosamente emplazada en ese reducido circuito de lujo parisino donde se levantan, entre otras mansiones, los edificios belle époque de las embajadas de Francia y Brasil.
El grupo federal era heterogéneo política, ideológica y culturalmente, lo que daría lugar a gags de película cómica. Como el que protagonizó el formoseño Gildo Insfran la primera vez que iba a lo del gobernador de Salta.
Insfran no conocía del todo bien a este señor feudal salteño, de tez cetrina y gesto adusto, casado con una dama de la aristocracia provinciana, que se jactaba de su inglés con acento norteamericano, empleaba a represores de la última dictadura militar como Sergio Nazario, propiciaba la criminalización del conflicto social y había llevado sus ideas a la práctica con la violenta represión de los piqueteros de General Mosconi, donde fue asesinado Aníbal Verón.
El formoseño nunca había estado en el piso de la calle Parera, por eso, cuando Rodríguez Saa –de puro comedido– le abrió la puerta del departamento, dio por sentado que el puntano era el dueño de casa. El gobernador de San Luis lo hizo pasar al living, de colosales dimensiones, donde aguardaba, sentado en un confortable sillón, Juan Carlos Romero. Luego se metió a orinar en uno de los múltiples baños.
Insfran saludó al taciturno Romero, mientras observaba de reojo el gigantesco salón: las pinturas de firma y los tapices originales que colgaban de las paredes, los exquisitos adornos que poblaban mesas ratonas y esquineros, las mullidas alfombras que atemperaban los sonidos, la sosegada luz de la riqueza iluminando los metros cuadrados más caros de Buenos Aires, y se sonrió con malicia. Dirigiéndose a Romero, a quien suponía visitante como él, le dijo en voz baja y cómplice, señalando la puerta por donde se había escurrido Rodríguez Saa, el supuesto dueño de casa:
–¡Mirá que ha hecho guita este hijo de puta!

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