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Superpullman

El pullman del salón auditorium de Comodoro Py estuvo alternativamente poblado por ancianos con aspecto de marinos retirados y mujeres. Hubo presencias permanentes y ocasionales, pero las permanentes no fueron más de cinco personas. Un hombre que se mostró durante varios meses leyendo un libro llamado Con un muerto en el placard. Otro pasado de años con un bastón de bordes dorados señalado como el padre de Ricardo Cavallo. La supuesta mujer de Antonio Pernías. Alguna vez, la hermana del represor Alfredo Astiz. Los espacios se llenaron cuando los represores o sus abogados iban a tomar la palabra. A la columna de mujeres se sumó algunas veces Cecilia Pando. “Me impresiona mucho, y me interrogo sobre la ‘lucha’ de los familiares (de los represores)”, dice Miriam Lewin. “Sobre todo las mujeres, que escuchan los crímenes aberrantes cometidos por sus hombres de boca de las propias victimas: ¿cómo pueden articularse en organizaciones de defensa revestidas de reclamos por el respeto a los derechos humanos como las que vimos que aparecieron en este tiempo?”. Cuando la fiscalía acusó a los represores por violencia sexual imaginó en eso un espacio donde podía desarmar argumentalmente la lógica de la guerra con la que todavía se defienden: ¿guerra de qué era abusar sexualmente de detenidas y detenidos? Ellas, sus mujeres, de todos modos siguieron aplaudiendo. Como si no escucharan o siguieran atadas a algún otro lugar. Como lo harán probablemente el miércoles que viene cuando termine el juicio, como lo hacen en cada final.

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