EL PAIS › MERCEDES CALZADO, DEL GINO GERMANI

“El miedo politiza”

 Por Soledad Vallejos

“El asesinato de este chico da cuenta de cómo se pone en práctica de la forma más horrorosa una visión del mundo: qué pasa cuando se descree de cualquier garantía individual y sólo se cree que el delincuente es un residuo social”, observa la investigadora del Conicet y el Instituto Gino Germani, Mercedes Calzado. La muerte de David Moreyra, señala Calzado, es también una evidencia de que hay muertes en las que sí importa quién fue la persona y otras en las que “son fantasmas, muertes silenciadas que pasan sin dejar huella”, porque esas personas, aun cuando sean asesinadas, “dejan de ser entendidas como víctimas, como pasó con el caso de Candela Rodríguez, como pasa con David Moreyra”. “Lejos de despolitizar, el miedo lo que hace es generar comunidades, comunidades del miedo, del temor”, explica.

En primer lugar, la investigadora señala que el asesinato de Moreyra, linchado el sábado de la semana pasada y fallecido el miércoles en un hospital, evidencia “la naturalización mediática de lo que es la muerte de un delincuente”.

–¿Qué sucede con la circulación de estas noticias?

–Hay que preguntarse cuántos caracteres se escriben sobre una muerte cuando el asesinado es un delincuente. Regularmente, los medios invisibilizan estas muertes que no son noticia, que con suerte se transforman en un cable picado en un pequeño recuadro, algo que muestra un poco cómo se transforma, para el relato social en general y los medios en particular, en un sujeto sin biografía; son fantasmas. Por ser fantasmas ellos, son muertes que deben ser silenciadas, que pasan sin dejar huella. Y lo que se visibiliza aparece cuando existe la espectacularización de alguna muerte. La de Candela Rodríguez fue una muerte visible y una muerte de todos en tanto era parte del no-sotros-víctima. Cuando la familia dejó de ser vista así, porque se relacionó a su padre con otros nombres, otras actividades, también a la madre, y cuando ella misma dejó de ser víctima porque se debatió si era una niña sexuada y cuánto, Candela Rodríguez también se transformó en un fantasma.

–El asesinato de Moreyra es también la puesta en acto de una idea de venganza inmediata, no de justicia.

–Su asesinato da cuenta de cómo se pone en práctica de la forma más horrorosa una visión del mundo: qué pasa cuando se descree de cualquier garantía individual y sólo se cree que el delincuente es un residuo social y, como tal, es una bolsa de basura que puede ser desechable sin más.

–En este caso, ni siquiera es una versión de la idea de que un delincuente debe pudrirse en la cárcel.

–Claro, en la cárcel no se puede pudrir porque es un residuo. Ni siquiera llega a esa instancia de que en la cárcel deberían ser reeducables, que pasa de nuevo a ser un sujeto biográfico, que puede tener un futuro. Acá, en cambio, en este presente es alguien que nunca existió y que nunca debió haber existido.

–¿Cómo podría leerse el linchamiento como reacción?

–Creo que demuestra que, lejos de despolitizar, el miedo lo que hace es generar comunidades. Los grupos de “vecinos indignados” o “vecinos preocupados” que aparecen en Facebook, y en los que se debate este asesinato, son muestras de comunidades del miedo, comunidades del temor. Son los vecinos hartos de la inseguridad y que, como tales, parecen tener la legitimidad para asumir posturas y prácticas concretas que muchas veces son absolutamente antidemocráticas. En ese sentido, como el miedo politiza, hay que leer esto también a la luz del debate, o del intento de no-debate, en torno del Código Penal.

–¿En qué sentido?

–En el sentido de que, como politiza, el miedo es el que permite asumir una postura de rechazo a determinado tipo de modificaciones y de debate en función de lo que tiene que ser un orden social. Es algo que no está en debate. Es algo que, de la misma forma que un delincuente, comprende normas que tienen ser silenciadas. Si no hay leyes, como parecen decir estos vecinos, entonces no hay necesidad de debatir nada en función de una norma social compartida. La seguridad se individualiza: cada uno de nosotros, como pasó en el barrio Azcuénaga, parece ser responsable de dejarnos robar. Si estás en un barrio y no te hacés responsable de tu propia seguridad, tenés todas las chances de ser una víctima más. Lo que parecen haber tomado estos vecinos es la sartén por el mango, es una suerte de privatización extrema de la seguridad. Pero ya lo vimos: el hartazgo se convierte en acto, y como sucede con cualquier asesinato, este asesinato es inmediatez. Es un malón de ciudadanos bien, en cierto sentido.

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