EL PAIS › OPINION

De Agustín Tosco a Milagro Sala

 Por Diego Tatián *

En la mañana de un remoto verano que se estaba yendo, exactamente el 17 de marzo de 1972, los trabajadores de Luz y Fuerza de Córdoba leían en las páginas 3 y 4 de Electrum esta carta:

“Buenos Aires, 2 de marzo de 1972, Cárcel de Villa Devoto

Dr. Arturo U. Illia
De mi mayor respeto

Me dirijo a usted para hacerle llegar un cordial saludo y, en especial, todo mi reconocimiento a su permanente preocupación por mi situación. El Dr. Hipólito Solari Yrigoyen me ha comentado las reiteradas trabas que han opuesto los funcionarios del régimen para que usted pudiera verme nuevamente en este penal. A pesar del impedimento, quiero decirle que para mí es como si usted hubiera estado aquí, y esa solidaridad la aprecio en todo su inestimable alcance. La torpe actitud de los censores burocráticos no hace más que enaltecer su amistoso gesto. El Dr. Solari Yrigoyen también me refiere lo principal de su actividad cívica en defensa de los derechos del pueblo. Asimismo en varias oportunidades he podido leer declaraciones suyas sobre el momento que vive nuestro país; en particular me he sentido muy satisfecho por sus respuestas al cuestionario que le presentó el diario La Capital de Mar del Plata, y me permito extraer una frase de indudable significación para la actualidad: ‘O defendemos el estado de derecho o aceptamos el estado de hecho, característico del actual régimen. Aquí caben toda clase de discriminaciones disimuladas y explicadas con un fariseísmo deprimente, que pretende transformar al ciudadano en súbdito’ [...] Por último quiero decirle que pese a esta arbitraria represión que se me aplica, me siento bien física y espiritualmente. Desde aquí coopero con mis compañeros en lo que me es posible, y espero confiado el día de la libertad para continuar como siempre en el trabajo y en la lucha. Le pido al Dr. Solari Yrigoyen que tenga a bien hacerle llegar esta carta para que le transmita junto con ella una vez más todo mi reconocimiento. Salúdale con mi mayor consideración, Agustín J. Tosco.”

Tosco era amigo de Illia, y también de Alfonsín (“tengo relación de amistad con el doctor Alfonsín, con el doctor Storani y con el doctor Illia”, reconocía en una entrevista para la revista Imagen de 1972), con quien participó en una mesa –que completaba Cámpora– para discutir los grandes problemas de la clase obrera y pedir “por la libertad de los compañeros presos, políticos y sociales, por la derogación de la legislación represiva y en forma inmediata por el alivio de la situación que viven en el penal, especialmente en Rawson”.

Esta sensibilidad de Illia por la suerte de los luchadores populares que no pertenecían a su partido y la solidaridad con ellos es legataria de la tradición que en Córdoba se designó como “radicalismo rojo” –a la que perteneció Raúl Barón Biza, quien dejó como testimonio de su compromiso el libro Por qué me hice revolucionario y luego financió con su dinero los trenes que trasladaron a Buenos Aires a cientos de cordobeses cuando murió Yrigoyen–.

Cuarenta y cuatro años después del frustrado intento de Illia por visitar en la prisión a un dirigente sindical combativo injustamente encarcelado para manifestarle su solidaridad, un gobernador de su mismo partido encarcela injustamente a una dirigente social combativa que por primera vez en la historia de su provincia organizó una pacífica rebelión cultural contra una historia de desprecio social, económica y racial que dura desde hace 500 años.

Hay un significado por desentrañar en esta saga de continuidades y rupturas. Si cambiamos algunos nombres, lugares y tiempos, la carta de Tosco pudo haber sido escrita en estos días por Milagro Sala hacia algún compañero en gratitud por la solidaridad recibida (la de Francisco no fue la menor). A su modo, es también una carta de Tosco a Milagro, el mensaje involuntario de un luchador a su heredera, el legado invisible del deseo de emancipación que reemprende su obra una y otra vez.

Como sabía Tosco, también Milagro sabe que su mejor arma es la paciencia activa recibida en ofrenda por las muchas generaciones que la antecedieron en la humillación; una sabiduría de que el tiempo adverso, antes o después, cambiará de signo; la certeza –que sin embargo no mitiga la angustia del encierro– de que la historia grande le deparará su reconocimiento y de que el gobernador Morales, un hombre pequeño movido por el desprecio de clase, obtendrá el justo repudio del porvenir.

Entregado el radicalismo –para grave daño de la democracia argentina– a secundar las peores versiones de la derecha antipopular, casi no han quedado en la actualidad rastros de su mejor tradición –sostenida apenas por el expulsado Leopoldo Moreau–, pero de alguna manera, como a través de un vidrio opaco, el recuerdo de ese reiterado y conmovedor fracaso de Illia –presidente depuesto hacía pocos años sin que ello fuera útil a su propósito– por visitar a un dirigente sindical marxista en la cárcel de Villa Devoto mantiene, intacta, la potencia de su símbolo sin herederos.

* Profesor de la Universidad Nacional de Córdoba.

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