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Un camino sin retorno

 Por Martín Granovsky

El presidente Néstor Kirchner es la única persona que puede sonreír cuando dice esta frase: “Este es un camino sin retorno”. Página/12 pudo saber que la aplicó ayer mismo, en charla privada con sus funcionarios y los legisladores que lo acompañaban, al volver de Brasilia de la entrevista con Luiz Inácio Lula da Silva. La idea de que no hay retorno se refiere a la relación con Brasil y la reconstrucción del Mercosur como única jugada posible de la política exterior argentina. Lo inevitable parece gustarle a Kirchner. Puede ser un político realista jugando el juego que más le gusta.
El Presidente había estado en Brasilia cuando ni siquiera era presidente electo. Fue a principios de mayo, después de su segundo puesto en la primera vuelta, aunque con la noción clara, en Brasil y en la Argentina, de que Carlos Menem no estaba en condiciones de ganar el ballottage. Allí empezó a poner en práctica su discurso. La política como clave de la integración. Sudamérica como el marco. El Mercosur como bloque de negociación. Y una relación muy sólida con Brasil como el inicio de todo. En ese momento Kirchner no conocía a Lula, pero se encontró con que el nordestino decía lo mismo y usaba palabras similares. A veces esto pasa cuando dos cancillerías trabajan una visita. Liman hasta las formas de expresar las cosas como si tejieran un guión sobre el que, después, los presidentes se mueven sin miedo a chocar con obstáculos. No ocurrió lo mismo en aquel viaje. El canciller era Carlos Ruckauf, de nula confianza política y personal con Kirchner. Lo que sucedió fue producto de la coincidencia más absoluta entre Lula y Kirchner, y la sensación de ambos de que un triunfo del segundo era vital no solo para la Argentina sino para que Brasil se quitara de encima la molesta sensación de una daga junto a las costillas.
La novedad del acto de ayer en Brasil no fue la amabilidad de Lula hacia Kirchner y la Argentina. Lula siempre es amable. Representa, además, una ruptura de la política brasileña, porque el Partido de los Trabajadores incorporó a los pobres al gobierno, pero es un negociador tan fervoroso como cualquier dirigente de su país. El PT tiene solo 91 diputados sobre más de 500 y pese a esa condición de debilidad relativa en el Parlamento está consiguiendo acuerdos con los otros partidos.
Lo nuevo no es el kit de habilidades de Lula, y tampoco la actitud abierta de Kirchner hacia su vecino, sino que ambos hayan definido la relación entre Brasil y la Argentina como estratégica y hayan puesto la política por encima de todo. Parecen palabras, pero política es lo que ambos están haciendo en el gigante injusto y su socio empobrecido. Ayer, en Brasilia, fue el día en que quedaron enterradas las relaciones carnales. Ese es el camino sin retorno.

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