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Discurso de exclusión

María Florencia Alcaraz reflexiona sobre el discurso empleado en ciertas instituciones educativas convirtiendo la palabra en una herramienta de exclusión.

 Por María Florencia Alcaraz *

Es importante reflexionar sobre el rol de la educación pública en términos de las variables inclusión/exclusión, pero ya no desde las prácticas sino desde el lenguaje. Son conocidas las prácticas que de alguna forma van expulsando progresivamente a aquellos que no pueden sostener su escolaridad: trabas burocráticas, problemas de vacantes, expulsiones sin sentido, etcétera. Sin embargo, poco se habla del discurso empleado por las instituciones educativas que, en algunas ocasiones, se convierte en un arma poderosa en un campo que atraviesa lo físico con fuerza: el campo de lo simbólico.

Una escuela pública inclusiva, preparada para la inserción real y significativa de los niños y adolescentes que por ella transitan, dispuesta a garantizar el derecho a la educación de los chicos como así lo establecen diversos tratados internacionales y nacionales, debería comenzar por reparar en las formas excluyentes que adquieren muchas veces determinadas expresiones y términos característicos del discurso educativo. Una escuela que llama “desertores” a quienes deben abandonar su formación educativa por diferentes adversidades sociales, culturales y económicas es una escuela que estigmatiza a muchos niños y jóvenes con palabras que ni siquiera le son propias. Una escuela que se convierte en un espacio exclusivo para unos pocos y excluyente para muchos.

Macarena tiene 15 años y, aunque debería estar en la secundaria, aún no logra terminar 6º grado. La secretaria de la escuela de Laferrère, en el partido de La Matanza, a la cual asistía no quiso reincorporarla porque según ella la chica es una “desertora”. “No sé ni qué significa, pero me dijo eso. Yo nada más sé que el año pasado me quedé libre porque tenía que faltar para cuidar a mis hermanos”, dice la chica, inquietada por el término que utilizó la secretaria de la escuela.

No solamente se lo dijo a través de la charla, sino que la mujer lo reafirmó de manera escrita en el formulario donde le brindaba el pase a otra escuela. La palabra, en este caso “desertor”, se convierte en una herramienta de exclusión. Vocablos como éste y otros tantos distancian a los niños y jóvenes de un espacio que deberían sentir como propio.

El uso cotidiano y rutinario de estos términos, sumado a la vorágine de un trabajo cuerpo a cuerpo diario, no colabora con espacios de reflexión en donde se repiense el lenguaje utilizado en pos de una inclusión social.

El Diccionario de la Real Academia Española define a un desertor como un “soldado que desampara su bandera”. Además de militarizar la institución educativa, el término esconde la transferencia de responsabilidades que realiza la escuela pública al momento de pensar en las causas del abandono del niño o joven. Es decir, es el estudiante el que “desampara” a la escuela y no la institución la que no propició las estrategias y alternativas suficientes pertinentes para que el estudiante pueda sostener su formación, superando los diferentes escollos económicos y sociales que no les brindaron posibilidad de elección.

Sin dudas, pensar en una escuela pública más inclusiva es pensar en una escuela que abrace a los niños y jóvenes también desde la palabra. Una escuela pública para todos y todas debería abordar el discurso desde una mirada integradora que los haga sentir parte.

* Comunicadora social de la Universidad Nacional de La Matanza, periodista y educadora.

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