LA VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACION

El juego de la vida

Marta Riskin asegura que a cinco años de la ley 26.522, la batalla cultural se ha profundizado, pero sostiene que, frente a las resistencias al cambio, los comunicadores del campo popular disponen de herramientas para desarmar las iniciativas de subordinación de conciencias, sin aceptar provocaciones.

 Por Marta Riskin *

“Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos.”

Julio Cortázar (1914-1984)

La empresa MB Company creó El juego de la vida en 1860. A partir de 1960 comercializó nuevas versiones. En todos los casos, el tablero propone convertirse en el jugador más rico y el destierro de los perdedores al ostracismo filosófico. Cada lanzamiento contó con la opinión de prestigiosos cientistas sociales.

Hubo quienes certificaron que se trataba de un mero divertimento. Otros, opinaron “cuando se juega, algo se aprende”, pero que los efectos serían nimios frente a la inadaptación que produce en los jóvenes alejarse de las modas y costumbres de sus pares.

Las curiosas coincidencias políticas e históricas de las sucesivas apariciones del jueguito fueron alertadas por unos pocos investigadores desacatados. Sus señalamientos y predicciones fueron prolijamente descartados por suspicaces, pueriles o conspirativos e ignorados por el gran público.

No fue el único caso.

Las sociedades democráticas se precian de tolerar casi cualquier discurso, siempre y cuando no involucre al mundo de la infancia. Los niños, incluidos nuestros tiernos niños interiores, son depositarios de ideales y valores que deben preservarse pues, sobre ellos, descansa el futuro.

Si el develamiento de los sutiles mensajes de juguetes y ficciones se considera, cuanto menos, de mal gusto, es porque se registra que la denuncia de vínculos escabrosos entre el mercado y sus objetos abre demasiadas puertas y no todas son para ir a jugar.

Si alguien, por ejemplo, localizara curiosas semejanzas entre juegos corporativos y ficciones de distribución global, también podría tropezar con un argumento básico que incita a la violencia y premia al que mejor roba, mata, viola o trafica. Incluso podría imaginarlos como estímulos y relacionarlos con episodios similares en los patios de las escuelas, las calles del barrio u otros escenarios.

O, por caso, un ciudadano argentino podría interesarse e interpretar la muletilla opositora del “relato” y creer que encubre el propósito de calificar como “ficción” a otras propuestas. Más aún, intuir el triple objetivo de apropiarse de “lo real”, de “la voz adulta” y de la “autoridad moral” para conducir los destinos de una sociedad inmadura.

Hace tan solo una década, lecturas de propuestas ideológicas subyacentes a los productos culturales como las anteriores, se consideraban fantasías propias de siniestros claustros. El intenso trabajo práctico y colectivo que convirtió a la semiología crítica de la cultura de masas en una herramienta callejera y cotidiana permite dudar de estos contenidos, pero ya no ignorarlos.

Tal como ocurre en otras disciplinas, los cambios en la comunicación social se iniciaron con ingeniería de reversa. A la deconstrucción de productos y mensajes, siguió la identificación de falacias y operaciones variopintas, los cuestionamientos a las armadurías de conflictos y una mejor distribución de la palabra.

Hoy, se dispone de creaciones y diseños con alto valor agregado y tanto pueden discutirse los condicionamientos subliminales del destino popular como la sugerencia de desterrar las raíces de su memoria al mundo académico. Interrogarse acerca de los modelos culturales, siempre equivale a trabajar sobre nosotros mismos.

A cinco años de la ley 26.522, la batalla cultural se ha profundizado. Al reconocimiento que los hechos culturales –del ajedrez al tango, del asado a un misil, de la conducta de los jueces a un Código Civil– son partes de un discurso mayor que los organiza como signos; ha seguido el paciente desmonte de trampas de gritos y palabras con sus precios o descuentos y, la creciente y firme voluntad mayoritaria de respetar la ley.

En paralelo, corporaciones y voceros mediáticos comercian la crispación que los afecta y apuestan a que la injusticia bloquee, de nuevo, su completa aplicación.

No necesitamos corear sus intenciones destructivas. Se trata de acompañar una gestión política rica en logros y tan capaz de plantar debate sobre temas estratégicos –desde las deudas externas a la paz mundial– en foros nacionales e internacionales como de resistir bravatas, eludir fundamentalismos y apelar a la solidaridad humana y al bienestar común.

Los comunicadores del campo popular disponemos de las herramientas para exhibir cada proyecto de subordinación de conciencias y el desafío de visibilizarlos sin aceptar provocaciones.

Cuando la ciudadanía puede elegir con alegría y a conciencia entre diferentes juegos de la vida habita la casa que alberga los más bellos sueños para el futuro.

Y lo mejor es que falta mucho por hacer.

* Antropóloga, Univ. Nacional de Rosario.

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