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El tiempo es atención

Juan Pablo Ringelheim recuerda la frase “el tiempo es oro” acuñada como slogan y creencia del sistema capitalista y discute una nueva presunta certeza: “El tiempo es atención”.

 Por Juan Pablo Ringelheim *

“El tiempo es oro” es una frase y una creencia grabada con profundidad en la mente capitalista. Tal vez haya sido el slogan publicitario más eficaz jamás inventado: la humanidad cambió su modo de vivir. Desde entonces el tiempo debe ahorrarse como el oro, hay que saber invertirlo, nunca debe perderse. “El tiempo es oro”, sintetizó el espíritu de un sistema económico para el cual los bienes requerían un tiempo lineal de producción en la fábrica, y los obreros tenían un tiempo de trabajo para vender al patrón a cambio de un salario. Según el norteamericano Benjamin Franklin, ya en el siglo XVIII quien perdía el tiempo, quien lo dejaba drenar por la alcantarilla del ocio y el vicio, era un desertor del sistema. La unión del tiempo con el oro también puede haber sido la fórmula tanto tiempo buscada por los alquimistas. Ya no para hacer del plomo el metal precioso, sino del tiempo, de fuente eterna. Las cosas empezaron a cambiar.

En las últimas décadas la tecnología redujo el tiempo necesario para la producción de bienes materiales. La revolución informática fue vendida al mundo como un extraordinario modo de ganar tiempo. Las computadoras (y en general la automatización de la producción) llevaron a la humanidad a ahorrar el tiempo que ahora podría invertirse en actividades ajenas al trabajo como la recreación, la familia y los amigos, el arte. Sin embargo, es frecuente escuchar y decir que el tiempo falta. Hay tiempo sobrante en la casa, en el lugar de trabajo, en el transporte, en las salas de espera, pero decimos no tenerlo. ¿Qué es el tiempo que no se tiene? El tiempo que no se tiene es atención. Y la atención, esa energía libidinal, es limitada como lo fue el oro.

“El tiempo es atención” podría pensarse como el slogan publicitario de un sistema capitalista que ha dejado de ser únicamente productor de bienes materiales para pasar a ser productor de unidades de sentido, de signos. Franco Berardi lo llamó “semiocapitalismo”. Un logo empresarial, una nota periodística, una página web, un objeto de diseño son unidades de sentido por las que se paga dinero. El diseñador, el publicista, el periodista son obreros del semiocapital. Pero también el semiocapitalismo se sirve de muchos trabajadores ad honorem: un tuit, un estado en Facebook, una foto subida a Instagram, son signos puestos en circulación sin renta monetaria a cambio. Cabría la pregunta de si los seguidores, los amigos, los favoritos, los “me gusta” que se obtienen a cambio del trabajo son formas actuales del oro. En verdad son unidades de atención.

Los trabajadores ad honorem del semiocapital, todos los usuarios, se conectan para brindar un flujo incesante de signos a Internet: una idea ingeniosa, una definición política tajante, una parodia picante, un estado de ánimo diseñado, una canción kitsch olvidada y ahora educada, muchos productos de la infancia. A su vez, ante su vista pasa el flujo incesante que han creado otros, pasan signos ya manufacturados como una foto o una frase, y con esos signos como materia prima se pueden crear a su vez signos nuevos: memes, por ejemplo, citas, o dar “me gusta”, “retuits”. En el semiocapital el trabajador combina y recombina permanentemente signos circulantes. Y cada signo que circula debe tener la capacidad, la cualidad, de capturar atención. Subir a Facebook una foto de la infancia para lograr atención posiblemente sea un acto un tanto desesperado. Cada usuario debe ser experto en crear los mecanismos más sutiles de captura de la atención.

Pero también, además de pedir atención cada trabajador adhonorem da atención. La radio y los diarios por la mañana, WhatsApp, Facebook, Twitter, mails, las pantallas de todos los artefactos convocan, exigen, capturan su atención. La recreación online, la familia y los amigos en las redes sociales, el arte que sube y baja, ya son formas del trabajo no rentado. Sería sencillo tomar una posición reactiva y decir que en esta edad de la técnica la gran maquinaria social presiona la energía libidinal de la atención y la exprime. Pero quienes son expropiados de su atención desean participar activamente en la radio, los diarios, WhatsApp, Facebook, Twitter, mails, una clase, una conferencia y las mil pantallas. Los trabajadores ad honorem dan y desean capturar la atención para obtener así la risa, el recuerdo, el gusto, el comentario y otras manifestaciones del cuerpo atento del otro (porque la fuente de la atención es el cuerpo). Hasta que la atención de agota. Los receptores orgánicos se irritan. Y el cuerpo del hundido intenta descansar.

* Docente UBA/UNQ.

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