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La gente, el periodismo y la sorpresa

José Luis Petris analiza el uso del término “gente” y las implicancias que ello tiene en la construcción de los mensajes.

 Por José Luis Petris *

Por suerte es más común que en otras épocas escuchar algunas prevenciones acerca del uso del término “gente”. “La gente piensa que” algo es de determinada manera, o “la gente se pronunció e hizo saber” que su voluntad es tal, o “hay malestar entre la gente”, o “la gente no sabe qué esperar” son ejemplos de un uso retórico de “gente”, en su antigua acepción: intento de persuasión. “Gente” es, en estas sentencias, sólo argumento, cuantitativo, poderoso, porque actúa como sinónimo de mayoría, pero también un argumento cualitativo, no menos poderoso, porque “la gente” es “la gente común”, la que merece nuestros mayores respetos y principales esfuerzos (enunciación soberbia y casi siempre hipócrita). Por suerte, decía al comienzo, este uso retórico de “la gente” es más cuestionado que antes, aunque no lo suficiente, y muchas veces de manera pobre y/o falaz.

La gente es una categoría tal como lo es la ciudadanía, las mujeres, los jubilados (“nuestros abuelos”, algunos dicen para fortalecer sus argumentaciones), los niños, los trabajadores, los inmigrantes, los creyentes, los intelectuales, etc. Y como tal es absolutamente legítimo utilizarla cuando queremos analizar, pensar y hablar sobre aspectos y componentes de nuestras sociedades, regiones, países, ciudades o comunidades. Lo es aunque todos sepamos, y muchas veces olvidamos, que son construcciones teóricas, abstractas, ya que los que existen son los individuos que trabajan, estudian, protestan, disfrutan, militan y mil cosas más, a veces colectivamente, otras no. A veces con conciencia de participar en la construcción del devenir común, pero la mayoría de las veces sin esta conciencia. Fácticamente, “la gente” no existe: nadie fue capaz de ver a “la gente”, o a “los niños”. Apenas podemos ver y conocer a algunas personas, a algunos chicos, y a partir de ellos nos hacemos representaciones de “sus” colectivos de pertenencia (por medio de la mayoría de las veces de una inducción despreocupada: desde algunos casos, que siempre son pocos, inferimos que el todo es así, igual a esos casos). Se trata de un extraño fenómeno si tomamos conciencia de que “aprehendemos” a reconocer qué le pasa a “la gente”, que curiosamente no nos incluye porque por definición “la gente” es siempre un otro, desde también lo que nos pasa a nosotros (otra categoría de la cual deberíamos desconfiar), desde lo que sentimos y pensamos nosotros (que sí nos incluye) y que, por lo tanto, concluimos, lo mismo debe sentir, pensar y pasarle a “la gente”, ese otro.

“La gente” es una categoría sociológica, común también en otras disciplinas, que exige para su utilización de decisiones teóricas (a qué llamamos “la gente”) y respetos metodológicos (qué y cómo debe observarse aquello que nos permita describir a la gente en un determinado momento). Pero “la gente” es también una figura del habla cotidiana, del discurso político y de la práctica periodística. Y es en estos casos donde es utilizada antes como un argumento retórico que como sujeto u objeto del debate, el compromiso o la información. “La gente” se convierte así en un lugar común (vacío), paradójicamente de peso, para sostener ideas y posturas no siempre fáciles de defender sin ese uso de “la gente”.

En el periodismo, además, se manifiesta una curiosa paradoja: la gente es, casi por definición, el destinatario de su trabajo; y la gente suele ser, con mucha frecuencia, objeto periodístico. Es decir, el periodismo suele informarle a la gente sobre la gente; suele indagar a la gente para contarle a la gente lo que la gente piensa, disfruta o sufre. La paradoja se resuelve sólo con la otra paradoja ya apuntada: el lector de un diario (por ejemplo) que lee lo que el diario le informa sobre la gente no es en tanto individuo, como vimos, parte de la gente, aunque la categoría “la gente” lo incluya y él lo sepa.

Y entonces la sorpresa. Ocurrió con la concurrencia masiva y alegre a los festejos por el Bicentenario. Y volvió a ocurrir con la cálida y numerosa recepción que se le tributó a la selección de fútbol a su regreso al país tras su eliminación del Mundial. El periodismo habló de sorpresa y/o actuó con sorpresa ante ambos hechos. Y lo sigue haciendo. Y sobre esta sorpresa, sobre “la gente”, sobre la gente y sobre el periodismo corresponde apuntar algunas cuestiones. En primer lugar que ese periodismo que suele evaluar las gestiones gubernamentales y las acciones políticas desde y con el humor de “la gente” es el mismo que se sorprende con algunas manifestaciones de la gente. Es el mismo periodismo que muchas veces habla por “la gente”, que se arroga su representación, el que se sorprende por “imprevistas” acciones de la gente. Y con esa sorpresa, le cuenta a la gente lo sorpresivo que hizo... la gente. Es decir, le manifiesta a la gente su sorpresa ante ella. Y la “representa”. Y la usa.

La sorpresa tiene siempre dos posibles explicaciones: sorprende lo que no se corresponde con lo esperable según determinada lógica o norma que compartimos, o sorprende lo que se corresponde con una lógica o norma existente pero que desconocíamos. Lo inesperado de la sorpresa ocurre cuando una lógica o norma se rompe, o porque la lógica o norma en la que creíamos era incorrecta. ¿Qué generó “la sorpresa” ante los festejos por el Bicentenario? Que fueran revisados, muy analizados y retorizados tratando de descubrir qué fue lo que había ocurrido y por qué (también muy escritos y hablados para tratar de cargarlos con determinados significados, los útiles para los propios intereses). Es lo que podríamos llamar un exceso de semiótica: si un signo es siempre algo que remite a otra cosa, los alegres y masivos festejos del Bicentenario, por sorpresivos, no podían ser esencialmente eso, alegres y masivos, debían estar escondiendo otra cosa, debían significar otra cosa, exigían una lectura política de otro orden, cuando el hecho político significativo, irrefutable, novedoso para parte de la clase política y del periodismo, ¿novedoso para la gente?, fue que los festejos fueron masivos y alegres. Con el regreso de la Selección se repitió la misma sorpresa. De nuevo la gente no se comportó como debía comportarse “la gente”. La gente, como con el Bicentenario, convierte a la sorpresa en noticia. ¿A la sorpresa de quién? Parte del periodismo se sorprende con la gente, e informa a la gente de la novedad de la sorpresa que ella misma (le) ocasionó. Y le explica por qué actuó así (ella, la gente). En ambos casos hay poca introspección, poca humildad, poca sinceridad. Hay poca revisión de si la sorpresa no se debe a que no conocemos tanto a “la gente”. Que no se conoce tanto a esa “gente” sobre la que el periodismo se propone cada día informar a la gente, “representándola”.

* Semiólogo, profesor del IUNA y la UBA.

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