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Esencias

Por Mirta Noemí Couto *

Cuando la Argentina se ilusionaba con ser “rubia de ojos azules” y el mundo parecía estar a nuestros pies, me fue accesible el placer de la compra de perfumes importados, aquellos que antes parecían “ajenos”, con mi tarjeta de crédito –cuasi goma– en cuotas empezaban a llegar a mi casa y a mi cuerpo.
Así las cosas, en ese tiempo fatuo, mientras por debajo el mundo se hundía, por arriba el primer mundo venía en frascos de variadas formas y colores, casi todos los meses a mi vida sencilla.
Fue en ese entonces en que comencé a coleccionar bellos frascos vacíos alrededor de mi bañera. Cuando en las noches me sumergía en ella, poniéndole –por supuesto– alguna que otra sal de baño –obviamente importada–, podía observar mi reino de perfumería, como un general a su ejército, henchida y orgullosa y revistaba la tropa de París o de Italia con el poderío del triunfo.
Habitualmente, desde mi trono de aguas, tomaba al azar uno de mis logros y lo destapaba suavemente y experimentaba el dulce sabor que aún flotaba en el atomizador.
Un día –que yo sabía que llegaría– la fantasía todo-posible se esfumó dejando un tendal de víctimas que salían a la superficie a reclamar lo perdido, cosas y seres más trascendentes que un gustito privado.
Con la caída, se fue el resto de aromas foráneos que me envolvían cada mañana. Por suerte, yo siempre supe de lo efímero de la experiencia, y así lo asimilé, con calma, resignándome con humor a mi suerte, disfrutando de tomar las muestritas de cartón que me cedían, generosas, las promotoras de algunas perfumerías céntricas.
Pero el destino me cruzó con un lugar en Congreso donde venden esencias naturales. Desde la primera vez que entré me subyugó el olor a vainilla, a rosas, a canela, a fresias y a desconocidas esencias como el benjouli. Todo se envasaba allí mismo en pequeños frasquitos iguales.
La naturaleza llegaba a mí, desde distintos lugares del país, y yo dejaba que me invadiera. Una tarde tomé uno de los viejos frascos del pasado y, gota a gota, comencé a mezclar mis esencias. Probé en mi aire y en mi cuerpo, y me gustó y gusté. Yo me respiraba diferente, con la marca de lo casero, la dosis necesaria para crearme un aroma que sólo me identifique a mí, como una huella dígito-pulgar, sin dependencias para con el mercado, sin que decidieran por mí desde algún lejano punto del planeta. Yo, desde mi casa, subvertí el destino de lo ajeno y me apropié de ello, una creación sin etiquetas, sin precio, pero con el valor de lo propio hecho con lo propio.

* Lectora
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