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Miniturismo

 Por Marta Dillon

El camino es siempre promesa. Basta mirar el mapa, uno cualquiera, y dibujar con el dedo los destinos posibles para empezar a gozar de lo que puede resultar de una breve visita por un pueblo llamado Guaminí, por ejemplo, en el que se pasará la noche antes de seguir por ese camino secundario, tal como lo diseña, así entrecortado, la guía YPF, verdadera biblia de los amantes del miniturismo, con sus estaciones de servicio señaladas con mínimas flechitas y sus campings con carpitas y los salares con puntitos blancos y los bosques nacionales con esos árboles imposibles, mitad pinos mitad palmeras. Basta decidirse, contar con un mínimo de combustible en el auto –y sí, para el miniturismo es necesaria la autonomía–, el termo para el agua caliente, la canastita del picnic y después que el camino extienda su alfombra gris debajo de nuestras ruedas. Claro que hay que tener el espíritu dispuesto a no llegar a ningún lado, o llegar a cualquiera, que es lo mismo. Estar listo para las plazas rectangulares de los pueblos perdidos de la ruta, sus hoteles de sábanas húmedas o los baños populares de los campings familiares. Todos tienen su encanto, algún detalle de arquitectura –hay que ver cómo se da el art noveau y hasta el bauhaus en el interior recóndito de Buenos Aires–, el esperpéntico homenaje al ignoto fundador, un paseo para enamorados. Más tarde o más temprano alumbrará una laguna, tal vez los restos de una inundación que transformó la ganadería en pesca –y eso todavía no lo registró la biblia de YPF, editada casi hasta el final de su identidad de empresa del Estado–, o un atardecer pondrá a arder los restos de nube que parecen acostarse sobre la pampa –o el desierto o la montaña, según dónde usted habite, el miniturista no se aleja nunca demasiado de su lugar de origen–. El camino es promesa y, como tal, no necesita ser cumplida, apenas dejarnos ver cada tanto un mojón que anuncie lo que vendrá, o lo ya recorrido, para renovar el rito de andar yirando sin llegar a ningún lado, sólo dejándose llevar por la música que hace bailar el auto, sobre la alfombra gris del pavimento, sobre el suelo volátil de las huellas de tierra.

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