PSICOLOGIA › TRATAMIENTO PSICOANALITICO EN UN PENAL

Cartas en la cárcel

 Por Alejandra Negri *

Matías está alojado en un penal. Sin saber muy bien en qué consiste un tratamiento psicológico, decide solicitarlo. Se advierten grandes dificultades para explayarse sobre su problemática vital, su discurso es escueto, poco a poco vamos conociendo de su vida. Cumple una condena por robo, tiene 23 años, un hijo de tres al que sólo conoce por fotos, una madre a la que llama “mi viejita” y un padre que no está. Además, confiesa no saber ni leer ni escribir.

Si Matías es escueto en su discurso, quizá lo sea porque nunca habitó un espacio donde la palabra pudiera desplegarse sin ser acallada o enjuiciada, y donde se la considerara como portadora de un valor, ya que es a partir de lo que el sujeto dice como podemos ubicarlo en un campo subjetivo. No es este campo el que prevalece en un penal, donde más bien encontramos voces silenciadas, sujetos en posición de objetos, y donde lo que mayormente aparece son patologías del acto. Esto último era manifiesto en Matías. El se cortaba los brazos, se “autoagrede”, y así fue como llegó a verme en varias oportunidades, ya que, al concurrir para ser asistido en el área de enfermería, también me encontraba a mí.

“¿Por qué hacés esto?”, le pregunté varias veces. Después de un largo silencio, contesta: “Para descargarme”. Allí donde la palabra no alcanza para producir un alivio libidinal, ésta se verifica bajo la forma de los cortes en el cuerpo, que así parecen tener como función generar una “descarga” de aquello que puja por encontrar una salida. Matías encuentra una vía de tramitación para algo que lo invade y que no halla elaboración por la vía simbólica, a través de un acto real: producirse cortes.

Ya Freud decía que el aparato psíquico tramita las grandes cantidades de excitación por medio de ligaduras a representaciones, mediante el ensamble al significante: las cantidades de energía deben soldarse a las palabras. Pero no cualquier significante propicia esta tramitación: sólo aquellos significantes, privilegiados, que representan a un sujeto para otro significante.

La invitación a la palabra fue lo que le permitió a Matías empezar a ubicarse en un universo simbólico. En el primer tiempo del tratamiento, pudo hablar de la problemática que encontraba cotidianamente: la dificultad para sostener la convivencia en un pabellón. Matías terminaba actuando siempre de la misma manera y sólo conseguía hacerse echar; había transitado por todos los pabellones del penal. Se quejaba de esto, pero no conseguía hacer otra cosa. Siempre terminaba peleando, lastimado o lastimando; por mucho tiempo repitió esta dinámica.

Un día, para mi sorpresa, me dijo que estaba aprendiendo a escribir. Había redactado cartas para su hija y también una para mí. Me la entregó, pero me pidió por favor que la leyera cuando él se hubiera ido. Era una carta de amor; amor de transferencia.

Luego fue otra carta, y otra más.

Matías, al entregarme cartas que denotaban el vínculo transferencial, me estaba entregando material para trabajar: me entregaba palabras. Palabras sin separación alguna, pero había una privilegiada que no dudé en recortar y hacerla entrar a jugar en el tratamiento: “Insignificante”, así se nombraba él en sus cartas.

Comenzó a referirse y desplegar su modo de transitar por todos los espacios. Siempre lo hacía con exceso de ruido, sangre, cortes, droga, castigo, golpes; o él o los otros quedaban lastimados. Comenzó a identificar esta modalidad como un modo propio de manejarse: él, o lastima, o es insignificante.

Y yo no tenía por qué quedar fuera de esa lógica, de ese mecanismo que repetía: un día Matías me dijo que quería dejar el tratamiento porque no quería lastimarme a mí.

No conseguía, aún, sostener un espacio como no fuera lastimando. Sólo le dije que el espacio seguiría abierto para cuando él lo considerara nuevamente.

Y algo lo llevó a volver a verme. Volvió tras unos meses, en un momento particular. Pese a que, por su conducta, no le otorgarían el beneficio de salidas transitorias, sabía que estaba cada vez más cerca “de la calle” y esto, al parecer, propiciaba preguntas. En los inicios del tratamiento, las preguntas habían quedado de mi lado. Ahora era el sujeto quien se abría al campo de las preguntas y, si éstas empezaban a surgir, algo del orden de la falta empezaba a entrar en juego: falta de respuestas; las respuestas que tenía no le servían para dirigirse a otros desde el amor, lo dejaban afuera.

Después de escuchar de qué se trataba su demanda de reiniciar el tratamiento, se pudo pesquisar que sus preguntas apuntaban a saber algo de lo que es ser un padre. El sabía que lo primero a hacer cuando saliera en libertad era encontrarse con su hijo, y empezó a pensar qué pasaría entonces. En ese encuentro, tan esperado, qué podría hacer él con ese que no conocía y que tampoco lo conocía a él; cómo hablarle a un hijo, cómo mirarlo, qué decirle, qué explicarle de los tiempos de ausencia. Estos interrogantes comenzaron a surgir como efecto del trabajo, y no eran necesarias las respuestas, porque en sí mismos propiciaban al avance de su tratamiento.

¿Qué significa ser un padre? Un padre es el que transmite un nombre, y de allí, al hacerse representar por éste, advendrá un sujeto. Matías, al iniciar su tratamiento, contaba con recursos simbólicos poco amables para transmitir: o era un insignificante que a nadie le importaba, o lastimaba a los otros. El quería otra cosa para su hijo, de ello estaba convencido, y el tratamiento fue una posibilidad para que cayera el “in” y adviniera el significante: significantes plausibles de donar a un hijo para que éste los tome y construya una versión, una historia, una ficción de la vida. Porque, al fin de cuentas, eso es un padre.

Han cesado los cortes en su cuerpo para dar lugar a los cortes en el plano del significante. Esa es la apuesta, que hable, con el fin de que encuentre un modo distinto de vincularse con su hijo y con sus otros; ésta es la única herramienta con la que contamos para producir un sujeto y así ofrecerle la posibilidad de elegir un modo otro de vivir.

* Psicóloga en un penal (Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires).

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