PSICOLOGíA › EL FEMICIDA Y SU FANTASMA

“Ya la maté, dame un beso”

 Por Sergio Zabalza *

Los recientes casos de femicidios y asesinatos de criaturas llevan un sello de época que reclama, al menos, la formulación de algunas conjeturas capaces de orientarnos en medio del horror que nos provocan. Porque el punto que reúne los rasgos subjetivos y estructurales del ser hablante con los signos de nuestro tiempo –sean éstos la declinación del padre, el machismo asesino o las particularidades de las actuales relaciones amorosas– coincide con la condición erótica que –tal como lo planteó Freud– divide a la mujer entre la madre y la puta. Estos hombres que matan niños y mujeres no acceden a tal diferencia: para ellos las mujeres son todas madres y los hijos, una prolongación del cuerpo que los supo albergar.

Por algo, según Lacan, el paradigma de la mujer es Medea, ese personaje mitológico que, para vengarse de la infidelidad de su marido, opta por matar a los hijos que ambos habían concebido. La metáfora que encarna este relato es el de una hembra capaz de separarse de su rol de madre: amenaza intolerable para el macho enquistado en su posición de hijo.

“Ya está, ya la maté, vení, dame un beso, vieja”, dijo, según testimonió después su madre, Marcelo Tomaselli, el hombre de General Pico que asesinó a su esposa después de que ella lo perdonara por haberla violado. La necesidad del reconocimiento materno después del pasaje al acto habla por sí solo. Para este hombre, no había separación posible de la amenaza incestuosa.

¿A quiénes matan pues estos asesinos de niños y mujeres? ¿Pueden separar, en su realidad psíquica, a la madre de la mujer y a la mujer del niño? Mi conjetura es que no. Los crímenes que provoca el machismo asesino representan el fallido intento de neutralizar a una madre que, en el fantasma del hombre, aparece como total y omnipotente. Poco importa si la mujer, actualizada en carne y hueso, es una mujer débil o sometida.

Se trata de la ausencia de la función paterna, cuya nota esencial consiste en producir esa separación que brinda un lugar al sujeto. Desde esta perspectiva, padre es quien no le teme a Medea, es decir, un hombre que no retrocede frente a ésa cuya condición de madre no le impide también ser mujer.

* Psicoanalista. Hospital Alvarez.

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