PSICOLOGíA › EL CUERPO, LOS GOCES Y LA “IDENTIDAD” DE GéNERO

La certeza de Facha

 Por Adelfa Jozami *

Para pensar en la llamada “identidad” de género, hay que poner en juego la relación entre el deseo, el goce, el amor, la posición subjetiva y la identidad en el sujeto parlante. Para el psicoanálisis, desde Freud en adelante, el sujeto no sabe qué lo constituye. Este saber sólo se alcanza allí donde la identidad queda descentrada y se aparta de lo que pienso que soy. Luego Lacan advierte que la identidad va más allá de encontrarse con uno mismo y legitimarlo. A diferencia del resto de los animales, el humano pierde capacidad de orientarse por el instinto (por el hecho mismo de ser hablante) y debe, en su adquisición del lenguaje, ir ajustando su lengua a lo que dice su cuerpo: eso habla. Su cuerpo queda dominado por un goce, llamado goce fálico, que lo rige con leyes que provienen del lenguaje. Pero algo escapa a esta operación y surgen otros goces.

Alejados de lo instintivo, que provee la diferencia entre macho y hembra, ¿qué hace que un hombre sea hombre o una mujer sea mujer? ¿Qué lleva a un humano a ubicarse en el lenguaje como él o ella? Un acontecimiento. Una segunda vuelta que se produce en la pubertad, cuando el sujeto hace de su objeto de goce, hasta el momento asexuado, otro sexo. Serán dos: uno, al que me identifico, y el otro, enigmático, objeto de deseo. Hasta este tiempo, ni el goce oral, ni el anal, ni sus deseos concomitantes diferencian a un niño de una niña. Freud llamó a los niños “perversos polimorfos”, ya que sus goces no pueden adjudicarse a una identidad sexual. No es fácil en la pubertad ajustar aquello de lo que se goza a lo que se desea, y a partir de allí acomodarse a un sexo. Los rituales de iniciación, muy específicos en culturas primitivas, existentes aún en algunas religiones y más diluidos en nuestra cultura, muestran que este pasaje, que no es sólo a la adultez sino a una identidad sexual, no es propio de la naturaleza.

Actualmente el tema de la identidad de género está en debate. Tal vez por homologarse a otros debates como el que se refiere a desear (gozar y constituir como objeto sexual) a otro del mismo sexo biológico y a los derechos civiles concomitantes, se pierde su especificidad y se borronea el punto de apoyo desde el que se puede pensar.

Es preciso entonces diferenciar los debates.

Respecto del modo en que se entraman la subjetividad y los derechos civiles: un sujeto se constituye como neurótico y advierte que no hay objeto que lo colme; esto causa su deseo. Su deseo resulta orientarlo hacia alguien del mismo sexo biológico, a quien ama y con quien quiere compartir su vida. Para este sujeto, el matrimonio igualitario es una ampliación de los derechos civiles, ya que legitima un lazo en la sociedad.

En cambio, ¿qué derechos amplía inscribir en un documento una identidad sexual que no dice nada para un niño? ¿A quién satisface esa inscripción?

En un caso ocurrido recientemente, una niña de diez años recibió un nuevo documento en que se le asignaba el género masculino; como nombre se puso “Facha”. Su madre relata que advirtió esta situación cuando su hija, siendo muy pequeña, le dijo: “La cigüeña se equivocó, soy un nene”. ¿Cómo podría percibirse masculino alguien que aún no sabe la diferencia de los sexos ni que los niños surgen del encuentro entre un hombre y una mujer? (Más allá de las nuevas formas de fecundación, que en cualquier caso poco tienen que ver con la aparición de una cigüeña parisina con su moisés.) ¿Cuál es el derecho que se amplía en este caso?

El cuerpo del niño representa una respuesta al deseo de la madre, está tomado en el fantasma materno; recién en la pubertad, luego de la segunda vuelta por el Edipo, el sujeto constituye su propio fantasma, donde se hará eficaz la función paterna. Que un niño varón se identifique a algunos rasgos de una mujer no implica que goce como una mujer. El cuerpo del niño busca aún ser el objeto de deseo de la madre. Como todo cuerpo de ser parlante es un cuerpo de sujeto efecto del lenguaje; el carácter equívoco del significante es lo que va moviendo a elecciones que lo van ubicando de un lado u otro. En el caso de Facha, lo que aparece en lugar del equívoco es una certeza: soy un nene. Más allá de lo que esto signifique.

Ninguna identidad, menos aún la nebulosa identidad sexual, deriva del éxito y la comodidad de una certeza, sino más bien de un derrotero de incómodos equívocos.

La elección sexual implica la articulación entre el cuerpo al que el sujeto se identifica y el partenaire que desea y del cual goza, siendo este cuerpo la metáfora de su goce. El niño puede identificarse a un sexo pero su sexualidad es polimorfa; no podríamos hablar todavía de elección sexual. Y en ningún caso, a mi entender, deberíamos hablar de homosexualidad, ya que el partenaire, salvo que esté solo a título de objeto (como en la perversión), es aquello enigmático que funciona como causa, es decir, lo hétero.

El año pasado fue noticia un niño de cinco o seis años. Se lo observaba bien acomodado en la imagen femenina, sin-tenerlo, lo que podría terminar haciendo signo a un sujeto en posición masculina (como en la película El juego de las lágrimas). Pero ¿esto sería equivalente a una mujer? La mujer como no toda fálica está en el lugar del semblante. Hay que diferenciar entre semblante y mascarada.

El cuerpo toma la forma de lo que goza. El sujeto que (supone) goza el goce de una mujer puede acomodarse a las vestimentas y gestualidades consideradas femeninas, y con eso decir algo. Puede buscar ser reconocido en eso. Como todos. Toda búsqueda de reconocimiento parte de lo imposible que resulta llegar a una identidad.

¿Una identidad? ¿Identidad respecto a qué? Muy bien, la identidad de género no se define por lo anatómico, pero ¿a qué identidad nos referimos? ¿Hacer uno con qué? Yo digo Yo: el primer “yo” no es igual que el segundo. No hay identidad de percepción ni lo que percibo dice la verdad. ¿Qué implica que alguien se perciba de un sexo? ¿Ese sexo determina un goce sexual? ¿O sólo una imagen?

La elección sexual, que no es voluntaria, ocurre en la pubertad, cuando el objeto de goce es sustituido por el otro sexo, enigmático; esto conlleva una responsabilidad: asumir un sexo es asumir a su vez la castración. Es decir, asumir que el goce tiene un límite.

* Directora de la Escuela de Psicoanálisis Lacaniano (EPLa).

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