PSICOLOGíA

Un único colectivo en el que quepamos todas

 Por Renata Passolini *

Bajo dos consignas principales –#niunamenos y #vivasnosqueremos– el pasado 19 de octubre se realizó en nuestro país un paro de mujeres. Vestidas de luto se congregaron miles de voces pidiendo ser escuchadas. Acostumbradas a protegerse, abrieron sus paraguas y compartieron sus palabras. Testimonios de vida. Catarsis. Purgación de los humores del alma. Las mujeres, tan distintas unas de otras, se encontraron bajo un grito colectivo que reclama unidad.

Ni una menos no sólo expresa un pedido descarnado que intenta poner fin a una cantidad creciente de femicidios, sino que muestra a su vez la necesidad de configurar un colectivo, uno sólo donde quepamos todas. Ese es nuestro desafío como mujeres, poder poner las patas del lado de nuestro género, y desde allí pensarnos.

Del otro lado quedará el discurso patriarcal, ese que durante siglos nos ha configurado de un modo que nos lleva a creer que el sometimiento es un destino ineludible, y no una posibilidad. Un discurso que coloniza el cuerpo femenino hasta naturalizar su lugar de objeto.

Aun hoy, con el avance del feminismo y contando con un mayor conocimiento sobre las nefastas consecuencias que arroja el discurso machista, resulta escaso el cuestionamiento que existe en la sociedad sobre los innumerables condicionantes patriarcales que rigen las relaciones humanas, la política, los medios de comunicación, la educación de los niños, el discurso amoroso. Las cifras alarmantes de mujeres asesinadas en manos de sus parejas y familiares dan cuenta de dicha escasez.

Si en nuestra consulta los psicoanalistas partimos de la idea de un sujeto fuertemente condicionado cultural, social y económicamente pero sobre todo bajo una sobredeterminación inconsciente que determina su posicionamiento en el discurso, tenemos que incluir también al discurso patriarcal, ese que nos atraviesa profundamente, incluso sin saber que estamos siendo hablados desde allí.

La mujer como el Dark continent fue una propuesta freudiana, y sólo un genio como Sigmund Freud pudo aceptar no saber sobre la mujer. Podríamos decir que Freud fue quien más supo sobre la mujer. En cambio, los simples mortales creen que saben sobre las mujeres, sobre sus cuerpos, sus decisiones y su modo de gozar. Al hombre le da temor la libertad de la mujer, como le da temor no saber lo que ella quiere, quizá el mayor temor sea el temor a perder, a perderla y allí su esfuerzo por dominarla.

Como ejemplo de esta aberración podemos citar una frase de nuestro presidente, quien ha afirmado que a las mujeres les gusta que se les diga un piropo, aunque se les diga “qué lindo culo tenés”. Esa idea, compartida por muchas y muchos muestra –de modo más solapado que en el femicidio–, la idea de acallar la voz de la mujer, de hablar por ella, de saber más que ella misma sobre sí y sobre su deseo.

“Cuando una mujer dice que no, es sí”, otro modo de desautorizar la voz femenina, siendo el sí y el no uno de los primeros pares significantes que el niño aprende en su acceso al lenguaje y tan necesarios para vivir. Pero no, ella no puede ni siquiera saber sobre si su deseo sí o su deseo no, porque así como su cuerpo y su trabajo, se intenta colonizar su voz. No olvidemos que en nuestro país el voto femenino llega de la mano de una mujer y no hace tanto tiempo. Previo a esa decisión, cuando llegaba el día de los comicios, las mujeres quedaban confinadas a sus hogares haciendo la comida para cuando los hombres regresaran de su actividad como ciudadanos de ley. Recordemos también cómo desde el mismo colectivo femenino hubo un fuerte cuestionamiento sobre la conquista de ese derecho.

Estamos tan colonizadas que muchas de nosotras ya queremos ser colonia. Queremos ser colonia cuando pensamos que a la chica la violaron por puta, cuando nos ubicamos en ese lugar que el hombre espera, sólo para seducirlo, sólo para ser queridas, proponiéndonos como ese objeto sexual que el discurso hegemónico impone. Estamos colonizadas cuando creemos que “sin él no soy nada”. Estamos colonizadas cuando creemos que ella elije en libertad llevar la burka en la cultura árabe o no está condicionada cuando elije casarse o embarazarse apenas entrada la adolescencia. Mayor es la polémica cuando intentamos comprender el grado de libertad que tiene una mujer que elije vender su cuerpo por dinero. Son muchísimos los prejuicios que se ponen en juego a la hora de hablar de la sexualidad femenina.

El miedo del hombre ante el avance de la mujer y su potencia transformadora –y no solamente su potencia reproductiva–, el miedo del hombre ante esa mujer que no comprende, lo lleva a someterla, a encerrarla, a desestimarla o callarla. Lo lleva en ocasiones, a matarla.

Ellos se refugian en las figuras de la madre santa o la puta para ser cobijados bajo su ala protectora donde serán escuchados y amados sin prejuicios. Acuden a lugares conocidos porque a la mujer como a un continente oscuro, le temen. La madre y la puta han funcionado desde siempre como refugios para el género masculino. Frente al temor que ocasiona el encuentro con el enigma femenino, el discurso patriarcal intenta reducirla a lugares dados de antemano, lugares seguros. Las que queden por fuera de su estereotipo hegemónico, serán discriminadas y violentadas.

“Es una trola”, dice quien intenta referirse a una mujer que en su imaginario disfruta del sexo. Quizá sea necesaria esta suposición como condición de goce masculino ¿Entonces, las otras mujeres, las que no son trolas, no disfrutan del sexo? ¿Entonces, la prostituta sí disfruta? ¿No era a cambio de dinero que ella lo hacía? ¿Es la prostitución un lugar de libertad y libre elección o es una sórdida elección forzada como resultado del discurso patriarcal? ¿Resulta necesaria la idea de una mujer libre, para entonces someterla? ¿Qué sería de nosotros sin este andamiaje simbólico? ¿Qué sería del hombre si en lugar de vernos como objetos de intercambio nos vieran como sujetos? ¿Y de nosotras? ¿Qué sería de nosotras si reconociéramos en nuestro genero semejante potencia?

El enigma sobre la mujer y como respuesta los modos de sometimiento, exclusión y discriminación sistemáticas son palpados para quien se interese, a cada paso. Cuando cuestionamos a una mujer por su vestimenta o sus elecciones, si ha sido o no ha sido madre, a qué edad y bajo qué condiciones ha tomado esa decisión. Si ha decidido realizarse un aborto, o si es gay. Si observamos quiénes ocupan los puestos gerenciales de las empresas o el número de mujeres que participan en la política, si creemos que la vecina no trabaja porque le gusta quedarse con los chicos en casa todo el día, si pensamos que él maneja el dinero porque ella no es buena con los números, si pensamos que ella es prostituta porque disfruta que hagan con su cuerpo lo que a cuanto hombre le venga en gana, no estaríamos dando cuenta de este cuerpo expropiado por el discurso patriarcal, que ubica a la mujer como una costilla del hombre, que la pone a su lado pero para que se quede calladita. Lo que de cada una de ellas escape a estos lugares comunes, será cuestionado. Ella, como mujer trabajadora será cuestionada, como mujer libre será temida y como mujer que goza será asesinada. Toda ella es ofrecida al discurso patriarcal como un carnero para ser sacrificada. Como una ofrenda a los dioses va el cuerpo de la mujer, para que no queden restos de un goce inaprehensible al que tanto desconocen y temen. Si en cada femicidio se acalla una voz, será nuestra la responsabilidad de transformar y cuestionar la estructura misma que los fomenta.

* Psicoanalista (UBA). Miembro y docente en Apres Coup Sociedad Psicoanalitica. Integrante del colectivo de mujeres PyP.

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