PSICOLOGíA › PUNTUALIZACIONES SOBRE EL MUNDO DEL TRABAJO BAJO LAS CONDICIONES DE “ESTA MODERNIDAD TARDIA”

“Una vida solitaria, pobre, fastidiosa, bestial y breve”

Hoy el mundo del trabajo es “un mundo carente de leyes, de pactos. Un mundo sin Otros”, según los autores de este artículo, que proponen nociones como la de “despedido-desaparecido”, denuncian al “líder lógico”, tan parecido a un lobo, y vislumbran, en el encuentro del Pícaro con el Bufón, una isla de esperanza.

Por Sandra Somoza y Carlos Catuogno*

El despido es una continuidad de la lógica de la desaparición. Y, en la Argentina, una continuación histórica. La desaparición dura de los setenta continuó en una versión light: primero el sujeto era corrido al lugar de la incertidumbre, luego a la espera pasiva del momento fatal, y por último al despido-desaparición, ya que el mercado de trabajo no lo requeriría nunca, salvo a algunas excepciones de audaces más parecidos a conversos, agentes de una segunda personalidad, que a reinsertos en el mundo del trabajo.
El procedimiento del despido-desaparición produce un efecto de ficción. El despedido, como el desaparecido, siempre está en “otro” lugar. Ni ocupado ni desocupado, está oculto. En una primera fase, era dejado fuera del lenguaje, innominado, y fuera de la vida social, sin cobertura ni plan de ayuda. Sin registro. En una segunda fase, con los planes Trabajar –que podrían definirse como un minisubsidio y una microocupación–, el excluido del trabajo podía autodenominarse como desocupado, a la manera de las víctimas del thatcherismo inglés. Con el paso del tiempo, esa existencia se precariza, y se sostiene más bien por el temor del gobierno de turno al estallido social, que traduce en el otro margen el correlato de la animalización posmoderna.
El despedido-desaparecido queda en el borde de lo social. Se lo encuentra, como a los chicos de la calle, en las nuevas especies de no-lugares. Hay bares y plazas donde se encuentran desocupados impotentes, vestidos como para ir a la oficina o a la fábrica clausurada; allí comparten la jornada de desocupación para no estar en casa, ya que la familia, por definición, no contiene a los excluidos del sistema laboral. Entonces, queda ese neo-lugar y, como último refugio, el síntoma o la angustia.

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El abandono del sujeto es un rasgo propio de nuestro tiempo, y el “trabajo” traduce de manera exacerbada este abandono. Resume un mundo carente de leyes, de pactos. Un mundo sin Otros.
Thomas Hobbes fundó una filosofía que aplicaba un modelo mecánico de movimiento a la sociedad civil. “La vida en el estado de naturaleza es solitaria, pobre, fastidiosa, bestial y breve” y, por lo tanto, hace falta un monarca, en el que convergen todas las porciones de libertad individual que cada individuo cedió en un contrato “lógico”. El Contrato Civil estaba naturalizado para que fuera recibido por el pueblo como la lluvia o, mejor, la niebla de Londres. Era una lógica, más que una ley.
Esto se halla presente, en nuestros días, en normativas y regulaciones de la organización posmoderna y en el “economismo” de su ética cotidiana. El líder es un “líder lógico” en la medida en que debe encarnar una suma lógica de individuos. Y todo su equipo funciona para detectar cualquier síntoma que anomalice; controla la aparición del “lobo del hombre”, algo proveniente de la naturaleza no suficientemente controlada por el mecanismo de relojería que selló el Pacto. Actualmente, más que al control se apela a la influencia y valoración, pero una vez sustraído el conflicto del que emergen. Por eso se niega la ferocidad. Predominan “visiones compartidas”, “búsquedas conjuntas” y “nuevos modelos mentales”. Al líder se le demanda una visión por encima del avatar cotidiano: ahí está la clave, en la capacidad de aislar, de proporcionar siempre en menos la conflictividad, de pasarle por encima al conflicto, a los sentimientos hostiles; nunca abandonar la mirada alta, el foco puesto en el horizonte, en la dirección recomendada para el negocio.
Las ocurrencias reales, las subversiones de la legalidad en el sistema de pactos y contratos laborales, el rompimiento de códigos, la transformación del desocupado en desecho y, en la antesala, el aislamiento compulsivo de personas, demandan un líder próximo a un nuevo estado de naturaleza: unhombre que transita un mundo caníbal, sin Otros, más cercano a un lobo que a un Príncipe.

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En el Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, Jacques Lacan define con una figura el lugar que ocupa la clase alta en una organización social: el Pícaro. Este es el que ríe, consecuencia de una estrategia propia, de la desmesura de la demanda utópica de los otros, de los trabajadores en una organización. También ríe de los “sentimientos” de solidaridad, del sentimentalismo inoperante de la mayoría.
La mayoría, en cambio, son los Bufones. La mayoría se agita y protesta frente a algo que “naturalmente es así” y seguirá siempre, bajo diversas formas, demandando utopías. Sin tomar conciencia, el Bufón se instala en la ineficacia de su propio discurso ya que le reconoce al Pícaro su capacidad de haberlo insertado en el lenguaje, en la organización, en el lugar donde es imposible correrse sin ser excluido por ineficaz, sin quedar inserto en alguna lista de retiro voluntario.
Creemos necesario insistir en las demandas y los sueños, aunque parezcan utópicos. Creemos que el estado bufonesco, irremediablemente, se irá diluyendo y combinando con el nutriente picaresco, en esta modernidad tardía, para ir reconstituyendo islas de seguridad que dejen atrás la lógica del mercado y la devastación.
Convenimos en que “para ver la serie es necesario colocarse fuera de ella” (Giorgio Agamben, La comunidad que viene. Infancia e historia): apropiarse de la fría picardía sin perder el optimismo bufón. Quizá sea el momento de agregar la dosis de picaresca necesaria para mirar la realidad acuciante, o de aquí en más la picaresca se naturalizará siempre como herramienta del amo.

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La amnesia de la génesis no es exclusiva de una época, pero se presenta exacerbada en la actualidad: “Las cosas son así”, naturalmente; “El mundo ha cambiado”. Los procesos de transformación devenidos de los cambios estructurales naturalizan la vida social errante, la desprotección configurada por la ilimitada libertad de acción de los operadores del mercado y la ausencia de políticas sociales, lo cual aprisiona al sujeto en un presente continuo y dilemático.
Aludimos a la transitoriedad de las autoridades “legítimas”, a los cambios arbitrarios, al ejercicio del trabajo como un nuevo tipo de ciudadanía y a los vínculos clientelares que fragilizan al sujeto. Niklas Luhmann (Observaciones de la modernidad: racionalidad y contingencia en la sociedad moderna) habla de desplazamiento: cada uno de nosotros estaría parcialmente desplazado, dada la multiplicidad de roles que desempeñamos. Nosotros agregamos que el desplazamiento es recrudecido por los relatos desintegradores, por la falta de otros, por las recurrentes desapariciones simbólicas y reales que nos obligan a saltar al vacío, nos exilian o nos dejan sin piso.
Transitoriedad y proscripción como nuevos términos de la identidad forzada por la amnesis institucional, por el mandato de no hablar del pasado o por la deshistorización directa que opera mediante la parodización de lo histórico y su fusión con lo anacrónico, por la desvalorización de lo teórico y la superstición de lo pragmático.
Cuando la parte se toma por el todo y el pensamiento conservador, a través de la vulgata managerial, sustituye a la memoria y con ella a cualquier intento dinámico-crítico, se desplaza al hombre.
Estos condicionantes alojan al trabajador en la diáspora, aunque esté inserto o empleado en alguna institución. Lo alojan en una incertidumbre con puntos de contacto con el mundo de los excluidos; en un latente estado de subsistencia, de tensión, donde lo peor siempre está por venir.
Y esto fuerza distintas migraciones. Nuevos migrantes confinados a comulgar con el pensamiento único, en sus distintos matices pero estructurados por las mismas lógicas. Algunos autores contextualizan el fenómeno del desplazamiento identitario, del yo transitorio, como propio de la posmodernidad. Otros, por ejemplo Zygmunt Bauman (Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa, 1999), se refieren a los “cazadores de identidad”, los nuevos hombres “que se aferran a pequeñas muestras de autoexpresión públicamente reconocidas sólo para que la velocidad con que son devaluadas fuerce a abandonarlas y reemplazarlas”. Este autor observaba este factor en el auge de las cirugías estéticas, en toda la cosmética contemporánea asociada a la imagen.
Nosotros lo observamos en el mundo del trabajo, en las jergas de moda, en los cambios del lenguaje, en el acoplamiento adaptativo a los cambios del mercado, en la rotación sin dirección.

* Fragmentos del libro inédito Maquiavelo light. Una escritura crítica sobre el mundo del trabajo.

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