PSICOLOGIA › EN LOS NIÑOS Y EN LOS PADRES

Maravillas del sueño

A partir de una lectura de los libros de Alicia y de la Bella Durmiente, la autora señala cómo los sueños de los niños se enlazan con los de los padres en un camino que conduce “a la responsabilidad de elegir de la mejor manera posible, esto es: elegir de acuerdo con los propios sueños”.

 Por Silvina Gamsie *

En su prólogo a los Libros de Alicia, de Lewis Carroll (Ediciones de la Flor, 1988), Jorge Luis Borges alude a un pasaje de A través del espejo, que él había tomado como epígrafe y guía de su cuento “Las ruinas circulares”: allí Alicia sueña con el Rey Rojo del tablero de ajedrez que, a su vez, la sueña; Alicia es advertida de que, si el rey se despierta, ella se apagará como una vela, porque no es más que un sueño del Rey, que ella misma está soñando. Sueño recíproco que puede no tener fin: el del viviente que, dudando de su propia existencia, se pregunta si no será él mismo el sueño de un Otro que lo sueña.
Ese cuento de Borges puede dar cuenta, no sólo de este aspecto particular de la relación del sujeto al Otro, sino de los lazos intrincados que se establecen entre padres e hijos. “A todo padre le interesan los hijos que ha procreado en una mera confusión o felicidad, es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo en mil y una noches secretas. [...] Caminó entre los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.”
Se revela en la literatura el imperioso anhelo, tanto de los niños como de los adultos, de haber ocupado en el origen un lugar en el sueño de sus padres; de haber sido para esos padres el soporte de una ilusión. ¿No es esto, acaso, lo que se descubre magníficamente en A través del espejo? Allí se despliega la creencia de la niña, sostenida en la necesidad de pensarse ella misma como siendo el sueño de un padre, el Rey Rojo, y éste es a su vez su propia criatura, que ella crea para saberse sostenida todavía y por un tiempo, el tiempo de la infancia, en el sueño de la protección perdurable de un Rey-padre.
Hace unos años, durante la guerra del Golfo, un niñito de cinco años en tratamiento me decía enérgicamente: “¡Shh! No menciones la palabra guerra, mi padre no quiere que yo sepa; él no cree que yo sé”. Proponía algo así como un hagamos que no sé, juego que plantea el problema de la creencia: es una manera de garantizarle al padre que se puede quedar tranquilo, preservando, junto a la del niño, su propia infancia –como diría Octave Mannoni–, y constituye además la vía que el niño encuentra para garantizarse a sí mismo que tiene un padre, cuando todo parece derrumbarse. En un movimiento de ida y de vuelta, el niño quiere seguir creyendo en el adulto para poder mantenerse en su lugar de niño.
Los libros de Alicia manifiestan, a la vez, el sueño anhelante de los grandes de sostener una zona de la infancia donde lo imposible se confunda con la realidad, y, magistralmente, los laberintos de los sueños propios de los niños. Estos libros desarrollan en realidad dos sueños que, al decir de Borges, “bordean, en algún momento, la pesadilla”. Alicia despierta sino al final del cuento, que es el final del sueño.
Los diálogos disparatados que comparte Alicia no carecen de sentido. Dan cuenta de muchas de las contradictorias ilusiones de la infancia: el deseo de ser grande –tal vez el deseo más claramente identificable en la mayoría de los niños–, pero también y, al mismo tiempo, el temor a que ese deseo se realice demasiado pronto. Quizá por esa razón Lewis Carroll recurre al artilugio de un tiempo detenido, en la casa del Sombrerero Loco, en cuya mesa el reloj marca siempre las seis de la tarde y donde el té, entonces, se sirve una y otra vez. Modo de perpetuar el tiempo sutil de la infancia, destinado irremediablemente a escabullirse.
Ahora bien, este tiempo detenido puede ser leído tanto desde la perspectiva de la niñez como desde la de los adultos. Para los niños, sostenidos en el deseo de ser grandes, los días, los meses, los años parecen transcurrir muy lentamente. Esta vivencia del devenir es muy diferente de la percepción del tiempo en los adultos –los padres–, que desearían detener, aunque fuera por un breve momento, ese instante fugaz de la infancia de los pequeños que se les escapa. Tiempo siempre añorado que, una vez transcurrido, no habrá durado nunca lo suficiente, y que, como el sueño, se esfuma.
Pero también, del lado de los niños, podemos leer, en ese tiempo que no transcurre, el deseo que responde recíprocamente a la ilusión de los grandes: seguir siendo eternamente un niño, como el pequeño Oskar del El tambor, de Günter Grass, el niño eterno de sus padres; que el tiempo se detenga, aun a sabiendas de que eso es imposible, ya que el tiempo es irreversible y el hecho de crecer apela necesaria y dolorosamente a su responsabilidad como sujeto. Recuerdo una jovencita que, a la entrada de la pubertad, a poco de haber tenido su menarca, preguntaba a su madre entre sollozos y acurrucándose en sus brazos, como cuando era pequeña: “¿Todo va a ser igual?, ¿me van a seguir tratando como antes?”.
Las oscilaciones del sueño de Alicia son de este orden. Sabiéndose chiquita, en la primera parte del libro debe alcanzar una llave que le abrirá las puertas del Mundo de las Maravillas. Pero, temiendo no estar, literalmente, a la altura de sus ambiciones, se las ingeniará para apropiarse de ella.
Son magníficos los pasajes en los que evidencia ser una diminuta personita capaz de escabullirse por lugares inaccesibles. ¿Quién no recuerda, acaso, el deseo de hacerse pequeñito para poder recorrer y espiar sin ser visto el mundo de los adultos, así como el deseo opuesto, el de crecer y convertirse en un gigante como Gulliver en Lilliput, así fuera del alcance y la mirada de los grandes?
Esos cambios de tamaño permiten a la niña del cuento adueñarse de la escena y de las otras maravillas que se suceden, con onírica velocidad, a lo largo del relato. Es que este País de Maravillas, como el mundo de los sueños, no conoce la negación ni la contradicción; lo inverosímil, el disparate, los dichos opuestos y contradictorios coexisten y se soportan entre sí.
Estos libros dan cuenta así de las ensoñaciones de los niños respecto de asegurarse una ubicación en el sueño de sus mayores. Lo cual no deja de evocar, al contrario y de manera recíproca, ese nubarrón que ensombrece los años de la infancia: el temor por la pérdida de los progenitores. Ese sentimiento de orfandad no significa sólo el dolor por la pérdida y la ausencia efectiva de los seres queridos, sino, fundamentalmente, el darse cuenta del peligro de ya no figurar en los pensamientos del Otro. La plausible constatación de no hallarse ya sostenido en el pensamiento de los padres vuelve a remitir, con extrema crudeza, a la primitiva condición de indefensión de la cría humana.
Alicia está sola en su sueño y debe responder por sí misma. Vértigo indudable, anhelo de liberación de la autoridad de las figuras parentales y de poder enfrentarse a lo que muchas veces, con total lucidez, los niños reconocen como lo dislocado, lo arbitrario de ciertas intervenciones de los padres.
Alicia se las debe ver con la impostura paterna ya que, a duras penas, el Rey intenta disimular y atenuar los excesos de una madre disparatada, la Reina de Corazones. Pero también se debe enfrentar a los traspiés de la misma Reina-madre; en otras palabras, a su propia castración.
Y esta Reina, haciendo gala de impostura, amenaza a su vez, con los peores castigos, ante cualquier respuesta inapropiada de sus súbditos-hijos –incluida la propia Alicia– que ose contradecir sus caprichos. “¡Que le corten la cabeza!”, vocifera. Afirmación en la que no podemos dejar de reconocer la pretensión desmedida de un amor a toda prueba, exigencia en la que, muchas veces, los hijos se encuentran entrampados. Pero Alicia se libera felizmente y se despierta.

Tentaciones de la edad
Los sueños de la pequeña Alicia podrían continuarse con otro soñar, un sueño adolescente, alrededor del cual gira el cuento “La Bella Durmiente del bosque”, recopilado por los hermanos Grimm. Se trata aquí del sueño de los padres, del sueño de la propia adolescente, pero también de un sueño sostenido desde la etapa de latencia (que Freud sitúa desde el final del complejo de Edipo, alrededor de los cinco años, hasta la prepubertad), ya que estos cuentos fueron escritos para ser leídos por y para los niños de corta edad. Se trata de ficciones que pretenden asegurar a futuro la promesa de un pasaje no disruptivo de la infancia a la adolescencia.
En este cuento se entrelazan múltiples deseos. Para los padres, procura sostener la ilusión de que sus hijos serán preservados de sufrir las desdichas de un malencuentro con la sexualidad y con los amores inconvenientes y no correspondidos. Se trata de los padres entronizados, desde la idealización infantil, como reyes que asegurarán que, a “Su Majestad el niño” nada le faltará, en tiempos de la infancia... mientras haya padres capaces de responder a sus demandas y velar por su cuidado. A los reyes de este cuento, les resulta muy difícil tener hijos, esta posibilidad se les escabulle cada vez más con el paso de los años, hasta que, al fin, ven realizado su deseo con el nacimiento de una pequeña princesa. Pero la felicidad no les está asegurada, y la dicha alcanzada por la paternidad lograda se verá empañada por los peligros que acecharán a la niña, precisamente en su entrada a la adolescencia y con el despertar sexual.
El vaticinio de un hada, resentida por no haber sido invitada al festejo del nacimiento, había sido que, al cumplir los quince años –edad de pasaje y de iniciación–, la niña se pincharía el dedo con un huso –¿las tentaciones de la edad?– y moriría. Afortunadamente, otra hada más benévola corrió a calmar el temor de los padres, concediendo una alternativa que atenuaba el poder del maléfico hechizo: “Al pincharse con el huso, caerá en un profundo sueño que durará cien años, sueño del que despertará con el beso de un amor verdadero”.
En ese sueño, la bella princesa será acompañada por los padres y por todos los que la rodean. Por supuesto, el amor verdadero ha de llegar y despierta a la joven, y a los padres, de esa suerte de stand by. Este cuento representa magistralmente los temores y deseos compartidos tanto por las jóvenes como por sus padres: que nada horrible les ocurra, que no se vean expuestas a dolorosos desencuentros; la esperanza confiada de los progenitores en que su hija encontrará finalmente al príncipe azul, ese amor verdadero “de una vez y para siempre”. Ilusiones al fin, ensoñaciones que se saben imposibles pero que se sostienen por un tiempo, el tiempo de la latencia, cuando las niñas quieren creer en los cuentos de hadas y princesas, para que amortigüen el momento del encuentro, forzosamente desencontrado, con el partenaire sexuado. Esperando alcanzar la dicha prometida, extramuros de la tutela parental. Anhelo éste que alude inexcusablemente a la responsabilidad de cada cual, el deber elegir de la mejor manera posible y sin hacerse zancadillas: esto es, el deber de elegir de acuerdo con los propios sueños.

* Supervisora Clínica de Niños en los hospitales Gutiérrez, Alvarez, Fiorito y Tobar García y en el Equipo de Violencia del Hospital Belgrano. Texto extractado del trabajo “Maravillas del sueño. De padres, niños y adolescentes”, incluido en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 28, de próxima aparición.

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