PSICOLOGíA › EDUCACION DE LOS CHICOS CON SORDERA

Alumnos que se pierden como niños

 Por G. P.

El debate sobre la educación del niño sordo se ha centrado en la enseñanza impartida: la selección de contenidos, las técnicas implementadas, los objetivos a lograr. Así se han abierto extensas polémicas dentro de paradigmas polarizantes: lengua de señas-oralismo; escuela común-escuela especial; maestros sordos-maestros oyentes; integración total-integración gradual. Las diferentes propuestas siempre generan la expectativa de superar los sucesivos fracasos acumulados hasta ahora: son conscientes del fracaso de la enseñanza escolar con respecto al alumno sordo, pero siempre ubican el fracaso en el mismo lugar: en el niño.

Actualmente la propuesta de integración del alumno sordo a la escuela común sigue postergando el debate sobre la educación en sí. Las autoridades y los agentes educativos siguen aceptando como “natural” lo que ha sido construido históricamente.

Antes del siglo XIV, los niños compartían el trabajo, la educación y el juego con los adultos. No se diferenciaban ni en etapas por edades, ni en modos ni en costumbres. Los sordos se comunicaban entre sí por lengua de señas, hacían trabajos manuales. A partir del siglo XVII tiene lugar la escolarización del niño. Y toma primacía la creencia de que lo específicamente humano es la oralidad. Nace la pedagogía, cuyo objeto de estudio es la infancia a “normalizar”, disciplinar, instruir y desarrollar. En este marco, la escolarización del niño sordo se centra en la adquisición de la lengua. Con argumentos religiosos y luego científicos, la escolarización se centró en la “corrección”, en la “rehabilitación”. El ideal pasó a ser que el infante sordo llegara a hablar, que fuese lo más parecido posible a un adulto oyente y de esta forma se integrara a la sociedad.

En palabras de Michel Foucault, nace la “pedagogía ortopédica”, que en este caso construye su propio objeto de estudio: el alumno sordo. La consideración de la deficiencia auditiva como falta patológica coloca al niño sordo en una doble infantilización y duplica el tiempo dedicado a la escolarización. El objetivo de desarrollar el empleo y la comprensión de la lengua oral implica un esfuerzo adicional, generalmente basado en la repetición. Por lo cual las actividades físicas y recreativas son escasas: el niño sordo, en situación escolar, se erige como alumno sordo y se pierde como niño. La escuela no reconoce el aprendizaje espontáneo del niño ni a la familia como agente de ese aprendizaje.

La tendencia normalizadora, que protagonizan los oyentes y que sustenta al oyente como la única identidad posible, deseable y natural, categoriza al niño sordo en el ámbito de la Educación Especial. Esta caracterización deja como saldo la pérdida del niño sordo, subjetivamente vaciado, y sólo reconocido como alumno, en pos de un ideal que le es ajeno y en el que no puede reconocerse. Se trata de reconocer que la comunidad sorda, como escribió Carlos Skliar en La educación del niño sordo, “con una forma particular de inteligencia y de compensación funcional de un déficit, ha creado, desarrollado y transmitido de generación en generación una lengua, la lengua de señas”, y que el niño sordo necesita esta lengua “para jugar, para preguntar, para estudiar y, finalmente, para asumir roles sociales que el déficit auditivo, ciertamente, no impide asumir”.

La modalidad de “escuela inclusiva” propone un cambio respecto del modelo médico que ubica a la patología como eje de la propuesta escolar: esta escuela, centrada en el modelo pedagógico, considera la definición de las necesidades educativas especiales para que cada alumno pueda apropiarse de los conocimientos; además, reconoce que en el aprendizaje la heterogeneidad no es un obstáculo, sino que el “conflicto cognitivo” es fuente de motivación. Sin embargo, estas modificaciones se hacen sobre las bases del tradicional paradigma de la normativización.

Una nueva perspectiva en la educación del niño sordo requiere advertir que el rasgo propio de la especie humana es su carácter simbólico, cuya expresión es el lenguaje. En cambio, “el hecho de que los hombres, salvo excepción, tengan dos brazos, dos piernas y un par de ojos, todo esto es genérico pero absolutamente no universal”, sostuvo Jacques Lacan en su seminario “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”. La expresión de lo humano es en lo diverso. Es necesario reconocer al niño sordo, como tal, para comprender y aceptar que, a causa del déficit auditivo, no puede adquirir naturalmente la lengua oral, y que ésta no es la herramienta constitutiva esencial de su personalidad. Se trata, entonces, de reconocer a la familia y a la comunidad como educadores y descentralizar la educación de la actividad exclusivamente escolar.

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