PSICOLOGíA

“No fui yo, fuiste vos”

 Por Paul-Laurent Assoun

Freud –en “Sobre los mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”– hace de la fidelidad una causa de tensión subjetiva inevitable. El sujeto percibe confusamente en sí mismo impulsos a la infidelidad, aunque hayan cedido ante la represión; descubre en él, en suma, “tentaciones constantes”. De ahí que recurra a un mecanismo proyectivo que tiene una función de alivio: “Quien niega esas tentaciones en sí mismo descubre, sin embargo, esas tendencias tan poderosas que de buena gana toma en consideración un mecanismo inconsciente a modo de alivio de ellas”. Los celos incriminan: es un “delito” del otro que el acusador –al “delinquir” en fantasía– siente en sí mismo. Se lo comprueba por sus modalidades: el beneficio de esa válvula consiste en aliviar y al mismo tiempo satisfacerse por interpósita persona. Freud habla de “absolución de su propia conciencia”; al traducir, Lacan va más allá y habla de “absolución de conciencia”, como para no esquivar la connotación religiosa, “casuística”, de esta operación absolutoria. En suma, la proyección celosa asegura una regulación del superyó. Durante todo el tiempo que el sujeto siente celos e inculpa al otro, blanquea sus propias tentaciones de infidelidad al realizarlas por interpósita persona.

La noción de proyección puede parecer bastante sumaria al remitir al razonamiento infantil “no fui yo, sino tú...”. Salvo que se dé vuelta como un panqueque: “¡El que lo dice lo es!”. Sin duda que atañe más en particular al hombre que maneja mediante la comodidad proyectiva la mezcla de infidelidad e “inconyugalidad” que le permite absolverse de antemano de sus propias transgresiones, o al menos extraer de ellas circunstancias atenuantes. Los celos imputados al otro absuelven de antemano al permitir dar libre curso a los propios arrebatos y regular sus turbulencias. La proyección tiene la virtud de desligar al sujeto de su culpabilidad.

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