PSICOLOGíA › CASO CLINICO EN UNA VILLA

Quique, su hermano y los lobos

 Por Sergio Rodríguez

Quique tenía veinte años, era alto, castaño casi rubio. Ojos grandes, claros, casi alegres si no fuera por ese tenue mirar más allá. ¿Por encima del hombro del interlocutor? Sí, pero no sobrador. Parecía buscar algo que más acá no encontraba. Venía por indicación del pastor. Fumaba paco, y le decían que eso era malo. Rubén, el hermano mayor, también lo había hecho. Pero, ayudado por el pastor y trabajando en las cosas de la parroquia lo había dejado. Bueno, no sólo por eso.

Una joven de la Iglesia Evangélica Alemana había venido a la Argentina a terminar su doctorado en Teología. El pastor la había llevado a trabajar en la villa y allí conoció a Rubén, el hermano mayor de Quique. Y se enamoraron. Entonces Rubén dejó definitivamente el paco. Rubén era inteligente, tanto como el Quique. Rubén se puso a estudiar y fue una revelación: terminó la secundaria, pidió y obtuvo una beca para ir a Alemania a hacer el doctorado en Teología. Le mandaron los pasajes y en una semanita saldría de la villa a encontrarse con su amada, que lo esperaba en Alemania.

La barra decidió ir al río, al lugar de siempre, para despedirlo. Unos sánguches, algunas birras, unas zambullidas, algunas braceadas, como para llevarse pegado a la piel el recuerdo de esas aguas que lo abrazaban desde que era chico. Tal vez ya estaban un poco mareados por las cervezas, así que a zambullirse y refrescarse. Se tiró donde siempre, él sabía bien lo que hacía, pero no calculó que las aguas estaban bajas. Su linda cabeza pegó fuerte contra el fondo. No salía. Los demás muchachos lo sacaron desmayado. La ambulancia, no moverlo, la camilla dura y al hospital. Traumatismo de cráneo, conmoción cerebral. Terapia intensiva. La alemanita vino de urgencia, lo fue a ver, pero nada, él seguía como dormido sin responder a nada. Los médicos pegaban con el martillito, pellizcaban, pasaban el alfiler por los dedos de los pies, que se abrían como un abanico, y decían que eso no era bueno. Radiografías, tomografías computadas, resonancias magnéticas. Diagnóstico definitivo: sección cervical de la médula. Si recuperaba el conocimiento, estaría cuadripléjico para toda la vida. Inmovilizado, él, que jugaba tan bien al fútbol, que había correteado las calles de la villa y nadado tantas veces en ese río difícil. Si vivía, estaría condenado a permanecer inmóvil en la casilla de la familia. ¡Puta suerte! Justo ahora que estaba por salir, por ir a otro lado tan distinto y a los brazos de un amor diferente. La muerte se apiadó de él y se lo llevó en sus brazos, ya que no podía acudir a los de su alemanita.

Todo fue sombras en el grupo durante bastante tiempo. Pero eran jóvenes, creían en su Dios, tenían el apoyo del pastor (tanto o más dolido que ellos) y siguieron el camino. Pero Quique no. El paco lo tenía retenido. Había pasado por varias internaciones, pero era nada más salir y retomar. Cuando el padre lo llamaba, iba y trabajaba con él, cosiendo las lonas duras para los barcos, igual que antes con el Rubén. Pero no siempre lo llamaba. No siempre había trabajo, no siempre estaba de humor. Las dificultades económicas eran grandes, como para los demás de la villa. Eran una familia chica, el padre, la madre, los dos muchachos y la mayor ya casada. Ahora, muerto Rubén, quedaban cuatro. Pero los padres se llevaban tan mal. El le pegaba a ella, siempre estaban separándose y volviendo a juntarse. Así que Quique prefería juntarse con su amigo del alma, comprarse la dosis que le alcanzara y fumársela.

Por eso el pastor, con la anuencia de los padres, lo mandó al psicoanalista. Quique estuvo de acuerdo. No quería terminar mal. Lo desesperaba robar. No tanto cuando lo hacía afuera, pero cuando les robaba las cosas de la casa a los padres se ponía muy mal. La última vez había sido el televisor. Antes había buscado por todos lados pero no había conseguido un mango para comprar paco, y sin paco era muy difícil, no aguantaba. Claro que después era peor, se sentía mucho peor. Pero en esos cuarenta segundos aspirando, todo parecía distinto, nada parecía tan duro. Un día me dijo por undécima vez: “¿Cómo explicarte? No encuentro palabras”, pero esa vez se le iluminó el rostro y agregó: “Ya sé. Todo brilla y yo me siento fa-shion”. “¿Y qué me decís con ‘fa-shion’, ¿los modelos que desfilan en la tele?” “No, no. No es eso; es fashion, y no puedo decirte más.” Pero era un instante, nada más que un instante, cuarenta segundos nomás. Así que había que salir de nuevo a buscar. Las sillas de la Sociedad de Fomento, la garrafa, ya no quedaba nada. “Pero, además, cómo les vas a afanar a tus vecinos, a tus compañeros. Ellos se rompen el culo para que exista la Sociedad de Fomento y vas y los afanás.” “No, eso era antes, éramos unidos, nos defendíamos entre nosotros. Ahora es distinto, estamos todos contra todos.”

Conversó con el psicoanalista varios meses. A veces, parecía que salía. A la semana siguiente estábamos en el mismo punto. ¿Echarle la culpa a alguien? A nadie. ¿Que los padres se llevaban mal? Era cosa de ellos. ¿Que el viejo le pegaba a la vieja? ¿Y cuando ella lo hacía dormir afuera al viejo, en la galería que él mismo había pintado? Cosa de ellos. Que se arreglen, si pueden y si no que se separen. ¿Pa’ qué siguen juntos? ¿Lo del hermano? Sí, fue duro. Pero él con el hermano se llevaba mal. Muchas noches, en la pieza, se cagaban a golpes. ¿Que si la muerte del Rubén le pesaba? Y no, Rubén no era manco y también pegaba. Y cuando eran más chicos, que las diferencias de tamaño se notaban, pegaba más fuerte, Quique siempre salía perdiendo y, a veces, hasta con la vergüenza de quedar llorando. ¿Si extrañaba al hermano? Claro que lo extrañaba, aunque Rubén ya hacía tiempo que no iba más al baldío a fumar paco con él y el amigo. Los había dejado mucho antes del accidente, por la parroquia y por la alemanita.

Pasaron meses. Un día me dijo: “La próxima es la última charla. Usted me cae muy bien y la paso muy bien charlando con usted. Pero le hago perder el tiempo y a mí no me sirve para nada”. Tratamos de encontrar los porqué, pensar para qué le serviría dejar de venir, pero nada lo conmovía y aparecía firme en su decisión. Llegó el día de la última charla y con él una verdad. Me dijo si podía leerme algo que me había traído. Cosa rara. Por supuesto, le dije que sí. Me leyó lo que parecía un cuento y en verdad era un apólogo. Un cuento con moraleja:

“Un joven, en el campo, se había propuesto engañar a todos. Se echó y se hizo el muerto. Disimulaba hasta la respiración. Todos pasaban a su lado y decían: está muerto. Y seguían su camino, ni tocarlo querían. El joven disfrutaba cada vez más de la escena. Y cada vez se quedaba más quieto. Llegó la noche, y lejos de aflojar, más se hacía el muerto. Hasta que empezaron a rodearlo los lobos. El, más quieto se quedaba. Comenzaron a olerlo. El ni respiraba. Entonces, uno le metió los colmillos en la yugular, todos empezaron a atacarlo juntos. Finalmente se lo devoraron.”

Nuestro diálogo transcurría en lo alto de la parroquia, en una especie de aula. Caía el sol, las penumbras nos iban envolviendo. Lo miré fijo y le dije: “¿Gozás engañando a los otros, aunque te cueste la vida?”. Me miró sonriente, se paró, me paré. Me abrazó y se fue.

No lo vi más. Tiempo después me enteré de que andaba muy mal y los padres, por enésima vez, lo internaron.

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