PSICOLOGíA › MALENTENDIDOS íNTIMOS

“No estaba sola en la cama con él”

 Por Jean Allouch *

En Solar, una novela del autor inglés Ian McEwan (traducida al español en Ed. Anagrama, 2011), el héroe, llamado Michael Beard, es un antiguo Premio Nobel de Física que, después de su eminente elección, lleva una existencia miserable tanto en el plano profesional, donde se contenta con reunirse en comisiones, dar siempre la misma conferencia, participar con su laboratorio en un proyecto que sabe que no tiene ningún interés, como en el plano personal, donde se está desmoronando su quinto matrimonio. Su vida erótica está constituida por algunas aventuras, una de ellas más estable, aunque episódica, con una mujer llamada Melissa. Un día va a verla en casa de ella para una breve visita en la cual, por supuesto, van a acostarse juntos, a coger, para decirlo de una manera más acorde con el contexto. Salvo que empiezan a hablar, toman algo y, sorpresivamente, ella le anuncia que está embarazada de él (un niño subrepticio). A él no le gusta la broma, le hace notar que tendrá setenta años cuando el chico tenga diez; sólo obtiene un ligero alivio cuando Melissa le declara que no le pide nada (ella trabaja, gana dinero), que no espera nada de él, que bien puede no mezclarse en el asunto, que de todos modos seguirá siendo el hombre de su vida.

Se dirigen luego hacia la pieza donde él la desviste, la acuesta en la cama, la acaricia de la manera experta que le es propia antes de desvestirse a su vez de una manera no menos tristemente tranquila. Pronto se da cuenta de que, mientras le acaricia el sexo, ella le habla. ¿De qué otra cosa podría entonces hablarle si no del niño que ella ya ama? También lo ama a él, por supuesto, y espera que él ame a ese bebé: “Dime que sí, por favor, dime que lo vas a querer”. Ella le arranca el “sí” porque, piensa él bajo una orden superyoica, hubiera sido “indecente no asentir”, aunque no lo considera verdaderamente una mentira: “El lamentaba que ella le hubiese recordado la existencia de ese embarazo. Tras largos minutos, se acercaba el momento en que, según el código de buena conducta sexual, debía prepararse, acompañar el descenso estridente de su compañera hacia el orgasmo final, pero tomó conciencia de que no estaba listo, que sin duda no terminaría”.

Llega entonces un giro: él recurre con la imaginación a otras mujeres. “De modo que ingresó in extremis en un teatro desierto y familiar para sentarse en primera fila y juzgar a algunas mujeres que conocía, haciéndolas desfilar en el escenario al ritmo infernal de sus pensamientos. Ellas aparecieron en posturas experimentales, en cuadros vivos donde él figuraba como por arte de magia. Evocó y luego eliminó a la chica de Milán, una biofísica iraní, y a Patrice, una conocida. Finalmente, hizo su elección: la empleada del servicio de inmigración con el brazo paralizado [no se acostó con ella, es el brazo paralizado lo que importa]. La dejó que bajara tranquilamente de su tarima y cogieron juntos contra su escritorio, frente a quinientos viajeros muertos de cansancio que esperaban con sus pasaportes. Para Beard, hacer el amor en público ante pasajeros indiferentes era una fantasía increíble, que tuvo el efecto esperado. Pudo gozar a tiempo.”

La pobre Melissa, aunque sin embargo no haya razón alguna para suponerla inocente, no vio ni supo nada de la escapada de su amante en la fantasía; no se dio cuenta de que no estaba sola en la cama con él. De modo que está estúpidamente satisfecha, porque obtuvo de él, mientras cogían, su declaración de amor hacia el niño por venir, finalmente acompañada de sendos accesos al orgasmo. Pasmada, ella entonces le dice: “Gracias, querido. Te quiero, Michael, te quiero. Te quiero tanto”. No se podría decir nada mejor en materia de malentendido amoroso, un malentendido que conlleva el beneficio de mantener, en el acto mismo, el horizonte de una posible relación sexual.

* Fragmento de Prisioneros del gran Otro. La injerencia divina I.

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