PSICOLOGíA

El lector de Goethe

 Por Carlos Gustavo Motta *

La lectura del ensayo de Goethe Teoría de la naturaleza fue lo que en 1873 provocó la decisión de Freud de matricularse en la Facultad de Medicina. Pero el genio del escritor alemán influyó también de manera decisiva en la obra de Freud. Las referencias al escritor son numerosas en toda su producción, incluso en su correspondencia, y, al parecer, también en sus intervenciones clínicas. El artículo de 1911 “¡Grande es Diana Efesios!” es un homenaje evidente: se trata de un breve escrito que está en relación directa con la representación, tal como se la descubre en el mundo. La antigua ciudad griega de Éfeso, ubicada en Asia Menor, era conocida en la Antigüedad por sus fastuosos templos dedicados a Artemisa o Diana. La evidencia de las excavaciones realizadas muestra que en el curso de los siglos en un mismo sitio fueron construidos varios templos en honor de la diosa. Alrededor del año 54 de nuestra era, el apóstol Pablo residió varios años en aquella ciudad, predicando, realizando milagros y convirtiendo al catolicismo a sus pobladores. Los judíos lo persiguieron y lo acusaron, por lo que se separó de ellos y fundó una comunidad cristiana independiente. San Pablo tuvo que apropiarse de una representación de una verdad, para poder romper con otra representación y hacer con sus argumentos algo propio.

Otro artículo escrito en 1917, “Un recuerdo de infancia en Poesía y verdad de Goethe”, reflexiona respecto de lo que nos ocurre cuando intentamos recordar algo que sucedió en los más tempranos años de la infancia. Verificamos que confundimos lo que hemos oído decir a otros con lo que en realidad es una confirmación clínica propia derivada de lo que nosotros mismos hemos presenciado. En toda investigación psicoanalítica acerca de la historia de un sujeto se suele posible explicar el significado de los primeros recuerdos infantiles en términos de recuerdos encubridores. Estos son recuerdos de la infancia, triviales o indiferentes, que no han persistido por su contenido, sino por una relación asociativa entre ese contenido y otro que se ha reprimido. Goethe relata que arrojó por la ventana todos sus platos, sartenes y cacerolas. Se podría pensar que esto constituye una acción simbólica o mágica mediante la cual el niño manifiesta de manera violenta su deseo de librarse de un intruso perturbador. La amargura que siente frente a la llegada hipotética o real de un rival se expresa, según Freud, arrojando objetos por la ventana y en travesuras u otras acciones más destructivas.

Esto mismo puede aparecer en el mundo de los adultos, aunque la interpretación sería otra. El arrojar un objeto, cualquiera sea, es la sustracción del sujeto frente a una escena que le provoca angustia. El artista sabe manejar la angustia y la representa en sus diversas manifestaciones. Lo que “arroja”, entonces, es su mirada hacia la representación-arte que le es propia.

Pero hay algo más: se trata de que nuestras representaciones son singulares, son ficciones que construyen nuestra historia en el mundo, y como constructo que ellas refieren, nos pueden ubicar en el engaño, en una telaraña de nuestra mirada, fácil de rasgar pero resistente como para que el viento pase y no la quiebre. Nuestra mirada provoca ese engaño y, así, la representación se nos impone.

En 1930, Freud obtuvo el Premio Goethe. Por su estado de salud, que le impedía viajar a Fráncfort a recibirlo, en su lugar asistió su hija Anna, quien leyó una alocución de su padre, transcripta en las Obras completas como “Premio Goethe”. Allí Freud realiza una semblanza de Goethe, a quien compara con Leonardo da Vinci. Además, considera que el escritor no había desautorizado el psicoanálisis como lo hacían algunos de sus contemporáneos. Incluso menciona que en la dedicatoria de su obra Fausto lo celebró con palabras que los psicoanalistas pueden repetir para cada análisis:

De nuevo aparecéis, formas flotantes,
como ya antaño ante mis turbios ojos.
¿Debo intentar ahora reteneros?
Y cual vieja leyenda casi extinta
la amistad vuelve y el amor primero.

Asimismo, afirma que Goethe parafrasea el contenido de la vida onírica con palabras evocativas:

Lo no sabido por los hombres,
o aquello en lo cual no repararon,
vaga en la noche
por el laberinto del pecho

Y sostiene: “Tras la magia de esos versos reconocemos el venerable e indiscutiblemente certero enunciado de Aristóteles de que el soñar es la continuidad de nuestra actividad anímica en el estado del dormir, unido al reconocimiento de lo inconsciente, que solo el psicoanálisis añadió”.

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