SOCIEDAD

La larga lucha de Gabriela para recuperar a sus hijos

Su ex marido le arrebató a sus tres hijos hace seis años, y se los llevó a Jordania. En ese lapso sólo pudo verlos cinco veces. Después de una larga lucha, con el apoyo del gobierno argentino, logró compartir tres semanas con ellos y una negociación para próximas visitas.

Hace algunos años, en el aeropuerto español de Barajas, un joven la reconoció, la saludó, le regaló su cadenita con una cruz y le dijo: “Nunca te rindas”. Ella no lo volvió a ver, pero nunca olvidó el mensaje. Gabriela Arias Uriburu recorrió muchos países, acudió al gobierno nacional, a las Naciones Unidas, a la Organización de Estados Americanos (OEA) y peregrinó por otros sitios, con un solo pedido: volver a ver a sus hijos, secuestrados por su ex marido, Imad Shaban, el 10 de diciembre de 1997. Desde esa fecha, fueron cinco los encuentros. El último ocurrió en enero, en Jordania. “Fue un momento impresionante –recordó–, lleno de risas y de abrazos.” Fueron tres semanas de alegría, donde también hubo adelanto en las negociaciones: Gabriela compartirá en julio, siempre en Jordania, las vacaciones con Karim, Zahira y Sharif. Nada indica, por ahora, que los chicos puedan viajar a la Argentina.
Marcada por los vaivenes de las negociaciones y sin poder visitarlos desde junio de 2001, Gabriela llegó al aeropuerto de Jordania el 28 de enero. Se instaló en el hotel y llamó por teléfono a la casa de su ex marido. La atendieron sus hijos: “Mamita, ya estás acá”, gritaron alborotados los chicos, que ansiaban el reencuentro. “Los encontré tan grandes. Los varones se convirtieron en excelentes deportistas y Zahira es una artista: no dejó de tocar el piano el primer día, creo que para llamar mi atención”, sostiene Gabriela, en diálogo con Página/12.
Las visitas fueron en el domicilio familiar, donde alguna vez vivieron Gabriela e Imad. Arias Uriburu cocinó, jugó, bailó hip hop, contó cuentos y les enseñó algunas palabras en castellano. “Si bien mi lucha me llenó de fortaleza, nunca olvidé de cultivar amor y calidez para cobijarlos con abrazos”, dice ahora, de vuelta en Buenos Aires.
“Son tan bosteros que hasta tienen fotos de Boca en sus cuartos, eso lo heredaron de su madre y de su tío”, cuenta Gabriela. Karim, Zahira y Sharif, de 12, 10 y 8 años, se deleitaron con el dulce de leche que su mamá les llevó. Para Gabriela este encuentro fue diferente. “Yo no quería vincular este viaje con el secuestro –subraya–. Eso nadie pudo remediarlo. Ahora hay que mirar hacia adelante. Es muy difícil para mí. Pero estoy dispuesta a hacerlo. Yo no quiero robarme a mis hijos, quiero estar en paz, quiero que ellos tengan una mamá y un papá.”
En diciembre de 1997, Gabriela e Imad vivían en Guatemala y estaban en pleno trámite de divorcio. Esa fue la razón por la que el padre secuestró a Karim, Zahira y Sharif cuando tenían 5, 3 y 1 año y 8 meses, y se los llevó a Jordania. “Ellos hablan ciento por ciento en árabe, no saben ni una palabra de español. Están habituados a Jordania y son felices en ese país. Y a pesar de todas las circunstancias, aman a su padre”, dice Arias Uriburu, quien notó a Shaban dispuesto a negociar.
Luego de que Imad se llevara a sus hijos, Gabriela vivió tres meses en Guatemala al “borde el abismo”. Era una madre sin hijos a quien levantar, cambiar y dar de comer. Las camas estaban vacías, los juguetes la miraban desde los rincones y las ropas aún conservaban el olorcito de sus niños. Fue el amor por sus hijos lo que le impidió caer. Armó su valija y volvió a la Argentina, de donde se había ido hacía 8 años.
“Hoy pienso que no es extraño que haya elegido el camino de la lucha y del amor”, dice Gabriela. A los 15 años ayudaba a gente de barrios de escasos recursos. Y en Guatemala fue presidenta de la Asociación de Damas Argentino-Guatemaltecas que colaboraba con escuelitas rurales de ese país. Allí estudió periodismo, pero abandonó al tercer año porque decidió ser mamá. “Siempre quise ser madre –cuenta Gabriela–, siento que para eso estoy en esta vida. Siempre soñé con estar rodeada de hijos.”
Al regresar a la Argentina en 1998, comenzó la lenta peregrinación para reencontrarse con sus hijos. “Acá lo importante es el tiempo, todo tiene que darse en su momento y no hay que forzar las cosas”, sostiene Gabriela. Las negociaciones sobre su caso y los permisos para viajar a ver a sus hijos siguieron los vaivenes políticos del país. El rey Abdulah II, deJordania, fue uno de los promotores del viaje de enero, que contó con un subsidio del gobierno argentino.
Desde 1997 hasta hoy, Gabriela creció. “El tiempo –sostiene– me ayudó a comprender muchas cosas: cultivar la paciencia, ser medida, mantener la calma y perdonar. Hoy siento que mis hijos me hicieron una mamá fuera de la dimensión que yo imaginé. Siento que lo que tenía que pasar, pasó. Y aunque el dolor de ese 10 de diciembre no me lo saque nadie, no puedo depositarles ese dolor a mis hijos.”
En su camino de búsqueda, Arias Uriburu se enteró de que había muchos casos similares al de ella. Le llamó la atención que no hubiera una institución que se ocupara de ellos. Por eso en 1998 creó la Fundación Niños Unidos para el Mundo donde abogados, psicólogos, médicos pediatras, artistas plásticos, sociólogos y asistentes sociales ayudan a resolver el conflicto de niños que, debido a problemas entre sus padres, son secuestrados por uno u otro, que los llevan a vivir a otras provincias o a otros países.
La institución cuenta con un subsidio del Consejo del Menor y la Familia, pero pese a ello no alcanza a solventar los gastos, ya que los casos aumentan con los años. La fundación es única en América Latina y se caracteriza por brindar soluciones equitativas y rápidas para el beneficio de los niños y sus respectivas familias. Desde 1998, la entidad resolvió 64 casos y en la actualidad cuenta con 300 casos en estudio. “Yo no logré esto porque sea hija de un embajador o porque tenga doble apellido. A mí esto me cuesta mucho esfuerzo”, destaca Gabriela.
La noche del 16 de febrero fue la despedida. Y esta vez no hubo miedo porque Gabriela está segura de que habrá otro encuentro. “Mamita, falta mucho tiempo para volverte a ver. Te vamos a extrañar. Te vamos a esperar”, le dijeron sus hijos. Mientras, acortan el tiempo y la distancia con un llamado semanal o algún encuentro en el chat.

Entrevista: Silvia Marchant

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