SOCIEDAD › UN FUMADERO DE PACO CERCA DEL CENTRO DE QUILMES

“No te importás vos ni nadie”

Por C. A.

Es un comedor en el que en la penumbra se adivinan mejores épocas, una familia reunida a la hora de la pasta, un mantel raído, la cortina de plástico, ciertos vestigios de comienzos de los noventa. Luego hay un patio en el que todavía hay una mesa y sus sillas de cemento. Al fondo los árboles, bajos, chatos, en el fondo, donde se refugian los que fuman. Es cerca del centro de Quilmes, un barrio de clase media. Son siete, seis varones y una mujer y miran con la desconfianza lógica, con la repelencia lógica, con el asco del que se sabe observado por su extrema vulnerabilidad: ¿para qué puede servir contar sus historias? ¿A quién le puede importar?
“¿Desde cuándo fuman?” “Desde que el sistema nos abandonó.” Es todo lo que dirá en la tarde. Parece o se hace el jefe, con la mirada, y con el cuerpo, todavía fuerte y tatuado como un mapa de la cárcel, como un muro lleno de jeroglíficos azules. Amotinados, a punto de echar al periodista, sólo ceden ante las argumentaciones políticas: ¿qué se siente al prestar el cuerpo a la ganancia de un pequeño narco, de un gran narco, mientras se puede ver, sin pausa, cómo el sujeto pasa a ser sólo cuerpo y, finalmente, cómo el cuerpo se extingue?
“No te cabe nada, no te importás vos, y no te importa nadie, ya no hay nada más que las ganas de consumir esta porquería”, dice un pibe que fue repositor de un supermercado hasta que dejó de ir porque ya no se levantó más por la mañana. Luego vendió la tele, el grabador, todo. Después, robar “para consumir”. Ella, la única chica, ya está en los 28 años. Como Romina Albarenga, tuvo cinco hijos. “Durante el último embarazo fumé los nueve meses –cuenta–. Me hice resinvergüenza, todo tiene su precio.” Lo peor para Gabi es que “todo el tiempo estás consciente”.
La tarde se apaga y ellos continuarán con ese rito fatal en el que se encierran. Gabi dice que lo peor es que perdés el cariño de los demás. Después del paco ya nadie te quiere. “Sólo te digo una cosa: tengo un guacho de 13 años; si alguien le ofrece paco, no lo dudo: le pego un tiro en la cabeza.” Y se quita una lágrima rebelde. “Me da no sé qué, porque me quejo, pero ahora dame una seca”, dice, y se ríe.

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