SOCIEDAD

El permiso de ser ateo

“Pensarse fuera de los marcos religiosos se ha vuelto plausible. El costo social de considerarse ateo, agnóstico o creyente se ha reducido, y son opciones aceptadas en ciertos sectores sociales”, sostienen los doctores en Sociología e investigadores del Conicet Fortunato Mallimaci y Verónica Jiménez Béliveau. De hecho, apuntan, la población que asume vivir “fuera” de la religión es constatable en muchos países de la región. “En la periferia de Buenos Aires, el 10,2 por ciento de los pobladores dice no pertenecer a ninguna religión, superando en cinco puntos a los miembros de la generación de sus padres que no se reclamaban de religión alguna. El censo 2000 en Brasil indica que el 7,35 por ciento de brasileños se declara sin religión, mientras que en Chile, en 1992, cerca del 6 por ciento se caracteriza como ateo o indiferente. La población de Uruguay es, de todos los países de la región, aquella que muestra los porcentajes más altos de descreimiento: el 12,5 por ciento de los montevideanos declara no creer en Dios, mientras cerca del 6 por ciento duda o no sabe. A su vez, el 34,5 por ciento de la población admite tener una actitud indiferente ante lo religioso”, detallan.

“El crecimiento de la indiferencia religiosa revela un fenómeno complejo, que se arraiga entre los sectores sociales, en las regiones y en las franjas de edad más integradas a la modernidad. En realidad, deberíamos hablar más bien de ‘creyentes sin religión’, dado que los porcentajes de quienes declaran creer en Dios siguen siendo altos en la mayoría de los países”, destacan Mallimaci y Jiménez Béliveau.

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