SOCIEDAD › GABRIELA RODRíGUEZ REY, ESPECIALISTA EN TRASTORNOS ALIMENTARIOS

Cuando el virus sale de la computadora

Si bien hay registros de santas medievales que ayunaban para cuidar su figura y de fakires que hacían de su delgadez un atractivo de feria en el año 1200, los trastornos de la alimentación crecieron en los últimos tiempos de manera directamente proporcional a la imposición del modelo de belleza occidental. Y como todo lo demás, tienen eco en Internet. “Todas las pacientes han pasado por esas páginas y sus reacciones, horrorizadas o interesadas, nos sirven como un valor de diagnóstico. Son sitios perversos, manejados por adolescentes muy enfermas, que no encuentran otro lugar donde expresarse. Incluso, hay una organización pro Ana y Mía, que tiene rangos jerárquicos, como una tribu urbana, pero sin el criterio de realidad que les permite reconocer la enfermedad”, explica Gabriela Rodríguez Rey, psicóloga del Hospital Pirovano, en el área de trastornos alimentarios, y coordinadora de salud mental de la Clínica Cormillot.

Casi un 80 por ciento de anas y mías son chicas adolescentes, pero la consulta de hombres y mujeres de todas las edades creció últimamente, no sólo por anorexia o bulimia, sino también por trastornos menos conocidos, como la vigorexia, que se basa en la obsesión por los músculos; la ebriorexia, una especie de anorexia apuntalada por el alcoholismo; la ortorexia, un fanatismo por la comida natural; o los TANE, que son trastornos alimentarios no especificados. No es casualidad. “Anoréxicas y bulímicas existieron siempre, pero actualmente la presión social de la estética es fuertísima.”

Si bien los sellos de moda deben responder a ciertos cánones de medidas en los talles que ofrecen, Rodríguez Rey afirma: “Hecha la ley, hecha la trampa. Hay ropa grande, pero los modelos que imponen las marcas mediante sus publicidades sólo llegan al talle 32 o 33, que son para chicas de 45 kilos”. En esa coyuntura, la psicóloga plantea que cualquier tratamiento, ya sea mediante una mirada psicoanalítica o cognitiva conductual, debe contener altas dosis de “cariño”, para no caer en prácticas represivas que generen un efecto venganza. Sobre ese eje y el trabajo interdisciplinario, en Capital Federal articulan los hospitales Gutiérrez, Fernández, Pirovano, Italiano, Ameghino y el Hospital de Clínicas. Y como complemento, la especialista señala la importancia de sitios que ofrecen información útil. Al tráfico de información referente a los medicamentos, sin advertencias de contraindicaciones, las páginas que combaten la bulimia y la anorexia responden abriendo un paraguas de precaución frente a preparados “naturales” que en muchos casos no fueron aprobados como especialidades farmacéuticas, ni como plantas medicinales. Al respecto, Rodríguez Rey manifiesta que “sería importante acompañar esas iniciativas con políticas educacionales para trabajar en grupos desde los colegios y no recién cuando están instaladas las patologías”.

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