SOCIEDAD

Dos miradas sobre una historia singular y un juicio inédito

Por Horacio Cecchi

La suma de las partes

Debe ser el caso judicial más convocante de la última década, ya sea porque está en boca de todos, ya sea por su duración, ya sea por sus características propias. La pregunta es por qué es el más convocante, por qué está en boca de todos, por qué se extendió tanto, y qué características tuvo diferentes a miles de otros casos que no aparecerán, como sí éste, en Wikipedia.

En términos estrictos, los primeros 45 días del crimen, medianamente vacíos de decisión judicial, fueron los que construyeron este caso en lo que es. Si la autopsia hubiera sido ordenada de inmediato, el cráneo de María Marta hubiera revelado lo que reveló después, que dentro tenía cinco balazos. En ese caso, si los acusados fueran inocentes, los reclamos de la defensa se supone que habrían sido beneficiados ya que, se sabe, las primeras 48 horas posteriores a un crimen son las que definen buena parte del resultado de la investigación. En ese caso, todas las acusaciones inconclusas de la familia hubieran seguramente llegado a buen puerto.

Claro, las 48 horas, si se efectivizan, juegan en contra del culpable. ¿Por qué el fiscal entonces no ordenó la autopsia hasta un mes y diez días después? Porque recién entonces detectó la partida de defunción trucha tramitada por la familia y un par de días después, ya pisando el acelerador, lograra la declaración del otro médico, Santiago Biasi, quien habló del agujero en el cráneo, que luego, según la familia, no se veía. Se viera o no se viese, lo que dijo Biasi se comprobó como cierto, que es lo único que debería importar a la Justicia.

De las 48 horas a los 45 días sólo se puede responsabilizar a la familia y al círculo íntimo, ya que es escasamente creíble que en un grupo donde había un abogado, dos médicos, un broker de seguros y un corredor de Bolsa (ambas actividades con amplias vinculaciones con los conocimientos jurídicos) no digo que se supiera que un pituto era una bala sino que se alegue desconocer que habiendo sangre debe intervenir la Justicia penal (se llamó al amigo de la familia Romero Victorica antes que a la policía), la policía (se trató de evitar que accediera con el discurso de la intimidad de la familia), y realizar una autopsia (se logró distraer al fiscal durante 45 días) es, como mínimo, llamativo. Ni a Pachelo ni al vigilador Ortiz se los podrá acusar de la dilación ni de limpiar los rastros, que igual fueron revelados.

Mucho menos de suponer que con media materia gris desparramada en las paredes por efecto de las balas o de cualquier otro impacto se pueda suponer que a María Marta la mató un golpe de canilla. No hay perito que lo pueda sostener, ni tampoco lo sostuvo en el juicio ni en la autopsia. La tergiversación mediática es otro de los efectos logrados por una excelente tarea defensística. El separar el caso en partes minúsculas también es un logro de las defensas, porque cada parte es más fácil de discutir y resolver que todas juntas. Olvidar de ese modo que la presencia de la gotita fue demostrada, pese a todas las discusiones, como indicio, no como prueba, porque no había otra posibilidad de que fuera otro producto, pero no alcanzaba para demostrarse su presencia. Del mismo modo que pasó al olvido el escándalo del perito de parte de la familia por la contaminación de las muestras de ADN, lo que lo despidió del caso y lo obligó a renunciar a la importante fundación cardiológica a la que representaba.

“Châpeau” diría a la defensa por su estrategia, si estuviera en Francia. Acá simplemente pido que se haga justicia.

Por Raúl Kollmann

¿Sin sorpresas?

Nada sorprendente deberían esperar esta tarde los familiares de María Marta García Belsunce. En la Justicia de San Isidro siempre pesaron mucho más la opinión pública y las furibundas internas entre fiscales y entre jueces de ese departamento judicial que las pruebas del caso. Los magistrados han mostrado un inmenso temor a fallar a favor de personas que fueron condenadas en su momento por una investigación arbitraria, apoyada por buena parte del periodismo.

El propio Carlos Carrascosa fue condenado cuando no se encontró ni un solo testigo que haya presenciado en décadas de matrimonio siquiera una polémica entre él y su esposa; sin que existiera ni un testigo que lo haya visto alguna vez con un arma; nadie pudo encontrar un móvil, una razón por la que Carrascosa hubiera matado a MM ni existe evidencia directa alguna de que haya tenido algo que ver. Una sala de Casación, cuyos integrantes obviamente no estuvieron en aquel primer juicio en el que Carrascosa fue sobreseído por el homicidio, lo condenó a prisión perpetua en un fallo inédito: por lo general, Casación ordena hacer un nuevo juicio o incluso cambiar un fallo, pero casi no hay antecedentes de una condena a perpetua por parte de camaristas que no asistieron a meses y meses de juicio.

En el que hoy termina, la paliza que recibió la fiscal fue todavía más antológica. Quedó probado que todos los que vieron el cuerpo de MM, incluyendo los médicos, enfermeros, la familia y hasta el jefe de Investigaciones Aníbal Degastaldi y el fiscal Molina Pico no se dieron cuenta de que la habían asesinado. El testimonio de los dos médicos que hicieron la autopsia fue demoledor: los doctores Moreira y Flores declararon que ellos se dieron cuenta de que existió un homicidio cuando cortaron el cráneo y cayeron los proyectiles. Antes de eso, hasta habiendo corrido el pelo de MM en la mesa de la autopsia seguían pensando que se golpeó con las canillas.

En el juicio se demostró que era falso que se intentó cremar el cuerpo, que la versión de que se pegaron los agujeros con La Gotita fue un invento de la fiscalía y, como ya señaló en su momento el juez Ricardo Costa, está claro que Carrascosa, su cuñada Irene Hurtig y Guillermo Bártoli estaban en casa de estos últimos –con personas ajenas a la familia como testigos– a la hora en que los forenses consideran que se produjo el crimen.

En este juicio, nuevamente apareció sospechado el vecino Nicolás Pachelo, quien fue condenado a cuatro años de prisión por nueve robos, casi todos en casas y uno de ellos en la vivienda de la familia de su amigo Augé, en la que confesó haber enviado a robar, armados, “a unos muchachos de Pilar”. Lo que los García Belsunce vienen planteando desde el principio es que nunca se investigó como corresponde la hipótesis sobre la que hay más pruebas: MM volvió sorpresivamente a su casa porque empezó a llover, se encontró con alguien robando –eran tiempos del corralito–; conocía al ladrón y por eso la mataron. El defensor de Bártoli, Alejandro Novak, insistió con esta hipótesis en su alegato. Las evidencias aparecieron muy nítidas en este juicio.

Pero es difícil –casi imposible– que haya sorpresas. Los jueces María Elena Márquez y Alberto Ortolani preguntaron en forma furiosa a cualquier testigo que declarara a favor de los familiares y, en cambio, trataron con mano de seda, cálidamente, a los testigos de la fiscalía. La fiscal Laura Zyseskind se vio desbordada cuando se comprobaron maniobras hechas en la instrucción: desa- pareció parte de la filmación de la autopsia; en la planilla de las llamadas telefónicas hicieron desaparecer una comunicación clave que demostró que Irene Hurtig había ido a buscar ayuda y no estaba en la casa, como querían demostrar.

A diferencia del primer juicio, en éste los medios empezaron a reflejar el armado que tiene la causa García Belsunce. Pese a ello, es casi imposible que los magistrados –ya se vio desde un principio– se diferencien de lo que han dicho los otros jueces de San Isidro. No querrán dejarlos mal parados. Y a esto se agrega que en la opinión pública ya viene instalada, desde hace nueve años, una versión de los hechos. Tampoco querrán ir contra la corriente.

Tal vez la nueva sala de Casación que ahora supervisará lo actuado ponga las cosas en orden. Lo hizo el juez Costa cuando rechazó la detención de Hurtig. Pero para que Casación se expida, habrá que esperar meses.

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